Estás usando una versión más antigua del navegador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Pánico, corridas y desconcierto en las calles de la ciudad

logotipo de LA NACION LA NACION 18/08/2017

BARCELONA.- Las calles del centro histórico de la ciudad condal se transformaron en segundos en una huida generalizada, mezcla de dolor y de pánico, de desconcierto y de angustia. Hubo tres estampidas de gente corriendo desesperada en busca de refugio, mientras otros buscaban a sus seres queridos, acaso atropellados por la furgoneta o perdidos en el mar de una multitud que buscaba ponerse a salvo de la locura.

"No sé dónde está mi hermano, dicen que están dando tiros y no lo encuentro", dijo un joven que intentaba saltarse un control de seguridad. La policía comenzaba a acordonar la zona y la gente corría desesperada por sus vidas y se acuartelaba dentro de comercios y restaurantes, blindados contra enemigos que nadie sabía si seguían sueltos, dispuestos a un segundo asalto.

"Estábamos en la puerta del Hard Rock Café. Íbamos en dirección a La Rambla cuando vimos el choque de una furgoneta blanca contra la gente. Vimos cómo la gente salía volando por el atropello. Y también a tres ciclistas que salieron volando", dijo Ellen Vercamm, testigo de la masacre.

Lo que siguió fue una mezcla de solidaridad, desesperación y de sálvese quien pueda en una situación límite donde el peligro estaba latente. Los asesinos podían estar en cualquier parte. Nadie estaba a salvo. Hubo gente que ayudó a los heridos hasta la llegada de la policía y las ambulancias. Hubo un grupo de personas que golpearon la persiana de un local suplicando que les abrieran.

Dos clientes querían abrir y otros dos se negaban, cegados por el miedo, en una violenta discusión que se resolvió a los golpes y terminó subiendo la persiana apenas lo justo para dejarlos pasar a la rastra.

También las oficinas públicas quedaron presas del frenesí. Como el edificio del Palau Moja, que entre otros servicios tiene un centro de información turística.

"Lo vimos todo, a la gente gritando y corriendo para volver a entrar al edificio. Fue una situación caótica. Había familias con chicos. La policía nos pidió cerrar las puertas y mantenernos adentro", relató el gerente, Carol Augustin, que quedó en cuarentena a la espera de una calma que parecía imposible.

Agencia AP y diario El País

Más de LA NACION

image beaconimage beaconimage beacon