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Los desafíos de la expedición "buitre"

logotipo de Infobae Infobae 18/06/2014 Infobae

Sin lugar a dudas, la noticia de la semana ha sido el revés judicial sufrido tras la decisión de la Suprema Corte de los Estados Unidos. Una vez conocida la declaración el lunes a la mañana, el acalorado "debate de café" en Buenos Aires, concentrado en el planteo táctico del equipo del seleccionado de fútbol de Sabella apenas 15 horas antes, cambió de dirección para, sólo, transformarse en malhumor, tensión y, en general, incertidumbre. ¿Se sobrereaccionó o se ignoraron los posibles caminos? Un poco de todo, porque, en esencia, ese máximo tribunal jamás dirimió litigios entre países y particulares y la noticia prácticamente pasó desapercibida en los días anteriores.

La condición humana, sin embargo, llama la atención. Entre muchos, se destacan la indiferencia y el festejo con que algunos "sectores nacionales" recibieron la noticia y el debate en base a herramientas técnicas con abstracción socioeconómica que se utilizaron nada más para embestir al Gobierno. No quedan dudas, sin embargo, sobre la calamidad legal y financiera que se engendró desde noviembre de 2012 cuando el Juez Thomas Griesa ordenó desembolsar cash u$s1.330 millones a "los buitres". Con el rechazo del lunes pasado la Argentina quedó gravemente condicionada y a expensas de esos "carroñeros", hecho que, además, condicionó procesos de reestructuración de deuda que se están desarrollando en el mundo, tanto como la liquidez y la solvencia de algunos bancos que desde hace tiempo imprimen por doquier credit default swaps (CDS) para la cobertura de los tenedores de deuda (y simples especuladores que, paradójicamente, no están a expensas de incumplimientos).

Aunque se resuelva satisfactoriamente toda esta refriega legal, financiera y económica, tanto en la Argentina como en otros países (en procesos de reestructuración de deuda), en el Fondo Monetario Internacional (FMI), en ciertos grupos de acreedores (residentes y no residentes) y en el funcionamiento institucional del mercado global de capitales, quedará "una cicatriz" semejante a la que provoca un infarto de miocardio en el individuo. Tampoco las consecuencias serán neutrales en términos de concentración de riqueza. Al avalarse estas operatorias, como la tasa de retorno sobre el patrimonio continuará superando al crecimiento económico, el avance de la concentración de la riqueza no se detendrá. "Esto es lo que ha ocurrido en los últimos 30 años con la implantación a gran escala de los postulados del libre mercado y la desregulación financiera" (Piketty, 2014). Si no se hace algo, señala el autor francés, aumenta el riesgo de retroceder al mundo del siglo XIX. Nada de esto contemplaron jueces, banqueros, calificadoras de riesgo, lobbistas e individuos que siempre se dejan hipnotizar por los brillos lujuriosos de la libertad de mercado.

Cuando se ingresa en estos entumecimientos intelectuales, la banalización de conceptos y el menosprecio por las enseñanzas de la historia emergen con la potencia de un geiser. Ni el octogenario juez Thomas Griesa ni los nueve integrantes del máximo tribunal de los Estados Unidos evaluaron profundamente el caso; tampoco poseen la capacidad técnica para interpretar funcionamientos normales y anormales de mercados, entender la manera en que se entretejen conexiones financieras en los pasillos de Wall Street, comprender cómo diseñan evaluaciones de riesgo soberano las calificadoras y ciertos bancos e interpretar las inconsistencias que nunca se resolvieron (ni se resolverán) en el mercado global de capitales (razón primordial de la quiebra de los bancos de inversión en 2008). Más cuestionable aún se vuelven estas directivas judiciales cuando, según se sospecha, la materia prima utilizada para su diseño provino de simples expresiones sin timing de algunos funcionarios públicos. "Esas referencias circulares" detectadas por las planillas de cálculo (donde lo que se quiere explicar está explicando), resultan inconsistentes para arbitrar diferencias, más aún si a las mismas se les adosa la alienación de las puras tendencias de mercado. Ni los estrados judiciales, ni el mercado en una situación tan grave como la que actualmente atraviesa la Argentina, quedan exentos de cuestionamientos (los bancos internacionales y sus representantes "de mercado" siempre ganaron intermediando para la Argentina).

En lo estrictamente inherente al mercado, fluyeron "ríos de tinta" (que nunca se leyeron) sobre su mal funcionamiento, especialmente en el negocio de las deudas soberanas del mundo subdesarrollado desde el comienzo de la globalización financiera extrema (mediados de la década del setenta). "Repetidamente, estos países acaban padeciendo aplastantes niveles de deuda, lo cual conduce a crisis que dan como resultado recesiones económicas y depresiones que redundan en un aumento de la pobreza. La crisis Argentina ilustra el costo de gestionar mal la deuda y la necesidad de reformar el sistema global (Stiglitz, 2006). Esto no sólo no puede ser (ni nunca podrá ser) entendido por el sistema judicial, tampoco por los exitistas del mercado quienes, en este momento, exhortan que la Argentina pague esos u$s1.330 millones sin considerar la ola de juicios que en los próximos años presionarán al país (y la sociedad argentina) por sumas multimillonarias (próximas a u$s130.000 millones). ¿Por qué? Básicamente porque 1) lo ordena un estrado judicial que sustentó el fallo de 2012 y 2) los compromisos se deben honrar porque así lo exige el mecanismo puritano de mercado. Esta concatenación de sucesos es extremadamente compleja cuando se analizan los caminos a seguir (especialmente cuanto más información y posibilidades se incorporan) pero, más aún, si se intenta reflexionar introduciendo matices devenidos de las perennes anomalías del mercado global de capitales. El problema es que, lamentablemente, las decisiones (o las "coberturas", como se definen elegantemente las vulgares corridas por parte de los expertos) estrujan posiciones en los mercados financieros y de cambios. El resultado es inequívoco: las tasas de interés se mantendrán altas por tiempo indefinido, hundidos los precios de los activos financieros y elevados los de los bienes. Todos perderemos, especialmente si las paritarias se interrumpen o se determinan subas salariales inferiores a la inflación tal como lo exhorta el mercado.

Parece un mundo enceguecido en el que emerge la miseria humana, tal como el que describe Saramago en una de sus obras fundamentales. "La conciencia moral, a la que tantos insensatos han ofendido y de la que muchos más han renegado, es cosa que existe y existió siempre, no ha sido un invento de los filósofos//...// Con la marcha de los tiempos, más las actividades derivadas de la convivencia y los intercambios genéticos, acabamos metiendo la conciencia en el color de la sangre y en la sal de las lágrimas, y, como si tanto fuera aún poco, hicimos de los ojos una especie de espejos vueltos hacia dentro, con el resultado, muchas veces, de que acaban mostrando sin reserva lo que estábamos tratando de negar con la boca. A esto, que es general, se añade la circunstancia particular de que, en espíritus simples, el remordimiento causado por el mal cometido se confunde frecuentemente con miedos" (Saramago, 1996). Es interesante vincular el concepto de ceguera con la acción de no querer ver porque, en esencia y de modo literal, en un momento del tiempo es lo mismo. Simplificar la solución pagando o entrando en default sin hacerse preguntas o plantear el problema de manera amplia es sensiblemente superficial. Ante este dilema, la mejor estrategia para la sociedad será evitar los achaques de ceguera que padece desde hace largo tiempo.

(*) Gustavo Perilli es economista, socio en AMF Economía y profesor de la UBA

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