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Messi nos avisa que el tiempo pasa

logotipo de Goal.com Goal.com 24-06-2017

El rostro de Messi siempre ha sido como el de un adolescente que se levanta de la siesta a las siete de la tarde y enciende la tele para ver qué dan. Con esa cara de sueño ha salido a los calentamientos antes de los partidos: soplándose las palmas de las manos en invierno; mascando una pereza criolla en primavera. El rito de Messi era lanzar un bostezo en el túnel de vestuarios mientras le aclamaban, le increpaban o le retrataban. Qué importaba lo que hicieran los otros. El mundo alrededor es algo que siempre le ha interesado lo justo a Messi. Los graderíos abarrotados habitualmente han sido para él un decorado, un atrezzo animado que a la postre se ha convertido en el coro de sus gestas.

Messi aprendió pronto a moverse lento en el fondo de la escena. Aprendió a que nada fuese con él. Todos lo miraban, le apuntaban con el dedo, le apuraban. Todos soliviantados, pero él a lo suyo. Sereno y expectante como un animal herbívoro. En diálogo con el balón y con la teoría de la gravedad. Es en esa armonía donde él crea su caverna y prende su hoguera. Es así como Leo ha perpetrado su dictadura: organizando una forma de autismo placentero en el justo momento en el que se escribe la mitología moderna.

Porque si el fútbol tiene ese espíritu permeable con la sociedad no es, en ningún caso, por el juego en sí, sino por su capacidad para actualizar los mitos clásicos. Por eso no hay batalla tan simbólica como la de Cristiano Ronaldo y Messi, que han ido creando personalidades discordantes para engrandecer su enfrentamiento. Cristiano tomó el rol de superhombre responsabilizado, un aprendiz de dios que tenía que superar todas las pruebas caprichosas del destino para convertirse en algo así como un titán postmoderno. Messi, en cambio, es un dios extraviado en la cuenca de un río, educado por la comunidad como a los demás muchachos, sabiendo que su naturaleza le convertiría en un héroe popular. No importó nunca ni su abulia ni su ínfimo tamaño: todos intuían que el oficio de dios ya lo llevaba aprehendido.

Sin embargo, el paso del tiempo ha hecho más enfático a Messi. Se ha dejado una barba colorada que ha cambiado su rostro y que le ha conferido un aspecto egregio. Ahora Messi tiene un rostro riguroso y plegado, muy apto para ser esculpido. El tiempo ha ido pasando como pasa un carrusel fotográfico. Y los Balones de Oro (los suyos y los de su rival), los triunfos y los desplantes del destino le han otorgado un semblante dinástico. Un semblante que intentan captar ahora las marcas comerciales, que buscan en este Messi 2.0, maduro y endurecido, una respuesta al misterio de la trascendencia.

Seguramente, los fracasos con Argentina han otorgado a sus facciones una seña de sufrimiento indescifrable, un rostro con nuevos relieves y matices, donde la cara de púber en la edad del pavo ha devengado en una talla doliente y animosa. Poco importaba en Maracaná que los récords hubieran ido cayendo de las ramas como pájaros enfermos. Como el replicante de Blade Runner, Messi ha estado en lugares remotos, añorado por un país dramático con el que siempre se ha quedado en la frontera, como si su historia al final no pudiera evadir un desenlace fatal: el amor inconcebible, el éxito imposible de ejecutar.

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Con 30 años, Messi ha jugado un total de 46.985 minutos oficiales con el Barcelona. Esto equivale a 783 horas, que a su vez son 32 días y medio sobre un terreno de juego. Según OPTA, Messi ha necesitado poco más de un mes neto sobre el césped universal para conquistar 32 títulos, 5 Balones de Oro, 4 Botas de Oro, mientras marcaba un total de 507 goles. Si sumamos sus tantos dolientes con la albiceleste, la cifra asciende a 565. Para poner este dato en perspectiva, basta mencionar que Pelé, hace medio siglo, anotó 683 goles oficiales en toda su carrera.

Así, muchos aficionados al fútbol han dedicado un mes entero de su vida viendo a Messi sobre la hierba. Un largo mes, durante 13 temporadas, se ha pasado La Pulga caminando y esprintando por los jardines de medio mundo. Entre acto y acto, ha habido descansos e intermitencias, pero una creciente narración oral entre cada partido ha propagado a todos los rincones del mundo la historia del muchacho de Rosario. Así se ha fraguado la epopeya de La Pulga, con deleite, con la armonía con la que pasan los veranos, así nos hemos ido haciendo viejos mientras pasaban sus 13 temporadas de profesional en el Fútbol Club Barcelona.

El fútbol también sirve de reloj global. Todos nos damos cuenta que el tiempo pasó como una centella cuando celebramos como posesos los goles de un muchacho al que doblamos en edad. Los ídolos ya no son esos padres de familia que salían en los cromos, son veinteañeros que escriben su historia con un montón de emoticonos en Instagram. Muchachos a los que te darían ganas de dar un soplamocos si los vieras esperando el autobús mientras chequean el whatsapp. Aquí tenemos que dar las gracias también a Messi, que preserva nuestra dignidad de hincha. Y es que La Pulga se hecho viejo y trascendente a la velocidad que nosotros. Para que así podamos seguir adorando al cromo de siempre, al héroe ungido al que nos hemos acostumbrado, sí, pero también al rostro cincelado que nos avisa de la cercanía de la muerte.

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