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Cuando Messi era El Leo

Goal.com Goal.com 10-06-2016

El basural no sólo había sido escenario de historias terribles sino que se había vuelto el estadio de picardías de los chicos de la cuadra que, en los ratos en los que abandonaban la pelota, eran capaces de jugar a matar palomas, destriparlas, simular ser cirujanos y hacerles una autopsia sin saber qué significaba la palabra autopsia.

Veinte años atrás, se podían comprar como treinta mandarinas por dos pesos y ellos juntaban las monedas y comían las primeras hasta estar gordos de jugo y las otras las usaban para reventar las paredes y hasta para tirárselas a los milicos de la zona. Pero el basural cambió. Y no sólo cambió porque esa cuadra, la que se desprende del pasaje Lavalleja y termina llamándose Estado de Israel, parió a El Leo, un cirujano de aves que terminó apareciendo en gigantografías de Kirguistán y de Etiopía y de París a la vez.

Cambió, sobre todo, porque en la otra punta de la cuadra que arranca en Estado de Israel al 525, violaron a una pibita. Pibita, dicen, porque ese anonimato es una forma de preservarla del chismerío y de la fama que acumuló el barrio Las Heras de Rosario, donde ya desembarcaron desde un camarógrafo de la BBC hasta tres periodistas chinos hasta cronistas de todos los continentes. Que haya sucedido en esa cuadra podría ser una coincidencia sin explicaciones, pero no existen basurales luminosos. La abusaron en el medio de un montón de bolsas de basura que los vecinos, durante años, tiraban en ese descampado frente a la ausencia de los camiones recolectores. Antes, el lugar olía a algo peor que a podrido: a la mezcla de la mierda en descomposición y al plástico que nunca se descompone. Ahora, el lugar ya no es lo mismo. Los gritos de dolor fueron los detonantes de las convicciones de los vecinos.

El basural hubiera sido siempre un basural si no hubieran violado a una pibita y si un grupito de pibes no se hubiera puesto a limpiarlo y a arreglarlo. Le sacaron toda la porquería, cortaron el pasto, hicieron un escenario con maderas, arrancaron a armar festivales de rock y se inventaron el sueño de volverlo club. También, un pibito del barrio se animó a hacer un mural que sirviera como homenaje para El Leo, pero un productor boludo de un canal de TV argentino lo pasó como foto al noticiero y quiso hacer un chiste sobre lo poco que se parecía al personaje real y el autor ya no se sintió tan feliz. Pero qué importa: al lado se hicieron dos imágenes más y hasta una bandita de rock, arriba de un festejo de gol del 10 con la camiseta de Argentina, pintó su nombre.

Hay un baño de damas y uno de caballeros. El de damas podría ser uno más si uno no supiera la historia de la violación que es violencia de género. Pero no. Porque en la puerta tiene graffiteado: “Violencia no es sólo golpear”. Para que al que sea de las próximas generaciones le quede bien clarito. Como clarito queda, en otra pared, a través de una pintada, que ahí se defienden a las Madres de Plaza de Mayo, que se consideran a las Malvinas Argentinas y que se buscan a los nietos desaparecidos en la dictadura militar, como expresó El Leo con un cartel, al lado de Estela de Carloto, antes del Mundial de Brasil de 2014.

Pero al basural ya nadie le dice ni basural ni descampado: ahora es el campito. Parado al lado de un tacho acostado de los que se usa para poner hielo en las fiestas está Diego, que tiene puesta una remera de La Renga y al que le quedan veinticinco minutos libres antes de ir a buscar a su hijo al colegio. Un rato antes, su hermano, Sergio, pasa caminando y se levanta la remera y muestra que, debajo de la costilla izquierda, tiene tatuado a El Leo, como millones de tipos en el mundo.

-¿Y vos no? -No, la verdad que no, pero porque es otro vínculo. Es diferente. Yo siento un gran orgullo por él, pero es mi amigo. Ídolo para mí es el Chizzo de La Renga, capaz.

Es probable que, por idolatría, nadie se tatuaría a su socio en comer mandarinas o en el futboltenis o en la preparación de los primeros bailes donde todos se comportaban como cagones y por eso nadie se ganaba una mina. Pero, aún así, Diego, una de las cabezas de la idea del club, miembro honorable del usar cualquier portón como arco, adora a El Leo, con el que ahora habla sobre cómo duermen de noche los hijos. Se conocieron ahí en la calle Estado de Israel y se hicieron amigos en la rutina: después del colegio, jugaban en la calle hasta la siesta y después volvían a salir hasta que sus mamás los hacían volver entrar a casa. Cuando llegaron a sexto grado, empezaron a ir directamente solos, caminando, hasta la Escuela Nº66 del barrio Las Heras. Diego es categoría 86, El Leo 87, iba a un grado más grande, pero en séptimo, por “un buen comportamiento” que suena a ironía, lo pasaron a ser compañero de El Leo. Su amistad tenía todas las picardías de barrio, incluso las trampas que hacía el más bajito de los dos, que no toleraba perder a nada y en el futboltenis solía ser bastante mulero. “Esa entró, entró”, gritaba, ofendido, dejando de lado esa timidez que mostraba en público, pero que dentro de cualquier juego lo mostraba como un obsesivo de ganar.

El Leo que hacía tiempo tenía dos mundos: el fútbol de Newell’s y el de la cuadra, amigos de un lado y del otro. Aunque encontró su gran amor del lado de los colores leprosos, porque el volante central de la categoría donde jugaba era Lucas Scaglia, que tenía una prima que vivía en el mismo terreno y que se llamaba Antonella y que capturó la pubertad de El Leo para siempre, la historia de ellos con las mujeres arrancó ahí entre la cuadra y la escuela. Los primeros bailecitos pusieron en jaque la valentía del comando que combatía a la policía con mandarinas: los momentos de arreglarse para ponerse cancheros y rezar que ocurra el milagro de que una mina les dé pelota se vivían a flor de piel. Hasta que esa simbiosis entre Diego y El Leo o el barrio y El Leo se rompió cuando apareció Barcelona. Hubo dos despedidas: una en la casa de Estado Israel al 525 de la familia de El Leo y otra en la de mitad de cuadra, la de Diego, que ahora tiene paredes bordó.

Barrio Las Heras, quizás, alguna vez cambiará su nombre porque sus asfaltos, un día, fueron Harry Potter con los pies de un pibito. Miles de nenes irán a patear al basural que le ganó a la historia terrible, que se volvió campito y que se volverá club soñando con ser el 10 de Argentina que parió ese lugar. Diego seguirá escuchando La Renga en la calle Estado de Israel y, cada tanto, abrirá el celular para saber si, en Barcelona, los dos hijos de su amigo comen mandarinas. Cuando alguien le pregunte, de nuevo, una vez más, como casi todos los días, quién es Lionel Messi, él dirá que es El Leo. Y que a los amigos en serio no se los lleva ni dibujados en la piel ni en las estadísticas ilustradas de goles: se los lleva en la memoria, por la vida, en distintos caminos, de un continente a otro, mirando portones donde siempre habrá un gol esperando.

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