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Se cumplen tres años del descenso de Independiente

Goal.com Goal.com 15-06-2016
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24 de febrero de 2013. Tercera fecha del Torneo Final. Independiente llegaba al clásico contra Racing apremiado en la tabla de los Promedios como nunca en su historia, pero nadie en el Rojo creía que el equipo podría perder la categoría. A fin de cuentas, era algo que jamás había sucedido antes. Tan grande era la confianza de los hinchas que en una de las plateas del Libertadores de América apareció una enorme bandera que rezaba "Los grandes nunca descienden". La victoria 2-0 del equipo que dirigía Américo Gallego añadía un tronco más a la hoguera de la esperanza: con los tres puntos, el Diablo salía de los puestos de descenso después de un largo tiempo enterrado. Sin embargo, menos de cuatro meses después de aquella victoria, el sábado 15 de junio, la peor pesadilla se haría realidad: con la derrota 1-0 frente a San Lorenzo de la 18ª jornada, el conjunto de Avellaneda bajaba de la Primera División a la B Nacional por primera vez en su historia.

Independiente llegó a aquel partido con el Ciclón prácticamente condenado. Luego del triunfo sobre la Academia, el equipo acumuló seis partidos sin ganar de manera consecutiva (tres empates y tres derrotas), volvió a caer en la zona roja y el Tolo dejó su cargo. Miguel Ángel Brindisi fue el elegido para intentar enderezar el rumbo en los 10 partidos que le quedaban. Y aunque el ciclo comenzó con una derrota frente a Atlético Rafaela, las ilusiones de salvación renacieron cuando el Rojo sumó 10 de los siguiente 12 puntos en disputa (triunfos sobre Argentinos, Tigre y San Martín de San Juan y empate contra Lanús). Sin embargo, los empates consecutivos contra Belgrano y Estudiantes volvieron a bajarlo a la realidad. La caída 2-1 contra River en el Monumental, en la jornada 17, fue el golpe de gracia. Ese día, los hinchas comprendieron que la caída era inevitable y provocaron algunos destrozos en el Monumental.

La semana previa al encuentro contra el Ciclón se vivió como un velorio anticipado: al Diablo no le alcanzaba ni con ganar los dos partidos que le quedaban para salvarse. Con un punto de Argentinos o tres de San Martín de San Juan, el descenso se concretaría. Aquel sábado, la gente llenó el Libertadores de América para morir de pie. Las lágrimas corrían en las tribunas desde mucho antes que Ángel Correa convirtiera el único gol del partido, a los 14 minutos del segundo tiempo. No hubo insultos para los jugadores, ni desmanes en las calles. Sólo una profunda tristeza porque un grande que había descendido. Y que no dejaba de ser grande, por más que desde adentro, un tiempo antes, una bandera dijera lo contrario.

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