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Graciela Ocaña contó la intimidad de la reunión con Cristina cuando renunció como ministra

logotipo de Clarín Clarín 20/03/2017
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Si uno se guía por la acción del final, un abrazo y el deseo de suerte mutua, cuesta imaginar que las protagonistas de la historia son hoy virtuales enemigas políticas y judiciales. El 29 de junio de 2009, Graciela Ocaña renunciaba como ministra de Salud de la Nación. Después de meses de desgaste, el portazo formal sería en una reunión cara a cara, escueta pero amable, con la entonces presidenta Cristina Kirchner.

Fueron apenas 10 minutos, con el jefe de Gabinete Sergio Massa como testigo, según recuerda Ocaña en el octavo capítulo de un libro que publicará con la editorial Planeta el mes que viene, llamado "Contra la corrupción". Clarín pudo leer un adelanto.

El contexto de la renuncia de Ocaña era muy particular. El oficialismo venía de pegarse un palazo electoral el día anterior, cuando en la provincia de Buenos Aires Francisco de Narváez le había ganado a la lista que encabezaban Néstor Kirchner y sus laderos testimoniales, como Daniel Scioli y el propio Massa.

El Gobierno estaba definiendo una serie de cambios para profundizar el modelo. De acuerdo con la versión de Ocaña, ni la Presidenta ni el jefe de Gabinete querían su salida del Gabinete. Le pidieron tiempo. No la convencieron.

Esta es la historia completa de aquella sonora renuncia. En primera persona. 

Capítulo 8: LA RENUNCIA A CRISTINA

Meses antes de junio de 2009 —cuando presenté mi renuncia al cargo de ministro de Salud— ya había tenido muchos cortocircuitos con el gobierno de Cristina. Tantos, que podría contabilizar dos intentos de renuncia que finalmente evité por distintos motivos, hasta que la tercera fue la vencida. Definitivamente me estaba alejando del kirchnerismo.

La cuasi renuncia

Mi «primera renuncia» fue en septiembre de 2008 debido a un decreto de necesidad y urgencia (DNU) que autorizaba reintegros ante la AFIP. Cuando recibí el decreto, lo remití, como solía hacerlo y correspondía, a la Secretaría Legal y Técnica del Ministerio para su análisis. Por las típicas urgencias administrativas y la aprobación que al poco tiempo recibí de la Oficina Legal y Técnica, firmé al instante el decreto.

El problema fue que un rato más tarde, cuando lo leí en detalle, me di cuenta de que había cometido un grave error.

Como se trataba de una carga impositiva, no era competencia del Ejecutivo sino que debía ser tratado en Diputados, por lo que no correspondía que yo lo hubiera firmado. Pero el documento ya había sido enviado.

No lo dudé, o me devolvían mi firma o renunciaba. Llamé inmediatamente a Sergio Massa, el jefe de Gabinete, quien en ese momento estaba de viaje en Chile: «Sergio, devolveme la firma del decreto. ¡Eso que va a firmar la Presidenta es una barbaridad! Si no, te mando mi renuncia, pero yo personalmente no puedo firmar eso».

Massa me pidió que le enviara los detalles del caso, lo que efectivamente hice, además de escribir mi renuncia. Al rato recibí un llamado. Era él, para decirme que había podido frenar la tramitación del decreto. Cuando le comenté que ya había escrito mi renuncia y que se la había enviado en un sobre, intentó calmarme los ánimos: «Quedate tranquila».

Pero seguía inquieta. Al día siguiente sonó mi teléfono, pero esta vez no era Sergio Massa, sino Carlos Zannini, el secretario Legal y Técnico. Pensé que me llamaba para insultarme.

Para mi sorpresa, sucedió lo contrario. «Graciela, yo te agradezco. Vos me tenés que decir las cosas que están mal. Yo no conocía este tema, no me di cuenta, pero quedate tranquila que vamos a mandar un proyecto de ley al Congreso dentro del presupuesto».

Finalmente, así se hizo. El proyecto fue enviado a Diputados, fue aprobado por el Poder Legislativo, se convirtió en ley, no renuncié y todo quedó en orden.

Ese fue el primer amague de renuncia, pero vendría otro más.

La operación para «renunciarme»

Fue a comienzos de 2009, cuando el canal Crónica anunció mi «renuncia» como ministro de Salud.

Un miércoles estaba en mi despacho desde temprano, escuchando Radio Continental, mi compañía diaria, cuando sonó mi celular. Era un amigo, un ex funcionario que ya se había ido del gobierno. Me dijo que me cuidara, que había una operación mediática para desplazarme.

Ya percibía que algo turbio estaba pasando, y pude confirmar la versión de la operación a través de otra fuente cercana, que me advirtió que se habían hecho muchas operaciones, que había un armado, y que intuí venía desde el sector sindical.

Tenía motivos para pensar así: esta segunda «renuncia» llegaba después de la poca amistosa conversación con el secretario general de la CGT, Hugo Moyano.

Aún no pensaba en irme del gobierno, y mucho menos corrida tras una operación. Un poco con bronca, otro tanto de indignación, y con mucho de hartazgo, lo llamé a Sergio Massa, casi a los gritos: «Sergio querido, ¡a mí no me van a montar ninguna operación, te lo aclaro! Si querés que me vaya, me lo decís y ya me voy. Tengo grabada la conversación con Moyano. La verdad, no me gustaría usarla. Pero si la tengo que usar, la uso. Así que yo me voy, pero yo hago pública la conversación de Moyano. ¡Y ustedes me llegan a hacer una operación y yo te juro por Dios que es lo último que hacen! A mí no me importa nada, y decíselo a Cristina».

A los pocos minutos recibí el llamado de Sergio Massa, quien me pidió que me tranquilizara: «Nadie está haciéndote nada, yo hablé con Cristina y me dijo que bajo ningún punto de vista te vas».

Pero seguía inquieta, y con razón. El viernes, cuando me llegó el «radio pasillo» prendí de inmediato el televisor para buscar la noticia, hasta que sintonicé Crónica TV. El canal de las placas color sangre anunciaba mi partida del gobierno, conforme a sus clásicos modos. Renunció Ocaña afirmaba (en pretérito) una placa roja con letras blancas gigantes que ocupaba toda la pantalla.

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Algo me están armando, pensé. Llamé entonces a los editores de Clarín y La Nación, pero me respondieron que no habían recibido ninguna información.

Y entonces recibí la llamada más importante y desde Olivos. Era la misma Cristina. Creo que fue una de las conversaciones más sinceras que mantuvimos:

— Graciela, estoy viendo esto, ¿esto es cierto?

— Yo ya te lo mandé a decir, yo no voy a someterme.

— Vos sabés que hay cosas que yo jamás te voy a pedir.

— Lo sé, como lo sabés vos, Cristina. No voy a transar. Te aclaro que antes, renuncio.

— Está muy bien. Pero no hablés con nadie. Ni siquiera con los ministros.

— No hay problema.

Los sujetos eran tácitos, porque ambas sabíamos de qué y a quiénes nos estábamos refiriendo, sabíamos por igual que la operación era un hecho y de dónde venía.

Me había ganado nuevos adversarios, y el capítulo no se cerraría en ese momento, sino que continuaría —tiempo después— en Tribunales.

La renuncia indeclinable

¿Por qué decidí renunciar? Desde comienzos de ese año y particularmente tras la discusión con Moyano, ya no tenía el apoyo del gobierno.

Lo cierto es que los cortocircuitos fuertes empezaron en la época de la Gripe A, cuando surgieron los entredichos con algunos funcionarios que prefirieron tapar los hechos y evitar un posible pánico en medio de las elecciones legislativas.En ese momento, sabía que tenía los días contados, y decidí quedarme para no generar mayores problemas.

Pero mi renuncia era inminente y Cristina lo supo y avaló mi partida. La última reunión fue en Olivos, con una nota de por medio donde incluí algunos temas pendientes. Cuando llegué a la quinta presidencial ese 18 de junio, estaban reunidos Néstor Kirchner con Daniel Scioli, el intendente de La Plata Pablo Bruera y Julio Grondona, presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) desde 1979 hasta su muerte; según recuerdo, estaban ultimando detalles sobre la construcción del Estadio Único de La Plata (el mismo que, dos años después, inauguraría U2). Ciertamente, tuve que esperar unos cuarenta y cinco minutos, porque esa reunión era mucho más importante.

Cuando me encontré con Cristina, quise explicarle los motivos de la reunión, aunque Sergio Massa ya le había anticipado los temas que quería proponerle.

Insistí con mi preocupación por el tema de la Gripe A, y le entregué una nota en mano: «Aquí está lo que nosotros estamos proponiendo. Sergio tiene copia de esto. Hay una evaluación que han hecho los técnicos sobre lo que puede llegar a pasar y las medidas que nos parece que habría que tomar».

Entre otras medidas, además de solicitar mayores partidas presupuestarias, en esa nota proponía establecer políticas para evitar la circulación del virus. Y si bien sabía que postergar las elecciones era una quimera absurda, le pedí suspender momentáneamente las clases, e impedir todo tipo de reunión.

Cristina fue chequeando uno por uno todos los ítem del informe que le presenté y solo dijo: «Esto no, esto no, y esto tampoco». Lo único que me garantizó fue el dinero de los fondos. Al resto de las propuestas las rechazó de cuajo, aduciendo que esa mañana había escuchado a un médico en C5N, creo que se trataba de Stamboulian, el renombrado infectólgo, quien había desdramatizado el impacto y la gravedad de la Gripe A. Por lo visto, Cristina miraba mucho C5N. Pero más allá de eso, evidentemente en esa época estaba siendo aconsejada por otros funcionarios que no compartían mi opinión sobre los hechos.

En ese momento, ahí mismo, le comuniqué que iba a presentar mi renuncia después de las elecciones. Cristina no se inmutó, fue imperturbable, y solo se limitó a asentir.

Ciertamente, la situación no daba para más. Por lo menos, así lo sentí; no era escuchada, los cortocircuitos eran cada vez mayores y básicamente sentía que el proceso estaba completamente agotado. Íntimamente ya había decidido alejarme del gobierno. Sabía que me tenía que ir. Era el peor escenario, y sin apoyo político no se puede combatir ninguna epidemia.

El lunes 29 de junio de 2009 le llevé personalmente la renuncia. Era una mañana fría cuando llegué a la Quinta de Olivos, y estuve apenas diez minutos con Cristina y con Sergio Massa, presente durante toda la conversación. El reloj marcaba las diez y media de la mañana cuando le presenté la renuncia, se la leí, y le deseé lo mejor. Cristina insistió en que debía tomarme unos días: «Vos tenés que descansar, tomate un tiempo, descansá quince días. Andate a tu casa, allí en Mar de las Pampas».

Ciertamente, mi compañero tiene una casa en ese distrito balneario que compró en 1982, donde veraneamos todos los años.

Debo decir que lo que me llamó la atención fue que Cristina no quiso «deshacerse» de mí. Todo lo contrario, fue muy conciliadora y de hecho me ofreció continuar en el gobierno tras mi receso: «Vos andá a descansar, después venís y me decís qué querés del Estado. Pensá lo que quieras y me lo decís.Pensá lo más extraño, no me importa, andá, pensá y me traés una propuesta».

Tal vez ahí recaiga la causa profunda de las diferencias entre los Kirchner y yo. Porque yo soy una dirigente política.Yo hago política. Eso es lo que no pueden llegar a comprender los Kirchner. Necesito trabajo, por supuesto que necesito laburar, pero lo que yo le pedía era hacer política.

Si bien el motivo de esa reunión fue mi renuncia, y pese a que estuvimos solo diez minutos juntas, no dejamos de hablar de política. Vale recordar que el día anterior (28 de junio), la lista del Frente para la Victoria que encabezaba Néstor Kirchner como candidato a diputado (secundado por interminables candidatos «testimoniales») había perdido frente a la candidatura de Francisco de Narváez en la provincia de Buenos Aires. El bastión del Conurbano había fallado.

Cristina me comentó que ella ya había hecho una lectura de la elección aunque no me la explicó. Le respondí que yo también había hecho mi propia lectura.

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La Presidente me respondió que ellos habían comprendido lo que había pasado, y que yo ya me iba a enterar de lo que se venía. Nos abrazamos y nos despedimos deseándonos mutuamente suerte. Era la última vez que hablaríamos. Pocos minutos después, salió por los medios que Néstor había renunciado a la presidencia del PJ, renuncia que no le habían aceptado.

Salí contenta de la quinta presidencial. Me sentía tranquila.

El día anterior (el día de los comicios) había ido a mi oficina en el Ministerio a empacar mis cosas personales y llevarlas a mi casa. Sabía que era el fin de una etapa conflictiva pero importante en mi vida. Había dicho que NO a Cristina.

Por miedo, por conveniencia, por falta de práctica, por inhibiciones psíquicas, por imposición de mandatos, por malentendidos de la educación y por otras causas —según Sergio Sinay— el NO suele ser una de las palabras más difíciles de articular. Cuando se la calla para evitar problemas se transforma en fuente de nuevas dificultades.

Por eso, sentí un gran tranquilidad al decirle No a Cristina.

Tenía la libertad para hacerlo. No me interesaban los ornatos de la función pública a los que nunca presté atención.

Tampoco tenía temor a carpetazos porque no tenía carpetas, ni me preocupaban las represalias del poder. Del derecho y del revés uno es siempre lo que es y anda solo con lo puesto.

«Quien aprende a decir que no, con suavidad y firmeza, sin violencia y en el momento oportuno, contribuye a descontaminar intoxicados aires…», decía Ernesto Sabato.

Después del NO a Cristina comenzaba una nueva etapa, una página en blanco para seguir escribiendo el libro de mi vida. Nuevos horizontes, después de esa grieta que se abrió con el NO para relanzar mi compromiso con la verdad, y la transparencia.

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