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Indefensión: los atentados low-cost dejan al desnudo los límites de la seguridad

logotipo de LA NACION LA NACION 20/08/2017

PARÍS.- Trece meses y 30 millones de euros después del feroz atentado de Niza, que dejó 86 muertos y 458 heridos, su célebre Paseo de los Ingleses no parece el mismo. Decenas de pilones retractables, enhebrados por cables de acero capaces de soportar un impacto de 19 toneladas, separan ahora la calzada de la rambla, donde la gente sigue disfrutando de uno de los paisajes más hermosos de la Costa Azul. Pero hay una diferencia: el fatalismo.

"Estos esfuerzos tranquilizan. Pero somos conscientes de que si un kamikaze no puede usar un camión, inventará otra cosa", afirma Roland Berri, dueño de un bar. Como más de 500 millones de europeos, él sabe que el terrorismo existió antes de Estado Islámico y seguirá. Que por muchos planes de los gobiernos, el riesgo cero no existe, y que el terrorismo low-cost es capaz de pasar entre las redes de cualquier operativo. Sucedió el jueves pasado en Barcelona.

Si faltaran mejores ejemplos, basta recordar que España intensificó su estrategia antiterrorista inmediatamente después de los brutales atentados de 2004 en la estación madrileña de Atocha, donde una célula de Al-Qaeda provocó la muerte de 191 personas, y la intensificó en 2015. Sin embargo, los ataques del jueves pasado al corazón de Barcelona pusieron en evidencia los límites de tantos esfuerzos.

Hace dos años el gobierno español endureció las leyes y aumentó las penas, e incrementó la seguridad, sobre todo en los centros turísticos. El control para acceder a trenes y aviones ahora es aún más riguroso que antes.

Sin embargo, en La Rambla de Barcelona -donde 13 personas murieron el jueves pasado- carecían de bloques de cemento o barreras, a pesar de todos los ataques mortales que se produjeron en los últimos meses en el resto de Europa, provocados por vehículos lanzados contra los peatones.

La polémica no tardará en ver la luz. Cuando eso suceda, habrá que recordar que barreras, pilones, vigías y militares no consiguen impedir que, cada semana, se produzca en algún país de Europa un ataque islamista con armas blancas.

El 4 de septiembre pasado, la inexperiencia de un comando de tres mujeres radicalizadas permitió evitar un drama de enormes proporciones a escasos metros de la catedral de Notre-Dame, cuando fracasó la explosión de unas garrafas de gas y tres bidones de gasoil dentro de un vehículo que habían abandonado a escasos 100 metros de la prefectura de policía de París, uno de los sitios más protegidos de la capital.

En otras palabras, con el terrorismo low-cost el objetivo puede ser cualquier persona en cualquier sitio y de cualquier forma. En los lugares públicos, vulnerables por naturaleza, ahora la gente está más expuesta que nunca: los aficionados a la música en Manchester, la gente de fiesta en Niza, los clientes de un pub londinense y, por supuesto, los turistas sacando fotos en el puente Westminster, descansando en una playa de Túnez o regresando a su país en un avión de Egipto a Rusia.

Contra el fanatizado, sin medios materiales, pero tan dispuesto a dar su vida por Alá que se fabrica falsos cinturones explosivos con latas de Coca-Cola, los servicios de inteligencia no pueden gran cosa. En ese terreno -el de la información-, franceses, británicos y españoles se cuentan entre los mejores del mundo. Pero "¿cómo infiltrar a un individuo que se radicaliza por Internet, solo, encerrado en su cuarto?", reflexiona el especialista francés en terrorismo Jean-Charles Brisard.

Complots

Casi todos los ataques terroristas de los últimos 20 años se ejecutaron con materiales obtenidos localmente, aproximadamente a una hora de la casa del culpable. Complots de "larga distancia", como los atentados del 11 de Septiembre, siempre fueron una anomalía. "Esto es válido tanto para Afganistán e Irak, como para España, Gran Bretaña o Estados Unidos", explica el historiador de terrorismo Jean-Pierre Filiou.

Como Francia, España invirtió grandes cantidades de dinero en sus servicios de inteligencia y desarrolló una capacidad formidable para reunir información y actuar a partir de ella. Eso mantuvo al país a salvo del terrorismo islamista durante 13 años. En 2008 se lograron frustrar importantes complots. El año pasado, el país desbarató por lo menos diez atentados diferentes. Este año fueron descubiertas otras dos redes, de las cuales por lo menos una tenía vínculos con terroristas belgas y franceses.

"Pero el hecho de impedir que haya ataques exitosos no quiere decir que desapareció el radicalismo islamista. La dura verdad es que, en algún momento, alguien conseguirá lo que quiere", afirma Brisard.

Cuando eso sucede, el clamor popular exige mayores medidas de seguridad, planteando entonces el eterno debate de toda democracia: ¿vale la pena resignar las libertades individuales en pos de un mayor control, sobre todo cuando la experiencia demuestra que este nuevo tipo de terrorismo es casi inevitable?

"Antes de dar una respuesta a ese interrogante, los responsables políticos deberían recordar que los cimientos de una sociedad pacífica son extremadamente frágiles", advierte el politólogo Pascal Perrineau. "Como lo vimos esta semana en Charlottesville [Estados Unidos], la violencia nunca está lejos de la superficie donde se agitan el odio y el miedo, el peor rostro de la política identitaria", precisa.

Para Perrineau, la única prevención del terrorismo está en sus orígenes. Por eso es necesario que la estrategia de la anticipación declamada por los gobiernos europeos esté basada en la ética política.

"Aunque cueste reconocerlo, cada acto de terror tiene un componente político. La realidad del conflicto no puede ser totalmente barrida bajo la alfombra del crimen islamista", dice. "Europa actúa militarmente en varios países musulmanes. Esto lleva a muchos a interpretar esa presencia como una guerra contra el islam. Y, como en toda guerra, el objetivo es provocar víctimas", concluye.

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