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La sociedad que el fútbol no quiso regalar

Goal.com Goal.com 09-08-2016

La cuestión es que el fútbol no tendría sentido si fuera una historia de capítulos felices. No, nada de eso. El fútbol es frustración, ingratitud y fracasos. Y, cada tanto, una alegría. Por eso debe haber tanta gente obsesionada con la pelota: en busca de un milagro que llega muy de vez en cuando.

Dentro de la interminable lista de ilusiones destruidas y sueños rotos, están ellos. Ellos ganaron todo, fueron reconocidos como los mejores en sus territorios y dominaron el fútbol. Y, cuando se encontraron, dieron la sensación de que nada podía salir mal. En los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, Juan Román Riquelme y Lionel Messi jugaron como si fueran amigos de toda la vida, como si fuera la última vez que iban a entrar a una cancha, como si lo único que valía era pasársela entre ellos.

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La Selección argentina, dirigida por Sergio Batista, ganó la medalla dorada pero, para ese momento, parecía lo de menos: la base del equipo, especialmente de mitad de la cancha hacia adelante, con Gago y Mascherano en el doble cinco, Di María por un costado y Riquelme-Messi-Agüero como trío de ataque parecía que podía llegar a ser la fórmula definitiva. Pero el tiempo desgastó todo. La magia duró sólo un suspiro. El fútbol no quiso regalar a una sociedad que lucía lista para cosas grandes.

El primer entrenador que se la jugó por la dupla Messi-Riquelme fue el Coco Basile (un poco antes, Pekerman les dio algunos minutos juntos en el Mundial 2006, pero sin ser consistente). Simple: Román como enganche (en general, acompañado por un doble cinco que solía ser Mascherano y Cambiasso o Gago), Messi suelto en el ataque con otro delantero (Agüero, Tevez o Crespo). Con esos jugadores, la Selección argentina hizo una Copa América 2007 encantadora, de un nivel de alto vuelo. Pero el duro golpe en la final ante Brasli golpeó duro a la idea.

Con esos mismos jugadores, a la Selección no le fue mal en el principio de las Eliminatorias rumbo a Sudáfrica 2010. Colgado en Villarreal tras una pelea con Pellegrini, Riquelme jugó el primer partido de la clasificación al Mundial sin ritmo de partidos, pero la rompió. Hizo dos goles en la victoria por 2 a 0. Luego, una seguidilla positiva (2 a 0 a Venezuela y 3 a 0 a Bolivia). Luego, las dudas: derrota ante Colombia por 2 a 1, empate ante Ecuador por 1 a 1, igualdad sin goles ante Brasil, 1 a 1 con Paraguay y Perú, un respiro ante Uruguay y una derrota con Chile (sin Riquelme, afuera por acumulación de tarjetas amarillas) dejaron a Basile afuera del equipo.

¿Qué los hacía tan especiales? Una misma sintonía para entender el fútbol. Riquelme y Messi, más allá de la técnica y habilidad, cuentan con la innata virtud de elegir casi siempre bien, tomar las opciones más favorables para el juego. Entonces, para Román era fácil entender que mientras más veces le daba la pelota a la Pulga, mejor le iba a ir. Y viceversa. En Pekín 2008, se vieron algunas secuencias que, para algunos, eran intrascendentes. Para otros, un acto de magia: Riquelme para Messi, Messi para Riquelme. En la mitad de la cancha, sin una marca agobiante y con espacio. Se compartían la pelota.

"No tenemos los mismos códigos con el DT y no podemos trabajar juntos, se terminó un ciclo para mí", dijo Riquelme el 10 de marzo del 2009. Al enganche no le gustaron algunas palabras de Maradona por televisión ("Quiero que sea desequilibrante en los últimos 20 metros y que se comunique con Messi, Agüero y Tevez. No me sirve que se atrase y le saque la pelota de los pies a Demichelis, o que gire alrededor de Mascherano y Gago. Lo necesito sacando hombres de encima"). Fue el final. El 28 de marzo del 2009, Argentina goleó 4 a 0 a Venezuela ya sin Riquelme y con Maradona en el banco de suplentes.

En septiembre del 2011, Sabella tuvo la idea de generar una Selección local. Llamó a Riquelme y Verón. Cuando le preguntaron a Messi por el posible regreso del enganche a la Selección, la Pulga no dudó: "Es un grandísimo jugador y serviría para el estilo que estamos usando". Pero, después, las lesiones del enganche -y la falta de decisión del entrenador por el 10- terminaron en nada.

¿No se querían demasiado afuera de la cancha? ¿Pertenecían a diferentes generaciones? ¿No eran amigos? Basta ver un par de secuencias en las que jugaron juntos para enterrar cualquiera de estas teorías.

Riquelme-Messi, la sociedad que no fue. El fútbol, por alguna razón, se encaprichó: no quiso regalar una dupla que, por las señales que dio, pudo haber sido tan grande como lo que representan ellos individualmente.

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