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Para unir a los cristianos, Francisco se mostró dispuesto hasta a discutir el rol papal

logotipo de Infobae Infobae 26/05/2014 Infobae
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El estatus del Obispo de Roma, considerado sucesor del apóstol Pedro, y cabeza de la Iglesia Católica Romana, es uno de los obstáculos –el principal seguramente- para la reunificación de esas dos grandes ramas separadas del catolicismo. El llamado Cisma de Oriente data del año 1054, cuando el Papa romano y el Patriarca de Constantinopla se excomulgaron mutuamente, como corolario de un conflicto de siglos originado fundamentalmente en competencias de autoridad.

A diferencia del pontífice romano, cuya infalibilidad ha sido además proclamada como doctrina en 1870, el patriarca de Constantinopla sólo tiene una función de representación y una autoridad formalsobre los 300 millones de católicos ortodoxos; algo así como un primus inter pares respecto de los patriarcas de cada región. El patriarca de Constantinopla (hoy Estambul, Turquía) es considerado sucesor del apóstol Andrés, así como el Papa romano lo es de su hermano Pedro.

Existen además algunas diferencias doctrinarias y litúrgicas menores. Por ejemplo, la Iglesia Ortodoxa ordena personas casadas, aunque sus sacerdotes no pueden contraer matrimonio después de la ordenación. La misa es mayormente cantada y con los fieles de pie.

Relanzamiento del diálogo

Tras algunos intentos frustrados, fue recién después del Concilio Vaticano II, que el papa Paulo VI y el Patriarca de Constantinopla, Atenágoras I, se reunieron en Jerusalén en 1964 y emitieron una declaración conjunta, que cancelaba "de la memoria de la Iglesia la sentencia de excomunión que había sido pronunciada".

Ahora, sus sucesores, Francisco y Bartolomé, reeditaron aquel abrazo, frente al Santo Sepulcro, no sólo a modo de conmemoración de los 50 años de la reconciliación, sino fundamentalmente para relanzar el proceso de diálogo entre ambas iglesias que en los últimos tiempos había perdido impulso.

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El discurso del Papa constituyó una clara apuesta por la unidad. Pidió superar los "recelos" heredados "del pasado" y, reconociendo los resultados positivos "del abrazo de aquellos dos venerables Padres", admitió que no se puede "negar las divisiones que todavía hay entre nosotros", pero se mostró esperanzado.

"Debemos pensar que, igual que fue movida la piedra del sepulcro, así pueden ser removidos todos los obstáculos que impiden aún la plena comunión entre nosotros", aseguró Francisco.

Y a continuación hizo su jugada más fuerte: "Deseo renovar la voluntad ya expresada por mis predecesores, de mantener un diálogo con todos los hermanos en Cristopara encontrar una forma de ejercicio del ministerio propio del Obispo de Roma que, en conformidad con su misión, se abra a una situación nueva y pueda ser, en el contexto actual, un servicio de amor y de comunión reconocido por todos".

Francisco también aludió a la difícil situación que viven los cristianos en muchas partes del mundo, en especial en Asia y África: "Cuando cristianos de diversas confesiones sufren juntos, unos al lado de los otros, y se prestan los unos a los otros ayuda con caridad fraterna, se realiza el ecumenismo del sufrimiento, se realiza el ecumenismo de sangre". E, improvisando, agregó: "Quienes matan a cristianos por odio religioso, no preguntan si se trata de católico u ortodoxos. Matan y derraman sangre cristiana".

"Santidad, querido Hermano (Bartolomé), queridos hermanos todos, dejemos a un lado los recelos que hemos heredado del pasado (...) para marchar juntos hacia el día bendito en que reencontremos nuestra plena comunión", dijo Francisco al final de su mensaje, recordando los términos con que Jesús rezó al Padre por sus discípulos: "Que sean una sola cosa... para que el mundo crea"; apuntando de este modo al daño que las divisiones hacen a la credibilidad del mensaje cristiano.

Por Claudia Peiró cpeiro@infobae.com

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