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Eduardo Angeloz: el último caudillo radical de la restauración democrática

logotipo de LA NACION LA NACION 24/08/2017

A sus 85 años, acosado por una enfermedad, Eduardo Angeloz corría una carrera contra el olvido. Al momento de su muerte, ayer por la tarde, los cordobeses comenzaron a reconocerle ese esfuerzo. Tres veces gobernador de Córdoba, último caudillo del radicalismo, protagonista de la refundación de la democracia, Angeloz hizo todo lo necesario para ocupar un lugar importante en la historia de su provincia y del país del último cuarto del siglo pasado.

Había caído en desgracia en 1995, cuando debió marcharse anticipadamente de la gobernación para, tres años más tarde, atravesar un juicio por enriquecimiento ilícito, en el que resultó absuelto. Desde entonces, "el Pocho" buscó un reencuentro con los cordobeses. En los últimos años, lejos de aquellas horas incendiadas de la crisis que lo obligó a renunciar en julio de 1995, esa reconciliación había comenzado a llegar bajo la forma de homenajes partidarios y de actos en los que los gobernadores peronistas José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti le reconocieron su lugar.

Angeloz fue un político de tiempo completo desde que lo dejaron usar pantalones largos. "Hablaba bien en contra del peronismo y los más grandes me llevaban como el chico que los envalentonaba en las épocas bravas", supo contar.

Si en los años sesenta ya era un dirigente aventajado de la ciudad de Córdoba que llegó a ser senador provincial, en el corto ciclo democrático de los setenta se alió con Raúl Alfonsín para enfrentar a Ricardo Balbín y presidir el radicalismo cordobés. Llegó entonces por primera vez al Senado nacional, al que regresaría en 1995 para ocupar su último cargo público.

Durante la dictadura, Angeloz voló bajo el radar de las prohibiciones para militar, pueblo por pueblo, reunión tras reunión. Cuando luego de la Guerra de las Malvinas se despejó el camino hacia las elecciones, le quedaba anudar otro acuerdo con Alfonsín. Víctor Martínez representaría al radicalismo de Córdoba como candidato a vicepresidente y él iría por la gobernación. El 30 de octubre ganó por tan amplio margen que, a las 20.30 su rival, el peronista Raúl Bercovich Rodríguez, lo felicitó por radio. Fue un presagio de la victoria de Alfonsín.

Angeloz comenzó entonces a proyectar su imagen nacional como la alternativa moderada al alfonsinismo, mientras comandaba un gobierno enfocado en impulsar la producción cordobesa hacia las exportaciones. Pero su huella más duradera sería una medida que otros gobernadores continuarían: la creación de un programa de ayuda escolar, el Paicor, que incluyó la creación de comedores y la entrega de útiles, zapatillas y guardapolvos. "Y nadie puede decir que nada de lo que reciben los chicos tiene mi marca en el orillo", decía.

Angeloz no tenía reelección y fue de los primeros gobernadores que quebraron la quietud constitucional para lograr una reforma que le permitió un segundo mandato consecutivo, en 1987, gracias a un pacto lleno de sospechas con el peronismo ortodoxo y con el menemismo. Era el comienzo de su apogeo: con el radicalismo derrotado en Buenos Aires y con el peronismo renovador en auge, Alfonsín debió llamarlo a Olivos para hacerlo candidato a sucederlo.

En 1989, en medio de una crisis económica que terminaría en hiperinflación, Angeloz fue candidato del radicalismo con un discurso que era el reflejo de esos tiempos. Mientras gritaba un premoritorio "se puede, se puede", también se comprometía a ser el candidato del "lápiz rojo". Carlos Menem lo derrotó y poco después le propuso a su viejo compañero de la Facultad de Derecho ser su primer ministro. Angeloz era incapaz de romper con las fronteras partidarias y no aceptó. Si Angeloz no se atrevió a sumarse al menemismo, tampoco se animó a enfrentar a Alfonsín por el liderazgo de la UCR.

Eligió quedarse en su provincia, y en 1991 cometería su peor error: violentar la Constitución de Córdoba para obtener un tercer mandato consecutivo (cuando los autorizados eran dos). Como en 1987, volvió a derrotar a De la Sota. Él mismo admitiría luego que nunca debió insistir en perpetuarse. Tres años más tarde, el efecto tequila eliminó los créditos que ocultaban el déficit y Córdoba entró en cesación de pagos. Domingo Cavallo no le perdonó haberlo derrotado en las elecciones de 1993, en las que el ministro lideraba una lista de diputados. En julio de 1995 su gobierno se desmoronó y apenas tuvo tiempo para entregarle el poder a Ramón Mestre, su correligionario, pero también su rival interno. A Angeloz lo esperaba todavía un trago más amargo. Pidió que le suspendieran sus fueros de senador (ocupaba una banca desde diciembre de 1995) para ser juzgado por enriquecimiento ilícito. Fue absuelto, pero ya no tendría retorno.

Puertas adentro de la UCR nunca abandonó su tarea. A sus ochenta y tantos seguía subido a un auto para visitar a tal o cual dirigente en el rincón más alejado. Cuando, por fin, supo que la enfermedad lo cercaba, comenzó a llamar a la mesa del bar que había convertido en su oficina a quienes lo habían acompañado durante años. Entre café y café cerró entredichos, hizo confesiones y repitió un mensaje: "Me pasé la vida negociando acuerdos, tendiendo puentes. Yo lo único que pido es que los muchachos de hoy aprendan a conversar. Mirá cómo dejamos el país después de tantas peleas".

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