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Gustavo Alfaro, un técnico tildado de defensivo: "Siento que soy más valorado fuera del país"

logotipo de LA NACION LA NACION 06/08/2017

Se ríe como un niño. Sus manos juegan con las imprudentes cenizas de su pelo. "Las canas son la consecuencia de los últimos tiempos. A veces, los momentos tensos o las ingratitudes, en algún lugar, te lo reflejan. Uno se va poniendo grande. En ese aspecto miro para atrás: hace 23 años que empecé a dirigir, hay mucho camino recorrido", asume Gustavo Alfaro , de 54, en el oasis de un campo de polo. Su carnet de técnico tiene vigencia: lleva el número 1064. "Calculá la cantidad de técnicos que se recibieron en este tiempo; yo sigo estando en la elite. El fútbol me dio todo", se confiesa el entrenador de Huracán, distendido, detrás del fogón. Deja en la mesa de luz los libros de filosofía que lo alimentan ("estoy ahora con el 'proceso peace', la aceptación del problema y la búsqueda del equilibrio"), los ensayos que lo sensibilizan ("es imprescindible La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón") y cae en el sillón, con el balón de siempre. "El libro de Ferguson, Liderazgo, me demuestra que no estoy tan equivocado.", interpreta. Y vuelan las palabras.

-Al principio lo miraban de reojo.

-Empecé dirigiendo en Atlético de Rafaela. Y estaba Carlos Goyén, que era campeón del mundo. Yo era más joven y lo tenía que dirigir. Todos me pusieron a prueba permanentemente. Los insultos de la gente, las críticas del periodismo. Tenía que demostrar con hechos concretos. Tenía 34 años cuando dirigí Quilmes, mi primera vez en Buenos Aires. Hacía tres años y medio que era profesional: no sabía dónde estaba parado. Lo fui a ver al Viejo Griguol, a Bilardo en Boca, a Passarella en la selección, al Flaco Menotti... Me fui nutriendo de un montón de entrenadores; también de Carlos Bianchi. Mi perfil se construyó como un auténtico ladrón profesional.

-¿Quién lo marcó más?

Gustavo Alfaro © Agustin MarcarianAgustin Marcarian Gustavo Alfaro

-Una vez fui a ver a Griguol en Estancia Chica. Le fui a pedir un par de jugadores y él me preguntó por qué. 'Sabe la cantidad de veces que enfrenté a jugadores que parecían buenos y que, cuando llegaron al club, se parecían más al hermano. Fíjese cómo entrenan, porque las cosas que vemos, las vemos todos. Usted tiene que ver lo que le falta'. El Flaco Menotti también me dejó mucho. Recuerdo que una vez quería ser candidato por Santa Fe y fue a Rafaela. El hablaba de los sueños. En un momento me pregunta '¿sabes por qué la gente duerme de noche?'. Yo me quedé mirando, no quería quedar como un. 'La gente duerme de noche porque tiene sueño y yo no duermo de noche, porque tengo sueños'. El Flaco es un soñador. Su vida estuvo visualizada en los sueños. ¡Las utopías!. yo me propuse metas. Un día le dije a mi viejo (Julio Pascual) que iba a dejar ingeniería química porque quería ser entrenador. Quería ser como DT lo que no pude como futbolista: jugar en primera. El tema es descubrir el camino.

-¿Cómo fue enfrentar a su padre?

-Muy duro. Habíamos ascendido con Atlético de Rafaela al Nacional B, yo estudiaba en Santa Fe y me entrenaba todos los días. Recuerdo que le dije: 'Papá, dejame jugar al fútbol que ingeniero puedo ser a los 40 años'. Dejé de jugar, rendí cinco materias más, pero ya había perdido la pasión. Mi sueño era dirigir en primera.

-Ser DT hoy es diferente a lo que era 20 años atrás.

-Te vas aggiornando. Antes estaba prohibido el celular en una concentración o en el almuerzo. Esa lucha ya no la doy más. El Bichi Borghi una vez dijo que dirigir a Boca 'es como hacer el amor con la ventana abierta'. Y tenía razón. Hoy se sabe todo. Las cosas las hablo de frente, después si el tipo las quiere contar, es cosa suya.

-¿Y si suena un celular en una charla táctica?

-Me pasó con Mauro Matos en Gimnasia. Íbamos a jugar con Atlético Tucumán; les dije a los jugadores que apagaran el celular, porque si no, debían pagar un asado. Y sonaba el celular mientras yo hablaba desde lo emocional. Son normas de convivencia. Tenemos que cambiar, porque cambiaron los tiempos. No hay que ponerse mal, hay que adaptarse. Mis hijas (Agustina y Josefina) tienen 23 y 24 años; la misma edad de los jugadores.

-¿Qué cosas no soporta más de la profesión?

-Hay luchas que ya no las doy. Las tenía en todos los frentes y a veces son estériles. Por más que uno se empeñe en ganarlas, no vas a cambiar un pensamiento, la idiosincrasia de un club, un dirigente o un hincha. Son luchas que abandoné, como decía Fito Páez: 'no hay que hacerse enemigos que no están en la altura del conflicto'. No me banco la hipocresía, la falsedad, el sentido del oportunismo. El tiempo te da la chance de aprender a tomar distancia. Y la distancia te da la posibilidad de una mejor perspectiva. Mi viejo me decía que cuando uno tiene 20 años, tiene tanta fuerza que se lleva una pared por delante, la tira abajo. A los 30, no derriba la pared; la salta. Cuando uno tiene 40 años y no tiene la fuerza de los 20 ni la potencia de los 30, pasa la pared por el costado. Y cuando llegas a los 50, te parás al lado de la pared y te preguntas si vale la pena pasar. Yo estoy en esa etapa.

-¿Una de las luchas que no da más es por la etiqueta de 'defensivo'?

-Exacto. ¿Para qué voy a luchar contra esa idea? Es mucho más fácil desactivar un átomo que un preconcepto. Hago lo que tengo que hacer; la Argentina es un país de rótulos. Desde nuestro origen, nos ponemos rótulos. Convivo con el rótulo de defensivo; a esta altura ya no me molesta.

-¿Y ese rótulo no lo incomoda particularmente en Huracán, que también está señalado por otro tipo de filosofía?

-La historia no la vas a cambiar. Yo no me olvido de las raíces de Huracán, de los jugadores que pasaron, de la época gloriosa del Flaco Menotti. O con Ángel (Cappa) y hasta con Domínguez, que anduvo muy bien también. Ahora, el fútbol me enseñó que tengo que ser pragmático. Tratar de encontrar soluciones en un equipo. El entrenador es como un inquilino. Si es bueno, va a devolver la casa mejor de cómo la recibió. Si es malo, va a devolver la casa rota, con las paredes destruidas. Tenemos que devolverla mejor.

-Dirigió Gimnasia y, ahora, está en Huracán. El desafío del sufrimiento...

-(risas). Me lo dicen, permanentemente. Qué se yo. Mi naturaleza está más emparentada con el sufrimiento que con el gozo pleno. Cuando vos tenés la posibilidad de superar las metas, en el medio de la lucha, hay felicidad. Lo importante es sentirse capaz de resolver el problema. Hay escenarios que pueden ser mejores o más serenos. En la dificultad, se pone a prueba el liderazgo.

-¿El sistema también lo encasilló?

-Pero no me quedo en el reproche. Charlé con Racing, en su momento. Prefirieron a Facundo Sava en lugar de mí. Conseguí títulos, clasifiqué equipos a copas internacionales, pero a veces las valoraciones -no sé cuáles son los parámetros- son extrañas. Yo me pregunto: por qué no pude convencer a muchos más. Cuando tengo que dar el salto de calidad, siempre me costó. Con Gimnasia, por ejemplo, nos tocó River en las semifinales de la Copa Argentina y habíamos pasado a Racing y San Lorenzo. Ahí es donde falta ese cachito.

-Ese último paso...

-.y siento que soy más valorado fuera del país que dentro de la Argentina. He tenido chances de Nacional y Peñarol, de Cerro Porteño y Olimpia, de Universidad de Chile y Colo Colo, de Atlético Nacional, de DIM, de Liga de Quito., todos grandes. Me gusta el fútbol argentino, a pesar de todos los costados negativos que tiene. Pero ojo: acá somos más exitistas que exitosos.

El retiro, más cerca

Tenía todo planificado: habría vacaciones para disfrutar con Daniela -su mujer desde hace 27 años- hasta diciembre. Sin embargo, cayó en la tentación. "Me metí en la jungla de nuevo, sabiendo que estoy en la etapa final de mi carrera. Tres o cuatro años más, imagino. Me voy a ir de la misma manera de la que llegué: en silencio y silbando bajo. Desde el año 2006 que estoy trabajando para Caracol. Estuve en Rusia, por la Copa de las Confederaciones; tal vez sea mi salida. Estoy escribiendo algunas páginas; pensamientos", suscribe. "¿Qué más le puedo pedir a esta profesión?", acepta, reconfortado.

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