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Una guardia para volver un poco más a casa

Goal.com Goal.com 16-06-2016

Quiere tener todas las firmas. No le importa que ya cuente con la de Pekerman, tampoco con la de James. Va por la de Cuadrado y Bacca. A Cardona ya lo tiene. Joaquín saca de una bolsa blanca gigante dos pancartas con las caras de los jugadores de la Selección Colombia que él mismo dibujó. Espera sobre una de las vallas que tuvo que levantar el personal de seguridad del Hotel W, una de las zonas más lujosas de Nueva Jersey, justo enfrente a los imponentes rascacielos de Manhattan. Él vive en Newark, a unos 25 minutos en auto, una zona de clase media baja repleta de latinos y negros. No tiene ansiedad ni apuro. Puede esperar. Está obsesionado en completar sus obras con las firmas de los protagonistas. No se va a ir hasta que lo consiga.

La rutina de los oficinistas que caminan apurados con el café en una mano y el celular en la otra se rompe desde hace unos días, cuando el equipo de José Pekerman llegó a Nueva Jersey. "¡Guau! ¿Qué hace toda esa gente ahí?", pregunta una morocha de unos 30 años a quien parece ser su pareja, de una edad similar. "¡Ah! ¿No era por el partido ese importante que se juega mañana?", responde. Los que pasan con el auto frenan y le preguntan a la multitud: "¿Qué pasa? ¿Quién está?". Es la Selección Colombia.

Un crack que dibuja a los cracks de Colombia. A la espera de los jugadores, una multitud.

Una foto publicada por Goal Americas (@goalamericas) el 15 de Jun de 2016 a la(s) 3:18 PDT

© Proporcionado por Goal.com

Cientos de colombianos hacen guardia las 24 horas para captar un momento de sus ídolos, una especie de rockstars que se enfrentan cada vez que se desplazan del hotel al entrenamiento o al revés a una verdadera multitud que hasta hace cortar el tráfico de la zona. Hay unos chicos que juegan a la pelota entre la multitud. "¡Golazo!", dice uno. "What a goal", responde el otro. Unas mujeres comen desde el piso. Unos adolescentes terminan de jugar al fútbol y, transpirados, se mezclan.

Y, cuando aparecen, todo se revoluciona. El micro se estaciona sobre la esquina y el plantel de Pekerman comienza a bajar sin apuro. La gente se agolpa y, con desesperación, saca a relucir parte de su identidad. Casi todos son residentes en Estados Unidos. Se les nota: entre las risas y el típico ambiente cálido se mezclan palabras en inglés. ¿Por qué tanta emoción? ¿Por qué tanta locura? Probablemente porque de esa forma se sienten más cerca de su casa que nunca.

A James no se le acaba nunca la paciencia y firma. A Cuadrado tampoco. Gritos. Empujones. Corridas. Caos feliz.

¡Los que consiguieron la foto con James!

Una foto publicada por Goal Americas (@goalamericas) el 15 de Jun de 2016 a la(s) 6:15 PDT

Silvia está contenta porque pudo retratar a James, el jugador, con Noah James, su hijo de quince meses. Un papá abraza con cariño a su hija adolescente que no puede parar de llorar. No pudo conseguir la foto con el crack de Real Madrid. Lo mismo pasa con un nene de unos diez años, que se traga una bola de amargura y dolor, hasta que su mamá le dice: "¡Bueno, hijo! Tienes la firma de Cuadrado, ¿no?". Entonces él se pone la camiseta con orgullo y se siente algo más en paz.

Pasó más de una hora. Los jugadores están hace un tiempo largo en sus habitaciones del hotel. Pero los gritos no terminan. Algunos hinchas ven a sus ídolos que aparecen y desaparecen de los balcones. Otros creen que lo vieron, pero después anuncian que es una alarma falsa.

La guardia no termina nunca. Porque ellos quieren ver a Bacca, Pekerman y James. Pero también quieren volver a sentirse bien colombianos.

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