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"A los escritores la obra de Arlt nos pone a funcionar"

logotipo de Infobae Infobae 13/04/2014 Matías Méndez

Padre e hijo salen a caminar por Corrientes. El viejo porteño y comunista le pide a su hijo, el escritor, que lo acompañe. Arrancan por Once, bajan por Rivadavia y enfilan por esa Avenida que se le sigue llamando Calle. La poética del tango la marcó indeleble sin importar los cuatro carriles de autos que hoy la conforman. Ahí van padre e hijo con la vida a cuestas, con una frontera autoimpuesta y un fantasma sobre el que reflexionan: el tiempo. El Obelisco es ese límite que no van a cruzar porque "no hay nada del otro lado". Ese paseo está narrado en "In memorian Corrientes", el texto que abre  Los Inmortales, el último libro de Claudio Zeiger.  Es el inicio de un recorrido sobre Buenos Aires, un viaje íntimo sobre sus vericuetos geográficos pero –sobre todo- literarios. Sus páginas son habitadas por Cortázar, Arlt, Martínez Estrada, Walsh, Borges, y el triángulo que componen Sebreli, Correas y Massota sobre el que el autor se detendrá porque ve allí un mito fundante de la cultura argentina.  La Ciudad de las infinitas librerías, la Ciudad oscura y luminosa aparece en la mirada de un autor que la conoce por vivirla pero también por leerla. La Ciudad que hoy suma un nuevo libro a su larga historia de grandes narradores que dedicaron sus sentidos a contarla. Claudio Zeiger se incorpora con Los Inmortales a esa galería porteña y hace honor a la tradición literaria que –como él dice en esta charla en la redacción de Infobae- inauguró Roberto Arlt con El juguete rabioso. -Si uno quisiera buscar un género para Los Inmortales, no tengo claro en que parte de la biblioteca lo pongo. Lo pondría en literatura argentina, pero supongo que te referís a que no tiene una posibilidad de encasillarse rápido entre novela. Lo que más lo puede distinguir desde que lo fui haciendo es que es una suma de textos. Una suma de textos que pueden ir del cuento al ensayo, un ensayo particular, íntimo, algo autobiográfico. Eso después se fue ensamblando hacia una forma que en un momento necesitaba darle una especie de golpe de horno de conjunto. -¿El narrador comienza caminando con el padre por Corrientes y a partir de ahí se va encontrando con sus padres literarios? Sí, yo pensaba mucho en el término que es el título de esa parte, que es Filiaciones, todo lo que remite a lo filial y la primera filiación que uno tiene es la filiación con sus padres. Es un libro más de la línea del padre, del orden de lo paterno, también de lo masculino si se quiere. En otros libros siempre trabajé personajes femeninos y aquí soy consciente que hay ausencia femenina. Lo que a mi me guiaba era hablar de esas filiaciones, que pueden ir desde la primera –la del padre- y además lo que se cuenta ahí es una escena cotidiana. Es un cuento con una base real. Esa caminata con mi viejo unos años atrás sucedía, íbamos al teatro o a comer a Pippo. Y de ahí pasar a esas filiaciones o a ese tipo de vínculos que uno va estableciendo como si dijera "padres intelectuales". Es la formación a los saltos que uno va haciendo, como escritor o como quieras llamarlo, como intelectual, aunque la palabra siempre suena un poco mucho. Y también esa palabra que a mi me interesaba investigar o trabajar en lo que fue la trama cultural argentina y, sobre todo, de ciertos grupúsculos como el que allí se cuenta, esa relación entre Correas, Sebreli y Massota, que era una especie de intríngulis entre lo afectivo, la amistad y algo que podríamos llamarlo ideología. Los valores y las ideas que te unían. No era algo puro o que fuera ajeno a lo vital y ahí se producían esas rupturas. -¿En ese triángulo ve algo fundante en la trama cultural argentina a la que se refiere? Exacto. Yo veo un mito muy importante. En principio ese trío, del cual sólo sobrevive Sebreli, quizás un Sebreli, el que aparece en el libro y de esa época, poco reconocible para la gente que ve a Sebreli hoy, para la gente que lo ve en Grondona o que lo lee en La Nación. Obviamente tengo enormes diferencias con sus posturas actuales, pero yo le tengo mucho respeto y es un intelectual importante y subterráneo de la cultura argentina. Hay algo fundante. Es un mito muy pequeño pero es algo muy fuerte porque refleja algo de la cultura argentina muy fuerte: intelectuales que nacieron en la clase media y que tienen una pelea terrible por hacerse un lugar, porque ni vienen de la clase alta que está muy definida en el siglo XX, ni provienen de algo que se fue haciendo muy fuerte que era la cultura de izquierda. Digamos una cultura más fuerte como en su época pudo haber sido la del partido comunista. Es una pelea muy angustiada sobre todo. Y ellos reflejaron cada uno, y en esa cuestión del trío, esa angustia de las clases medias. -Define a Sebreli como un plebeyo entre familias patricias. Sí, creo que el jugó a ser plebeyo entre los patricios y patricio entre los plebeyos. El lo dice en varios lados, con orgullo y con jactancia, que él fue parte de Contorno y de Sur, esto es fue como de Boca y de River al mismo tiempo. Creo que es un poco exagerado, si bien él escribió en Sur, creo que él pertenece a la tradición de Contorno. -Eso lo subraya en el libro. Claro y lo sostengo. El pertenece a esa tradición de denuncia de izquierda con la cual va a ir rompiendo. Y me parece que lo de Sur es una especie de construcción. Hay una distancia entre lo que era Sebreli en los años 50 y 60 y lo que era Sur, me parece que no encaja. -En Los Inmortales está el diálogo que se establece con los autores, aparece este trío al que hace referencia pero también Martínez Estrada, Cortázar, Roberto Arlt o Rodolfo Walsh, la presencia clara de El juguete rabioso pero creo que también hay un diálogo con dos obras: Buenos Aires, vida cotidiana y alienación y La cabeza de Goliat. ¿Es así? En la cabeza de Martínez Estrada que anda dando vueltas por un bar es La cabeza de Goliat, evidentemente. Para mí es un libro fascinante y es uno de los grandes libros de Buenos Aires. Y Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, es otro de los grandes libros sobre Buenos Aires. Creo que Los Inmortales es un libro que trata de buscar, además de las filiaciones, filiaciones con libros concretos y libros de la Ciudad. Y estos sin duda lo son y El juguete rabioso es el libro inaugural sobre la Ciudad, y de la Ciudad como casi la conocemos ahora: caótica, moderna, la de la oscuridad, de la angustia y de la luz. Es nuestra París. La cabeza de Goliat es un libro muy poético también. Uno capaz leyó el Martínez Estrada más riguroso, que siempre se lo acusó de ser muy fantasioso, Radiografía de La Pampa es un libro mucho más riguroso. Lo que el hace en La cabeza, creo que inspirado en George Simmel, la microscopía, esto es ver la Ciudad en el Hipódromo o en el reloj de la Plaza Irlanda, creo que ese tipo de cuestiones salía de una sociología de la vida cotidiana, pero el libro crece y es captar el laberinto de la Ciudad y creo que Sebreli –si bien hace su ruptura con Martínez Estrada en libro Martínez Estrada una rebelión inútil- no deja de ser una suerte de discípulo que después rompe con el maestro. -También sobrevuela el libro el psicoanálisis. ¿Qué interés tiene en él? Hay un personaje psicoanalista, quizás en la época en que transcurre que es el año de la muerte de Arlt en 1942, no se decían así, eran psiquiatras o médicos. Era algo que siempre me fascinaba literariamente el psicoanálisis pero nunca había incursionado y dije vamos a meter esto. Surgió como una posibilidad de sentar en el diván a un personaje del juguete rabioso. -Y ahí hay una reescritura. ¿Cómo la trabajó? Sí, es una reescritura. Es una escena de El Juguete rabioso reescrita o desarrollada. Me sumo a cierta tradición argentina obsesionada con Arlt y El Juguete Rabioso, el maestro siempre es Ricardo Piglia que en Nombre Falso hace una búsqueda de un texto inédito de Arlt y luego lo publica, es un cuento que transcurre en un prostíbulo. Hay algunos textos más que imaginan continuidades de El Juguete Rabioso. Esto lo que marca es que a los escritores la obra de Arlt nos pone a funcionar lo productivo y las ganas de buscar una continuidad y de hacerlo todavía funcionar en la literatura. -¿Parece que la obra de Arlt no está cerrada? En absoluto. Eso lo relaciono más bien con El juguete rabioso. Lo que yo escribí en ese texto es ficción pero también es un intento de interpretar El juguete rabioso, su lugar. A mí me parece que Arlt no retoma El juguete en su obra posterior, queda como una potencia aislada, que dos por tres se dispara en la literatura y se dispara en la Ciudad. Es un libro que se lee y se olvida por rachas. Tiene una potencia que es algo que después Arlt no retoma. Quedó ahí. Es muy diferente a la obra posterior de Arlt. -También aparece una y otra vez el peronismo. En la contratapa Guillermo Saccomano habla de tentación. Lo que el libro tendería a mostrar autobiográficamente, la formación política, intelectual, militante y callejera, que es mía y que es verídica: provengo de la cultura más de izquierda, anduve por distintas facciones y sectas de la izquierda argentina, después militancia independiente, estuve en la Universidad, estuve en un sindicato y así me fui como rozando con el peronismo, nunca fui peronista, creo que básicamente porque no provengo de una familia peronista, provengo de una familia de izquierda. Para mi es muy difícil hacerse peronista: sos o no sos. Sí tengo una simpatía y una adhesión a distintos momentos históricos del peronismo, inclusive en el presente. Respecto de la última parte del libro, me han preguntado si eso era el peronismo y a mi me parece que representa al pueblo como yo lo veo, con la distancia, con el choque y con la posibilidad de acercarse. Representa el pueblo para alguien que está formado en una cultura muy urbana, muy ciudadana y que no tiene un rechazo por el pueblo. No sé si representa tanto al peronismo, claro uno puede decir el pueblo es el peronismo y tendría razón en gran parte pero también puede ser discutible porque el pueblo y el peronismo desde hace medio siglo ha cambiado. -En la novela hay un juego con los márgenes en ese ir y venir, en el diálogo del narrador con el Padre y en esa suerte de frontera que establece el Obelisco, al que no se va a cruzar nunca. Es que lo que está del otro lado del Obelisco es una zona más inhóspita. Antes de publicar el libro, dije me voy a dar una vuelta porque las cosas cambian y es una zona más inhóspita, es notable porque están los teatros pero creo que tiene que ver con que uno se ha formado en ese circuito muy estrecho que va desde La Opera, ahora Zivals, hasta Uruguay o Talcahuano. Es como que entrás en una rampa. Para mi Corrientes es a lo largo de los años un lugar que comparte algo muy luminoso, muy del espectáculo y, al mismo tiempo, siempre tiene una especie de desprotección de fondo muy fuerte. -Hubo una época en donde en Corrientes siempre se veía a los mismos personajes. Sí, claro, por ejemplo el flautista, al que veías años y años o la Señora que vendía poesía. -Y también eran los mismos los habitantes de los bares y en su libro aparecen esos ámbitos. A esos los fueron expulsando con los reciclajes de los bares. Hay transformaciones -que Martínez Estrada hubiera sabido explicar bien- que fueron haciendo para que la gente no se instalara en los bares para siempre, como le pasa a los viejos de mi cuento.  Esos habitués de los bares y los cafés se fueron perdiendo. -También aparece tematizado el tiempo. ¿Es un tema sobre el que le interesa reflexionar? Sí, el tiempo es veloz. Estoy de acuerdo con Saccomano que el tiempo es la obsesión del libro. Cuándo uno de golpe dice como pasó el tiempo, en parte en el sentido más cotidiano, ver el paso del tiempo en los padres, ver el paso del tiempo en Sebreli, ver el paso del tiempo en general. Pero después hay una dimensión, que cuándo uno lo puede abordar desde la literatura. Hay algunos textos que están fechados, eso lo hice porque no sabía exactamente cuándo se iba a publicar el libro mientras estaba escribiendo ese texto que está fechado y lo feché porque se cuentan cosas y hablo de gente que no sé que va a pasar dentro de dos años. En este libro en particular hay una sensación de que el tiempo es un tema o un eje, de que ha pasado algo y el tiempo se está escurriendo. No por nada le puse Los Inmortales, como un último intento de que el tiempo no pase. -¿Por qué seduce tanto Buenos Aires para escribirla y leerla? En parte porque es una Ciudad literaria. Es una de las grandes ciudades literarias. Tenemos la suerte, dentro de todas las desgracias de Buenos Aires, de vivir en una ciudad mundialmente literaria, que en general es conocida por su calle Corrientes, teatros y librerías. Por supuesto que Buenos Aires es mucho más que eso, pero ser conocidos por las librerías, los bares y los teatros es una marca muy fuerte. Que la Ciudad sea reconocida por los libros para el que escribe y para la literatura es tener ahí, a la mano, algo muy fuerte, es un mito que está vivo. Y después porque los porteños en general somos una mezcla muy veleidosa, una deriva muy veleidosa que va desde Rivadavia hasta otros  Intendentes o Jefes de la Ciudad (Macri no tiene veleidades artísticas) que fueron orgullosos del Teatro San Martín, por ejemplo, y eso nos ha dado una característica y hasta cierto snobismo sobre la cultura, esa es una marca que yo no la desprecio, es una marca nuestra y por algo tanta gente se dedica a escribir poesía y a hacer teatro en la Ciudad de Buenos Aires. Eso que puede ser el resultado de cierta veleidad cultural tiene también su lado positivo. Hace más amable a la Ciudad. Contratapa "Colección de escenas urbanas de una ciudad en mutación, pero también novela atomizada que comparte el arte de narrar con cierta forma proveniente del ensayo, en Los inmortales Claudio Zeiger entrega una sentida elaboración de calle y literatura, y alcanza su máximo nivel expresivo. Un joven escritor sale a caminar por Corrientes con su padre, en un movimiento que tiene más de búsqueda del pasado que de flaneurismo ocioso. El paseo deviene en relato filial desde los tiempos en que Corrientes era otra, el padre era otro y también el narrador. Lo mismo sucede con sus modelos: allí está la generación de Contorno, la última generación en términos de Zeiger. Por estas páginas caminan hacia sus destinos las amistades rotas entre Masotta, el vanguardista; Correas, el maldito, y Sebreli, el sobreviviente. El tiempo es el centro obsesivo de este libro. Su eje, las relaciones entre lo culto y lo plebeyo, el centro y los márgenes, la tentación del peronismo y la homosexualidad. Pero aquí no se agota Los inmortales: todavía le falta al lector asombrarse con la reescritura de la legendaria escena de pensión de Silvio Astier con un pibe invertido y explorar los bares donde parecen contemplar el paso de los años tanto Martínez Estrada como Borges. Zeiger no elude la construcción de un personaje desolado, víctima de marginalidad y sida, en el que se funden las sombras ilustres del memorioso Funes borgeano y el Gato irlandés de Walsh. Este es un libro confesional como hacía mucho no teníamos, un libro necesario porque lo fue para el autor escribirlo, y por carácter transitivo, también para nosotros, lectores agradecidos". Guillermo Saccomanno El autor Claudio Zeiger nació en Buenos Aires en 1964. Actualmente es el editor de los suplementos Radar y Radar Libros del diario Página/12. Publicó cuatro novelas: Nombre de guerra (1999; Destino, 2003), Tres deseos (Destino, 2002), Adiós a la calle (Emecé, 2006) y Redacciones perdidas (Emecé, 2010) y el libro de ensayos El paraíso argentino (Emecé, 2011).

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