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De la carnicería de Atocha a La Rambla, 13 años en los que el terror jihadista cambió de cara

logotipo de LA NACION LA NACION 18/08/2017

MADRID.- Tuvieron que pasar 13 años para que España volviera a verle la cara al terrorismo jihadista. Dicho fríamente, no es mal número en una Europa donde se multiplican los ataques de este tipo.

Pero el país y su gente sabían que, tarde o temprano, ocurriría. Que en la simple modalidad de atentado que hoy predomina -una camioneta y el cruel atropello masivo- resulta muy difícil encontrar una medida efectiva para resistirlo.

"Cuanto más sencillo es el método, más difícil es anticiparse", dijo a la nacion uno de los analistas que trabajaba en lo ocurrido. "Sobre todo, en zonas turísticas tan concurridas", añadió.

Lo que queda, dicen las mismas fuentes, es hacer "inteligencia previa". Detectar y desactivar movimientos de "personas sospechosas" y previamente fichadas que puedan encender una alarma, una luz amarilla sobre la eventual intención de un ataque.

"Pero, sin eso, sin una alarma previa, el hecho de que una persona alquile una camioneta y circule por la ciudad no significa nada", es la coincidencia.

La sencillez y la economía de recursos es lo que ha cambiado en la operatoria terrorista en los 13 años de invicto en ataque jihadista que se quebraron hoy.

El antecedente, marcado a fuego en la memoria colectiva, fue el 11 de marzo de 2004. En la madrugada de ese día, cuatro trenes del servicio suburbano estallaron en las cercanías de esta ciudad. Uno de ellos, en la entrada de la céntrica estación de Atocha. Fue una carnicería. Un espanto que tuvo el sello de Al-Qaeda. Hoy, fue la nueva versión más descarnada del jihadismo, Estado Islámico (EI), la que se adjudico la masacre ocurrida en Las Ramblas de la capital catalana.

Lo de Atocha, reciente y fresco en la memoria colectiva, parece, sin embargo, de otra era. Efectivamente, eran otros tiempos y otros preparativos.

El ataque, basado en la eficiencia del servicio de transporte suburbano, había necesitado una meticulosa preparación. Algo mucho más complejo que lo visto hoy.

Hace 13 años, fue necesario armar y preparar mochilas bomba, temporizadores y una eficaz manera de activarlas casi al mismo tiempo: las 8 de la mañana, cuando los trenes rebosaban de trabajadores en días de semana.

Fueron 191 muertos. En realidad, 192 si se cuenta al policía que murió al estallarle una bomba en un operativo posterior de rastrillaje.

Los ataques del 11-M formaron parte de una misma corriente en medios de transporte. Antes habían sido los mucho más elaborados de Nueva York, cuando Al-Qaeda convirtió en bombas voladoras a cuatro aviones de pasajeros en ruta comercial.

El esquema se repitió luego en Londres, con el estallido simultáneo de explosivos en su red de subterráneos. Fue en julio de 2005,en trenes que corrían a muchos metros de profundidad bajo el suelo de la capital británica.

Con la presión de los servicios de inteligencia a Al-Qaeda, las cosas cambiaron. La sencillez se puso al servicio de la crueldad. En los dos últimos años, ocho ataques del mismo tipo cobraron más de 200 víctimas en Europa: un vehículo (camión o camioneta) es lanzado a toda velocidad contra gente desprevenida. Un rodado como cualquier otro. Nada que llame la atención hasta que es muy tarde.

Desde su debut en Niza, el 14 de julio del año pasado, hasta días atrás, en París, el modelo se ha repetido en otras ciudades del continente: Berlín, París y Londres, entre ellas.

España sabía que estaba en la mira. Tenía a tres ciudades especialmente en observación: Barcelona, el blanco elegido hoy, a la cabeza. Las otras dos, Ceuta y Melilla, sus territorios en suelo africano.

Lo ocurrido es una muestra perfecta de hasta qué punto la economía de recursos puede ser temible. Las Ramblas de Barcelona es una maraña de cámaras de seguridad y fuerte presencia policial, con ostensible portación de armas y presencia de patrulleros.

Eso es lo que se ve. Del lado oculto, hay un intenso trabajo de la policía y de fuerzas de seguridad en materia de lucha antiterrorista. Un esfuerzo permanente y constante que coordina el Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y Crimen Organizado (CITCO).

Su tarea es rastrillar todo lo que suene a posible ataque. Vigilan los llamados "bolsones de jihadismo". Ha tenido enorme éxito en el desmantelamiento de una seguidilla de ataques.

"Todo ha cambiado mucho. Lo ocurrido hoy y lo que viene pasando hace dos años en Europa no tiene nada que ver con el terrorismo al que nos enfrentábamos hace trece años", dicen fuentes policiales.

La prueba más evidente se tuvo, dolorosamente, hoy.

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