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¡Eso no se hace! Cuando el límite es el pudor

logotipo de Pulso Pulso 22-11-2016

“¡Eso no se hace!” es lo que le digo a mi hija de dos años cuando hace algo que considero que no corresponde. Ahora, lo que no corresponde es un concepto infinitamente amplio: puede ir desde algo peligroso, como meter los dedos al enchufe, hasta cosas más triviales como pegarle a su hermana o meterse los dedos a la nariz. Es decir, actos que pueden tener consecuencias graves para ella, que pueden ser importantes para otro o, sencillamente, algo que si bien se ve mal, probablemente no va a cambiarle la vida.

A medida que los niños van creciendo, debemos entregarles explicaciones un poco más contundentes que un simple “eso no se hace”, para que adviertan que existen distintos grados de gravedad de lo que se puede y no hacer y, posteriormente, tengan las herramientas que les permitan discernir y tomar sus propias decisiones de la mejor forma.

El tema actual es que si bien era esperable que el hecho que marcase la agenda política la semana pasada fuera el largamente anunciado cambio de gabinete, las limitadas dimensiones del “ajuste” dieron cabida a que otros acontecimientos -como los cuestionamientos a inversiones del grupo Bancard en Exalmar y la renuncia de dos concejalas de Chile Vamos antes de asumir para ser candidatas a diputadas- cobraran un cierto protagonismo.

Las cosas han cambiado. La desconfianza de la ciudadanía es inmensa y la clase política (y todos) debemos ser cuidadosos y exigentes. Se acabaron los tiempos del “más vale pedir perdón que pedir permiso”. La pregunta de rigor, en estos casos, es cuál es el límite. Cuando la institucionalidad y la legalidad muestran grietas de ambigüedad, el límite puede quedar subordinado a factores tan absurdos como a cuán rojo o roja está dispuesta a ponerse la persona cuando tenga que dar explicaciones sobre lo que sea que esté en juego. Es impresentable que el límite sea dado por el umbral del pudor.

Ejemplos hay muchos, pero ojo con ser más papistas que el Papa.

Se ve mal (y diría que no se hace) que quien tiene un cargo de liderazgo lleve a toda su familia a trabajar al gobierno de la propia coalición, o que el senador de una circunscripción ponga a la hermana de diputada y al tío de alcalde. Pero ello no significa que los hermanos o primos de los políticos -que tengan vocación de servicio- no puedan trabajar en el Estado ni en nada relacionado.

Por otra parte, se ve mal que quien es dueño de una compañía minera pase a ser ministro de Minería o, igualmente, que quien es ministro de Minería, al día siguiente de su renuncia, se vaya a trabajar a una minera. Pero tampoco puede ser que sólo pueda ser ministro de Minería quien nunca ha estado ni cerca de una mina. Lo ideal sería, naturalmente, alguien que conozca el sector.

El problema es dónde situar esos límites.

Aunque me carga que la solución a los problemas siempre sea recurrir a la regulación y al ser capaces de entregar a la ciudadanía la capacidad de evaluar y castigar o no a quienes actúen en forma incorrecta, pienso que la experiencia dice que no basta con un “eso no se hace”.

Al parecer, siempre suele ser necesario partir por tener las reglas claras. Establecer límites y reglas transparentes y conocidas por la ciudadanía, porque hoy no basta con la autorregulación. Como dice mi suegra, el ser humano es infinito y, al parecer, la capacidad de ponerse rojo también.

Para eso necesitamos al Congreso. Que no legisle por intereses particulares y tampoco de acuerdo con la casuística. Que se establezcan límites y sean reglas que se apliquen a todos los cargos públicos por igual. Sin castigar por ser pariente ni dejar sin trabajo de por vida a quien trabajó en cierto sector. Con criterio. Que es lo que tanto hace falta por estos días.

*La autora es directora de Asuntos Públicos de Burson-Marsteller y ex subsecretaria de Carabineros (@CarolCBown).

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