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El mejor jugador que nunca quiso portarse bien

Goal.com Goal.com 16-06-2016

No existía el cambio de ritmo en su forma de jugar. Siempre al trote, como para demostrarle al mundo que lo más importante estaba en la técnica. Si le llegaba un jugador más rápido para marcarlo, resolvía a uno o dos toques. Si lo presionaba un gigante, rebotaba con calidad. Si ya no le quedaban opciones más que apostar por el desequilibrio físico, se la jugaba con un remate de larga distancia o un pase filtrado entre los defensores.

© Proporcionado por Goal.com

Amado Guevara jugaba como lo que era afuera de la cancha: un inmaduro soñador que prefería ser un antihéroe rebelde antes que una figura incuestionable de la moralidad. En la Copa América 2001 que ganó Colombia, se convirtió en el primer y único jugador de la historia de la Concacaf en ser elegido como el mejor del torneo. Su nombre pasó a ubicarse en el mismo pedestal de Valderrama, Cubillas, Caszely o Batistuta. Casi nadie lo conocía. Saltó a la vidriera y el mundo del fútbol posó los ojos en su juego. Pero él estaba para otra cosa.

El mejor jugador nunca quiso portarse bien.

Fue el símbolo de la Selección de Honduras en el 2001, cuando el conjunto de Ramón Maradiaga se quedó con el tercer puesto. Hizo tres goles (dos a Bolivia y uno a Uruguay) y se convirtió en la figura de un equipo que resultó unas de las grandes sorpresas de la historia del torneo.

"Nos fuimos al entretiempo y no lo podíamos creer. Íbamos 0 a 0. Sí, creíamos que podíamos ganar, pero con eso estábamos contentos, sinceramente", dijo Guevara sobre el partido en el que Honduras le ganó 2 a 0 a Brasil, por los cuartos de final del torneo, en lo que representa uno de los golpes más humillantes de la historia de la Verdeamarela.

¿Qué representaría Amado Guevara en un torneo como la Copa América 2016? Cuesta decirlo, pero parece obvio que el nivel de este torneo está varios pasos por encima del que se quedó la Tricolor. En Colombia 2001, Argentina no se presentó por una supuesta amenaza a la seguridad y el resto de los equipos apostó por un equipo B. El Brasil que perdió ante Honduras tenía a Roque Junior, Juninho Pernambucano o Denilson, pero no a Ronaldinho, Rivaldo o Ronaldo, las figuras del Mundial 2002 que iba a ser de la Verdeamarela.

Amado Guvera jugaba a una velocidad crucero, pero no por eso era un del montón. Pasó por España (Real Valladolid), Estados Unidos (MetroStars, New York Red Bulls y Chivas USA), México (Toroz Neza y Zacatepec), Costa Rica (Saprissa), Canadá (Toronto FC) y Honduras (Motagua y Marathon).

¿Por qué nunca llegó a dar el salto?

Porque le gustaba tanto jugar como pelearse y generar conflictos. Sus cruces con entrenadores, árbitros y dirigentes eran más habituales que los goles que hacía.

Era siempre el primero en luchar por los premios. Debutó en la Selección de Honduras en 1996, en un partido ante México en el que La Bicolor le ganó por primera vez en la historia. Desde ahí, fue el primero en poner la cara. En contra de los dirigentes, en contra de los periodistas, en contra de la gente, si era necesario. "Me quedaba negociando premios hasta las 2 o 3 de la mañana, cuando el partido era a las 3 de la tarde".

-Presidente, yo me voy. Si con este señor no juego, ¿qué voy a hacer aquí?

-¡Ja ja ja! ¡No te puedes ir! Tienes que respetar tu contrato.

Amado Guevara hizo las valijas y partió escondido, como para que nadie notara su traición. A la distancia, pagó su propio pase. De Valladolid de España a Toros Neza, de México.

En el 2006, MetroStars lo habilitó a recuperarse de una lesión en su país. Guevara empezó a entrenar con Motagua y desde Estados Unidos llegó la advertencia: "Puedes entrenar pero no jugar. Ni un amistoso, nosotros tenemos tus derechos". Al 20 de Honduras no le importó. El famoso Alexi Lalas, presidente del club, entró en una guerra contra él. "Yo estoy de acuerdo en que no me den permiso, pero a la vez que me expliquen las razones", ironizó el hondureño. Y agregó: "Lalas es un empleado común y corriente". El directivo respondió: "Amado no es más grande que nuestro equipo y no le vamos a besar las nalgas".

En Canadá, el entrenador de Toronto FC del 2008, Mo Johnston, lo sacó en un partido ante Chicago Fire y lo mandó al banco de suplentes. Furioso, Amado rompió con los controles de seguridad, caminó varios metros y se fue hasta la platea para ver el partido con su mujer.

Lo llevaba en la sangre. Si no había conflicto, no había fútbol. Si no lo dejaban ser, la pasaba mal. Y, como era imposible que no tuviera límites, siempre chocaba.

Hoy, cuando tiene 40 años y es entrenador, mira su versión de jugador con orgullo.

"Siempre comenté que si pudiera cambiar algún detalle, sería el tema de mi rebeldía. Pero, a la vez, ser así también me ayudaba. Lo primero es la inmadurez. Era joven y siempre me gustaba ganar. Yo quería arreglar todo a mi modo. Al final, lo pude revertir. En esa etapa es lo único que debería haber no cambiado pero sí mejorado. A un jugador como yo lo dejaría ser. Si hasta Jesús se molestaba, y era Jesús. Tenemos que luchar por lo que queremos".

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