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El día que Vidal creyó que perdía la elección y reaccionó

logotipo de LA NACION LA NACION 20/08/2017

Cuentan en el edificio del microcentro porteño del Bapro que el rumbo de la elección bonaerense empezó a torcerse unos 15 días antes de las PASO, cuando aterrizó en la mesa del equipo de campaña una medición de Jaime Durán Barba que le daba a Cristina Kirchner 7 puntos de ventaja sobre Cambiemos. Para entonces la Casa Rosada venía instalando con fuerza una mirada nacional de los comicios que resaltaba que el oficialismo sería la fuerza más votada en todo el país, una manera de licuar los resultados bonaerenses. También circulaba la idea de montar dos búnkeres separados para esperar el escrutinio, uno porteño y otro para la provincia de Buenos Aires.

La gobernadora María Eugenia Vidal entendió que se le estaba escurriendo una parte de su futuro político y salió como una locomotora a recorrer el territorio y los medios de comunicación con un ritmo frenético para demostrar que no había que dejar pasar la elección de agosto, porque la reacción para octubre podía ser tardía. Así empezó a pedirle a la gente que vote en las PASO; cambió su discurso generalista por otro bien focalizado en la realidad bonaerense, y apeló a un enfoque emocional, donde no sólo habitaba la metáfora entre el pasado y el futuro sino también las acusaciones directas al kirchnerismo por los sufrimientos del conurbano. El empate técnico finalmente la dejó en la foto de los ganadores, una imagen que hasta poco tiempo antes la tenía fuera de cuadro.

La historia revela algo de los temores y tensiones que rodearon a una elección clave para el gobierno de Mauricio Macri, no sólo porque le dio un suplemento de oxígeno político capaz de aventar fantasmas sobre la gobernabilidad sino porque lo hizo en un contexto absolutamente inédito: es la primera vez desde 1983 que un oficialismo triunfa en una elección de medio término con una economía en peor situación que cuando asumió. Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando De la Rúa y los Kirchner pueden dar cuenta de ello.

Y quizá allí radique el mayor éxito que consiguió el macrismo el domingo pasado: logró convencer a una porción importante del electorado de que la expectativa de mejora a futuro es tan importante como la evaluación del presente. Empezó a instalar la idea de que el mediano plazo también cuenta, y eso es clave para una sociedad acostumbrada a la satisfacción inmediata. El crecimiento de Cambiemos en todo el país da cuenta de esta percepción general que apalancó las candidaturas locales. Por eso Macri es el gran tributario del resultado del domingo pasado.

El riesgo ahora para el Gobierno es el exitismo anticipado, no sólo de cara a las generales de octubre sino con la vista puesta en los próximos dos años. Cometería un error si interpretara los resultados de las PASO sólo bajo ese prisma, porque en la revisión integral del escrutinio emerge un segundo dato clave para interpretar el mensaje de los votantes: la tendencia creciente a liberarse de las ataduras partidarias, territoriales o simbólicas. Ese proceso, que se inició en 2015 cuando apoyó a una coalición totalmente nueva, liderada por un partido de una década de vida, se acentuó esta vez.

Por eso, a los oficialismos locales les costó tanto revalidar los títulos de dos años atrás. Si se ve el mapa de la Argentina, las fuerzas gobernantes triunfaron en el Norte y en Cuyo, pero en el Centro y el Sur todas perdieron, independientemente del partido que esté a cargo del Ejecutivo: Santa Fe (socialismo), Córdoba (PJ), San Luis (kirchnerismo), Entre Ríos (PJ), La Pampa (PJ), Neuquén (MPN), Río Negro (PJ-Frente Grande), Chubut (PJ), Santa Cruz (kirchnerismo), Tierra del Fuego (PJ) y, probablemente provincia de Buenos Aires (Cambiemos).

Además, algunos ganadores perdieron en sus capitales, como Juan Manuel Urtubey en Salta, Domingo Peppo (y sobre todo Jorge Capitanich) en Resistencia, y el propio Gildo Insfrán en Formosa. El fenómeno también se visualiza dentro de la provincia de Buenos Aires, donde 40 intendentes del PJ-FPV y 3 de Cambiemos fueron derrotados en sus distritos.

A esto hay que sumarle que en la mayoría de las provincias los electores repartieron mucho el voto y no le asignaron grandes mayorías a ninguna fuerza, más allá de que históricamente en las legislativas hay más dispersión. Sólo en Formosa, Santiago del Estero, Tucumán y San Luis el partido que ganó perforó el techo de los 50 puntos. Parecen lejanos los tiempos en los que los caciques locales arrasaban en las urnas. Los intendentes bonaerenses también exhibieron resultados más exiguos que en la era de los barones.

Todos estos elementos reunidos dan cuenta de un votante mucho más volátil, flexible y desestructurado. La consultora Isonomía viene realizando desde hace algunos años un panel de seguimiento cualitativo de 700 personas y encontró votantes que, por ejemplo, en 2011 eligieron a Cristina Kirchner; en 2013 a Sergio Massa; en las PASO de 2015 otra vez a Massa; y en la general y el ballottage de ese año a Macri. La grieta existe, pero no alcanza para explicar todo.

El mensaje también debe ser interpretado por el Gobierno. El respaldo que logró el domingo es condicionado, no es un cheque en blanco irrestricto. La mayor autonomía del voto que los favoreció para instalar la idea de cambio se le puede volver en contra si en los próximos dos años no cumple con las expectativas renovadas.

¿Queda entonces en pie algún factor ordenador del voto? La única variable clara por ahora es la situación social y económica. La provincia de Buenos Aires fue el ejemplo más evidente, porque allí Cambiemos no logró perforar el núcleo más pobre del segundo y tercer cordón del conurbano, que se refugió en Cristina Kirchner, transformada en una notable administradora de su propio declive político. "El corte es claro: donde hay necesidades básicas insatisfechas, perdimos; donde hay margen de espera, compraron la expectativa de mejora", explica uno de los articuladores de la campaña oficialista.

Acortar esa brecha es lo que le falta al Gobierno para tabicar firmemente su preferencia en el electorado. Pero para hacerlo, deberá exhibir para el próximo año una economía genuinamente virtuosa. Sólo así podrá transformar una volatilidad favorable en una auténtica nueva matriz electoral.

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