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El cerebro que permitió que el genio fuera más genio que nunca

Goal.com Goal.com 25-06-2016

En general, es más fácil jugar con los buenos que con los malos. Porque los buenos resuelven todo más fácil, ayudan al resto a hacer las cosas más simples, tienen herramientas que tienden a ejecutar con sencillez. En el Mundial de 1986, tener a Maradona en el mismo equipo era como recibir un par de ases en todas las manos de poker. Pero, a veces, ni con un par de ases se gana. Al par de ases hay que saber jugarlo, hay que tratarlo bien, hay que entenderlo.

Y, en México, Jorge Burruchaga fue el maestro del poker. Injustamente, el tiempo hizo que el público masivo asociara a Claudio Paul Caniggia como el socio ideal de Maradona. Pero nada de eso. El Pájaro era una especie de títere del 10. Las características del delantero rubio, rápido, encarador, con facilidad para picar al vacío, eran ideales para una versión de Maradona en la que no tenía tanto poder de desequilibrio pero sí más lucidez, mejor entendimiento del juego.

Dentro de un equipo que reconoció a Maradona no sólo como su mejor jugador sino como la única forma en la que se podía llegar a ganar el Mundial, Burruchaga fue el que lo entendió de verdad. Contra Bélgica, en la victoria por 2 a 0, en las semifinales del Mundial, lo terminó de confirmar: le regaló un pase a Maradona que quedó en los libros. Le vio la diagonal, le midió la velocidad con la que el 10 dejaría atrás a los defensores y tuvo una precisión de cirujano para meter la pelota en tiempo y forma. El capitán de la Selección argentina la tocó con calidad sobre el arquero Jean Marie Pfaff.

"Yo siempre dije: 'Gracias a Dios, Diego es argentino'. Siempre fuimos conscientes de lo que significaba, aunque no podemos dejar de reconocer que había un plantel extraordinario, que sobrepasó momentos difíciles, con la madurez necesaria para abstenerse de los problemas y hacer lo imposible por la camiseta. Todos ayudamos a que Diego fuera lo que fue. Era el as de espadas, pero el equipo lo ayudó, y mucho", dijo Burruchaga en una entrevista con El Gráfico.

Una rueda de auxilio

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Burruchaga fue el quinto volante de una línea de mediocampistas muy marcada. Dos que iban por afuera (por la izquierda, Oscar Garré en la primera parte del torneo, después Julio Olarticoechea; por la derecha, primero Claudio Borghi y luego Héctor Enrique), dos que se repartían la mitad de la cancha (Ricardo Giusti y Sergio Batista, algo más cerca de los centrales) y uno más o menos libre que funcionaba como apoyo de los delanteros (Valdano y Maradona) y refuerzo de los mediocampistas.

Técnicamente, era perfecto. En un equipo sin grandes talentos, más bien con jugadores que sabían qué función debían cumplir, Burruchaga era el más completo de todos: físicamente, impecable. Sabía marcar, hacer los relevos, tomar espacios. Ofensivamente, era fino como para tirar una pared con Maradona o lanzar un pase en profundidad. No se cansaba nunca. Iba y venía, corría y dejaba todo, pero también jugaba.

Burruchaga supo lo que necesitaba Maradona: tener la pelota la mayor cantidad de tiempo. Fue, por lejos, el compañero que más veces se la dio.

En el encuentro ante Bélgica, Maradona tocó la pelota 94 veces, el número más alto del 10 en el Mundial. Gran parte de la cifra se explica por Burruchaga, que en este partido intensificó la tendencia: siempre que podía, se la dio.

La matriz de pases del partido ante Bélgica explica muy bien la sociedad. Cuando la línea se vuelve más ancha, quiere decir que se trata de una variación de juego que se repitió muchas veces. No fue una casualidad lo que se dio ante el equipo europeo, más bien se trató de una costumbre. Un jugador -Burruchaga- que siempre buscó a otro -Maradona-.

A la larga, el rendimiento de Maradona en México 86 se explica desde muchos lugares. La lucidez de Bilardo, un entrenador que entendió lo que necesitaba su estrella para brillar como nunca. Compañeros que comprendieron lo que precisaba su figura y se pusieron a disposición. Un plan físico detallado y específico para que se volviera duro, resistente, imparable. Pero, dentro de esas formas, hubo uno, silencioso, de perfil bajo, trabajador, que supo lo que más necesitaba su equipo.

Burruchaga, que nunca fue amigo de Maradona, fue el socio perfecto. El cerebro que permitió que el genio fuera más genio que nunca.

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