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"Los avances tecnológicos podrían ayudar a que resurjan los fundamentalismos"

logotipo de Infobae Infobae 30/05/2014 Matías Méndez

El escritor boliviano Edmundo Paz Soldán hace honor a los elogios del Premio Nobel Mario Vargas Llosa que lo definió como una de las voces "más creativas" de América Latina. En su octava novela, creó un territorio que le da nombre al libro que publicó Alfaguara: Iris. Allí edificó una obra de ciencia ficción que es un alegato político contra la opresión. El autor -que es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell en Estados Unidos y por estos meses reside en Río de Janeiro- cuenta que estaba trabajando en la tercera parte de una trilogía de novelas que integran sus últimos libros publicados hasta que leyó un artículo de la revista Rolling Stone en donde un grupo de soldados psicópatas empezaron a hacer su guerra particular en el fragor de la ocupación a Afganistán. Edmundo sonríe cuando lo recuerda y relata que se dijo a sí mismo que ahí había un tema para una novela. Empezó a investigar y a leer libros de crónicas sobre Bagdad, Irak y Afganistán "y me di cuenta que estaba saturado", es entonces cuando un amigo le propuso que la ambiente en Marte. En Marte no lo hizo, prefirió inventar Iris, le dio un Dios, un lenguaje y lo convirtió en un territorio hostil de disputa. Se trata, dirá el autor en la redacción de Infobae de "la guerra por la ocupación de la isla y del levantamiento armado de los irisinos para tratar de liberarse". En esta entrevista, Paz Soldán habla de sus influencias literarias, de la ciencia ficción y define a su novela como "muy boliviana". -¿Qué es Iris, este mundo que inventó? Para ordenar las cosas lo contaría de una manera más cronológica de lo que está en la novela. Es un lugar donde un siglo antes hubo pruebas nucleares y que ha quedado altamente tóxico. Es una región remota, es una isla donde los habitantes del lugar no se fueron pero han quedado contaminados. Mucho tiempo después se descubren yacimientos minerales importantes y llega una corporación a explotarlos y a explotar a la gente del lugar. -En la guerra hay una presencia muy fuerte de la religión, la droga y, por supuesto, la violencia descarnada. Pensaba, este es un lugar muy hostil y muy remoto. Y había un tema que también es muy de la ciencia ficción que es el enfrentamiento del individuo con el universo, con el cosmos. Mi intuición era que para enfrentarse a este horror no puedes hacerlo solo, de alguna manera tienes que buscar algún tipo de ayuda y es por eso que, por un lado, es muy fuerte la presencia de la religión y también de la droga, como una forma de escape y también como una forma de trascendencia. A veces las dos cosas se juntan. La droga en la novela es usada como una forma de lo sagrado, lo divino, lo trascendente, para encontrar cierto sentido al mundo en el que están viviendo. -¿También para soportar la opresión? Todos los soldados están medicados porque necesitan algo para la ansiedad. Vivimos en una sociedad medicada, es suficiente ver la mesa de noche de mis padres y la cantidad de pastillas que toman. Poco a poco, a medida que van pasando los años llegas a cierta edad y descubres que estás tomando cinco o seis cosas. Esas son las drogas aceptadas porque vienen de parte de la industria médica. Muchas veces son administradas de manera muy irresponsable porque uno no sabe los efectos secundarios que ocurren cuando empezás a combinar tantas pastillas. Luego están las otras drogas de recreo que son parte de la vida cotidiana de estos soldados. Quería mostrar en la novela que hay soldados que por usar un exceso de drogas terminan con ataques de pánico, recluidos en monasterios o muy mal. Hay drogas con las que no se juega. -Aparece la minería, una actividad muy característica de la historia de su país, Bolivia ¿Por qué hizo esa opción? Es un poco curioso. Bolivia ha sido un país minero a lo largo del siglo XX y cuando yo comencé a escribir a fines de los 80, Bolivia había dejado de ser un país minero pero en el imaginario y en la literatura era muy fuerte la novela minera como la novela del campo, eran los dos ejes más fuertes de la literatura boliviana. Cuando empecé a escribir, escribía cosas más urbanas y de la clase media en mi ciudad natal, Cochabamba. Me criticaban y me decían "¿Dónde está Bolivia? ¿Dónde están los campesinos y los mineros"? Yo vivía eso como un complejo de culpa, pero decía estoy escribiendo de mi entorno que es de lo que más conozco. Aquel mundo era muy alejado para mí. Se da la paradoja que treinta años después he escrito una novela minera, una novela de temática indígena. Es una novela que, aunque no este hablando en forma realista, es muy boliviana, porque para crear el mundo de las minas utilicé muchas tradiciones que vienen de las minas desde la época colonial, desde el siglo XVII. -En Iris, advertí cierto aire que me remitió a Borges. ¿Es una de sus influencias? Mis dos primeras influencias son escritores casi opuestos, contradictorios: uno era Borges, que me llevaba a una cosa más fantástica, y otro es Vargas Llosa que me daba una cosa más política y social. De alguna manera esta novela es un intento de fusionar esas influencias. Es una novela muy latinoamericana, muy de contenido político social sobre una guerra colonial imperial y, por otro lado, quería meter algo más borgeano, más fantástico. -El protagonista tiene la posibilidad de que su memoria sea borrada. En la novela usted trabaja mucho con la memoria. Lo conectaba con el tema de una redefinición de lo que significa ser un ser humano en esta época. Por un lado, toda la gente tiene una relación muy intensa con las máquinas y la tecnología y eso los está cambiando. En un fragmento dice, te estás volviendo un artificial, que es un ser que es un máquina, una máquina pensante. En este punto, la intervención de la máquina en ti hace que seas más una máquina que ser humano. En la ficción de la novela tienes la posibilidad, cuando vas a ir a Iris, de escoger comenzar de cero y que te borren la memoria y cuando tienes un incidente de combate y quieren seguir usando tu cuerpo, simplemente lo que van a hacer es sacarte la memoria y volver a ponerte en el frente de combate, como si fueses otro individuo. Hay una conexión muy fuerte entre los recuerdos y lo que tú eres. -Uno de los protagonistas se llama Gibson ¿Es por el autor de Conde Cero, William Gibson? ¿Por qué eligió ese nombre? Sí, cuando escribo y tengo que ponerle nombre a un personaje pongo lo primero que se me ocurre y muchas veces es lo que estoy leyendo en ese momento y digo "lo voy a cambiar", pero algunos no los cambio. William Gibson obviamente estaba conectado con la novela, lo puse porque pensaba cambiarlo pero luego se quedó porque hay una frase de él que me ayudó muchísimo a entender este mundo cuando estaba creándolo. El decía algo así como "el futuro ha llegado, sólo que no está distribuido de manera ordenada y coherente". Yo decía el futuro no puede ser una cosa totalmente moderna y con todos los avances tecnológicos, tiene que ser como es el presente: grandes bolsones de modernidad y progreso que están juntos y convive al lado con bolsones de pobreza, de creencias primitivas, rituales, supersticiones y reaparición de la religión en la vida cotidiana. Puede ser que con el avance tecnológico resurjan los fundamentalismos, los nacionalismos o la religión. No puede asumirse que porque haya progreso y desarrollo científico, el hombre va a estar cada vez menos interesado en la religión, más bien puede resurgir con más fuerza. -¿Por ese motivo, los protagonistas tienen comportamientos arcaicos? La idea de fondo es que hay unos atavismos que este lugar despierta. Hay pulsiones criminales y violentas, de estos soldados que son adolescentes en el frente de batalla y, por eso, esa violencia. El avance no es parejo: podemos modernizar la infraestructura pero no modernizamos nuestros prejuicios. En la novela, la base de la relación con el otro es la desconfianza y el racismo. Los colonizadores llegan y ven a los que están hasta estéticamente repulsivos. Hay un desprecio total al otro. -Existe cierto lugar común equivocado que dice que la ciencia ficción es un género de entrenamiento menor, sin embargo las grandes obras siempre fueron alegatos políticos. ¿Iris se inscribe en esa tradición? Puede ser por el abuso que ha hecho Hollywood de los superhéroes, cada fin de semana tienes un nuevo superhéroe. La ciencia ficción está muy conectada con la adolescencia. Te encuentras con Bradbury u Orwell a los dieciséis años y es algo que tienes que superar. Pero es un género eminentemente político, las grandes novelas de ciencia ficción del siglo XX han sido distopías muy críticas de diferentes aspectos de la sociedad contemporánea. Se hacen las que se preocupan por el futuro, pero en realidad están preocupadas por las ansiedades del presente. Orwell está hablando del totalitarismo, en Un mundo felíz, Aldous Huxley habla de los avances de la biogenética. Más que un género es una forma de mirar las cosas. Juegas pero en realidad lo que te interesa es narrar de una forma un poco más desplazada el presente.

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