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Lo que faltaba para terminar de decorar la obra maestra más grande

Goal.com Goal.com 13-06-2016

Está en el pasillo del palco, rodeado de hombres de traje -dirigentes de la FIFA, el presidente de México- que le tocan la espalda, le quieren decir algo al oído. Adelante, fotógrafos que pretenden conseguir la mejor imagen, retratarlo de todas las maneras posible. Alrededor, hinchas desorbitados. Pero el pequeño hombrecito está inmerso en una burbuja de encantamiento: al fin, después de un largo camino, son ella y él. La Copa y Maradona. Y, cuando sus compañeros pasan por ahí, se las presta. Pero nunca deja de mirarla, de estar cerca, de sentir que es de él y de nadie más. Todos entienden de qué va la cosa: se puede besar a la Copa y tocarla un poco, pero siempre debe regresar al 10.

Porque Maradona merece la Copa más que nadie. Ante Alemania, en la final del 29 de junio de 1986, el capitán de la Selección argentina terminó de decorar su obra maestra: como el equipo europeo se cansó de ahogarlo y presionarlo, no terminó de lucir como otras veces. Pero se hizo cargo de otras cosas. Percibió que si él llamaba demasiado la atención y se llevaba marcas, otros podían tomar los lugares y sacar ventaja. Entendió que era un momento ideal para jugar simple. Captó que muchas veces era necesario que aguantara la pelota y que el reloj, con el equipo en ventaja casi todo el partido, se acelerara.

En la victoria ante Alemania por 3 a 2, Maradona cierra un torneo perfecto: no hubo en la historia de los Mundiales un jugador tan determinante como él. Por eso, la reacción de no darle la Copa a nadie es una figura que representa a la perfección lo que significó para el equipo de Bilardo. Un crack que hizo demasiada diferencia y demostró, paso a paso, por qué era un fuera de serie.

Una máquina de agresividad

La diferencia entre Maradona y el resto: cuando el capitán de la Selección argentina tomaba la pelota, no había lugar para la indiferencia. Más allá de la ejecución, tenía la idea constante de hacerle daño al rival. Con un taco, una gambeta, un remate al arco. Los números que consiguió en México 86 lo dicen todo.

Ante Alemania, Maradona sacó a relucir parte de su repertorio. Un físico antinatural, capaz de resistir todas las patadas, listo para sacar la diferencia en el mano a mano, preparado para recuperarse después de un ataque y pasar la línea de la pelota para sumarse a los jugadores que pretendían recuperar la pelota. Alrededor, un equipo pensado tácticamente para sostenerlo. Jugadores que pasaban por los costados (Enrique y Olarticoechea) y se llevaban marcas, volantes centrales con la virtud de la simpleza (Batista y Giusti), pensantes que equilibraban y buscaban darle siempre la pelota (Burruchaga). El combo perfecto.

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En México, Maradona mostró condiciones técnicas que asustaban. Una capacidad de resolver que superaba los límites de la imaginación. En tiempos en los que la presión al equipo rival comenzaba recién cuando se cruzaba la mitad de la cancha, Franz Beckenbauer diseñó un plan muy estricto. ¿La idea? No dejarlo jugar. Matthäus estaba siempre cerca para asfixiarlo. Förster lo esperaba a la salida de la primera gambeta y Jakobs lo aguardaba ahí nomás, como una especie de limpiaparabrisas, a espaldas de sus compañeros. También lo persiguió Briegel. Una marca escalonada constante. La estrategia funcionó muy bien: obligó a Maradona a tener 26 pérdidas (el número más alto del Mundial junto al partido de Bulgaria, seguido por 23 ante Bélgica, 21 contra Uruguay y 20 con Italia).

Para entender la cantidad de pérdidas hay que contrastar el número: Maradona tenía un nivel de protagonismo muy alto. Todos los compañeros intentaban darle la pelota, tuviera o no una marca cerca. Y él arriesgaba mucho. Buscaba pases filtrados para Valdano, encaraba todo lo que podía. Tenía un juego verdaderamente dominante. La cantidad de toques era muy superior al resto de sus compañeros. Ante Alemania, la tocó 81 veces. El segundo compañero que más contacto tuvo con la pelota fue Burruchaga, con 52.

¿Fue el peor partido de Maradona en el Mundial? De ninguna manera. En la final, el encuentro más importante, la Selección de Bilardo demostró su costado de campeón. Con el hombro roto, Brown siguió. Valdano estaba dispuesto a correr hasta desmayarse. Burruchaga, más lúcido y preciso que nunca. Y Maradona, obstinado en ganar. El pase a Burruchaga en el 3 a 2 resume su creatividad: aún en un encuentro en el que le cerraron todas las posibilidades, se inspiró con una habilitación que quedó en la historia.

Tenía razón Maradona. No fue egoísta. Hizo lo que tenía que hacer. La Copa era de él, le pertenecía. Aún hoy, 30 años después, nadie se atrevió a desafiar su reino, nadie se acercó a su actuación. Con el tiempo, las fotos y los videos del capitán con el trofeo más preciado se volvieron enamoradizas. La Copa nunca quiso a nadie más que al 10. Él y ella eran la pareja perfecta.

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