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Lo que fue más grande que el golazo de Maradona a Inglaterra

Goal.com Goal.com 22-06-2016

No, no fue una casualidad. No tuvo que ver con un momento de inspiración ni con suerte. No se trató de una jornada de lucidez ni una cadena de distracciones del rival. El segundo gol de Maradona ante Inglaterra, el 22 de junio de 1986, fue una consecuencia lógica de un jugador que se propuso hacer algo que nunca nadie había podido: jugar perfecto.

Sí, Maradona jugó el partido perfecto en el triunfo de la Selección argentina por 2 a 1, en los cuartos de final del Mundial de México. Unas 114 mil personas se quedaron con una impresión irrepetible, única: ahí, en el Estadio Azteca, un jugador había eliminado a la palabra "imposible" del diccionario. Miles lo vieron por televisión: el milagro se apreciaba de la misma forma. Con el tiempo, millones se cansaron de ver el gol, probablemente el más famoso de la historia. Beardsley, Hodge, Reid, Butcher, Fenwick y Shilton. Todos los ingleses quedaron en el camino. Y en el camino también quedó el cuadro completo. Porque la apilada del capitán argentino sólo fue una porción de una obra maestra que nunca volvió a repetirse.

Lo logró por muchas razones.

Ante Inglaterra, Maradona se propuso intensificar lo que había tratado en los partidos anteriores del Mundial (Corea, Italia, Bulgaria y Uruguay): hacer algo distinto cada vez que tocaba la pelota. En los cuartos de final, el capitán de la Selección argentina mostró una voracidad anormal. Cada vez que la agarraba, atacaba, iba al frente, dejaba rivales en el piso, hacía todo por llegar al arco lo antes posible. Según las estadísticas de Opta, intentó 19 regates. Sólo para tener una medida: el segundo jugador argentino con más intentos de amagues fue Héctor Enrique, con cuatro.

El 10 del equipo de Carlos Bilardo, un entrenador que entendió que lo que su estrella necesitaba era libertad posicional, también lidera el ranking en remates, con siete (tres, al arco, dos, afuera, uno, parado y otros dos bloqueados). Protagonismo absoluto: por supuesto, fue el que más pelotas tocó, con 78 (lo sigue en la estadística José Luis Brown, con 55). No son los únicos parámetros que lidera: además, generó cinco situaciones de gol y tiró tres centros con la pelota en movimiento.

A los 30 minutos del primer tiempo, Maradona tomó la pelota cerca del círculo central. Levantó levemente la cabeza. Y encaró. Pelota pegada al pie, velocidad descomunal. Cuando se acercaba al área, Kenny Sansom no tuvo más opción que bajarlo. Dentro de la jugada hay una obviedad y un secreto: la primera, que el capitán de Argentina atravesaba un momento brutal. Nadie lo podía parar. La segunda, que sus compañeros lo entendían todo. Cuando agarró la pelota, Jorge Burruchaga se le cruzó y le hizo una especie de tijera para llevarse la marca. Valdano, el compañero de ataque del 10, tiró una diagonal furiosa hacia la izquierda, como para darle otra opción de pase. Sabían cómo jugar al lado del mejor.

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Fue una casualidad que Maradona no haya repetido el segundo gol que le hizo a Inglaterra en algún otro momento del partido (en el próximo encuentro, ante Bélgica, hizo dos tantos casi tan grandiosos como el de cuartos de final). A los 35 del primer tiempo, dejó a dos en el camino, atornilló a Glenn Hoddle y metió un remate que se desvió. En el complemento, justo después del descuento de Inglaterra, salió hacia adelante, los encaró solo, bailó arriba de la pelota y tiró una doble pared con Tapia, que reventó el palo.

Todas jugadas de un vértigo muy difícil de igualar. En el partido ante Inglaterra, Maradona se convenció que, adentro del campo de juego, tenía poderes diferentes al resto. Fue un poema a la imaginación: le pegó con el empeine, con la parte de afuera del pie, con el borde interno, la bajó de pecho con amor, tiró tacos (a los 12 minutos, uno excepcional), sacó a relucir su pegada. Fue pícaro y tramposo en el primer gol, genio y artista en el segundo.

A los 42 minutos del complemento, ¡milagro! Maradona desacelera en un contraataque, y pierde la pelota: Steve Hodge se barre y la roba desde atrás. Después de esa acción, el 10 argentino se dedicaría a aguantar la pelota como podía. Se tiró a los costados, ganó laterales y recibió algún que otro golpe más. Aunque Inglaterra no presionó demasiado, Argentina, que hizo todo lo posible por robarse segundos y minutos con alguna que otra simulación y movimientos muy lentos para reanudar el juego, aguantó como pudo (no hubo que resistir mucho más de la cuenta: el árbitro del partido, Ali Bennaceur, sólo dio un minuto de adición).

El segundo gol fue lo que se debía esperar, lo lógico. Por la forma en la que se venía dando todo, no había espacio para cosas chicas. Maradona no sólo quiso ser el constructor de la obra más difícil, bella y trascendente: se propuso cambiar las reglas del fútbol para siempre.

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