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La corona que Tevez decidió dejar de perseguir

logotipo de Goal.com Goal.com 28-12-2016

No se la quiso jugar. Llenó la cancha solo. 50 mil personas en la Bombonera nada más que para verlo caminar, levantar los brazos y patear un par de pelotas a la tribuna. Una multitud hambrienta de festejos. Una marea dispuesta a llevarse todo por delante. Un pueblo decidido a rendir pleitesía a su nuevo rey. Pero él, con el corazón vacío de tanto frío europeo y el ego en las nubes por tanta locura argentina, mantuvo la calma. Cuando le preguntaron por las razones por las que regresaba a Boca después de un paso arrollador en los equipos más grandes del mundo, a Carlos Tevez le mencionaron a Juan Román Riquelme.

"Román es ídolo del club y creo que es uno de los más grandes para mí. Dice que hasta que no lo superen la 10 va a ser de él y yo no vengo a superarlo, vengo a hacer mi historia, él ya la hizo y es el máximo ídolo del club. Román hay uno solo y es el más grande", respondió.

La respuesta de Tevez no dice tanto como la necesidad de hacer esa pregunta y, sobre todo, la devoción de los que llenaron la cancha de Boca sólo para verlo ponerse la camiseta. Ese 13 de julio del 2015, los hinchas firmaron un pacto que se le suele otorgar a muy pocos: el de la posibilidad de alcanzar la idolotría suprema, absoluta, incuestionable.

Aunque ese día no se terminó de decir, la realidad era evidente: Carlos Tevez volvió a Boca con el sueño -la posibilidad- de convertirse en el máximo ídolo de la historia, desplazar a Riquelme, Palermo, Guillermo, Maradona y Bianchi. La decisión de irse del Xeneize por los millones del fútbol chino no es sólo un cuchillo clavado en las entrañas del club, por la herida de perder al gran símbolo, si no también un abandono a la posibilidad de algún día postularse para la gran corona. El Apache no jugaba sólo por los títulos, los goles y los Superclásicos. Quizás nunca lo terminó de percibir.

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Su actuación en el último partido ante River dejó la sensación de que sólo era una cuestión de tiempo para que Tevez fuera capaz de reclamar la corona. Ahora sí. Después de varios golpes (especialmente la eliminación en las semifinales de la Copa Libertadores, ante Independiente del Valle), la alfombra se empezaba a desenrollar, dispuesta a dejarse pisar por un nuevo y -probablemente- definitivo monarca.

"Me fui porque el mundo Boca me había superado y hoy vuelvo porque ya superé al mundo Boca", había dicho Tevez en su llegada. A los 31 años, Carlitos pudo ver al mundo Boca desde arriba, lo contempló, lo superó, lo admiró. Pero parece que nunca pudo recuperar a la pizca más importante, lo único que no le faltaba cuando tenía 20: la diversión.

En algún posgrado de idolatría se dirá que para ser el más grande de un club lo de jugar muy bien al fútbol es lo de menos. A esta altura, Tevez lo debe saber mejor que nadie. Cuando se vaya definitivamente de Boca, admirará de reojo en alguna vitrina y por última vez a la corona, brillante, pesada y caprichosa. La verá pasar. Se encandilará con la agridulce resignación de que nunca terminó de pertenecerle.

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