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¿Quién tiene la verdad en un mundo post-verdad?

logotipo de Pulso Pulso 26-12-2016

Algo que aparente ser verdad es más importante que la propia verdad. La verdad parece no importar. Hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y creencia personal. La post-verdad se ha transformado en un mecanismo social para capturar el enojo generalizado con el statu quo. El lazo entre mentira y violencia es difícil de cuestionar y, en consecuencia, la post-verdad no es más que otra manera de generar, fomentar y azuzar la violencia en su expresión más vil, como es la utilización de gente desinformada y descontenta con su situación socio-económica actual.

No cabe duda que estamos frente a post-verdades en la sociedad actual y es bienvenida una primera etapa identificando que ese es el caso. Desde que The Economist reflexionara sobre aquello en el ámbito de la política, el término post-verdad acelera un debate que había renacido en el Brexit, pero que tiene bastante más historia. El Diccionario Oxford lo ha declarado la palabra del año. ¿Cuál es el antídoto para la mentira?

Primero, no se trata de evaluar con desconfianza todo aquello que circula en los medios tradicionales y redes sociales. Efectivamente, una reacción pendular podría llevar a rechazar cualquier tipo de información y afirmación realizada por políticos y líderes de opinión. Sin embargo, una estrategia como aquella sólo acrecentaría la falta de capital social y encapsularía “la verdad” sólo para unos pocos.

Segundo, capturar el mensaje profundo de las post-verdades. Un caso reciente hace referencia al movimiento No+AFP. Son demasiadas las mentiras que se han dicho respecto del funcionamiento del sistema de capitalización individual, pero también parecen muy verídicas las preocupaciones de personas afectadas por pensiones bajas e insuficientes.

Construir mentiras sobre una intrínseca verdad también parece ser una de las maneras de aquellos que apelan a la estrategia de la post-verdad. En ese caso, el rol de todos debería ser compasivo, comprensivo y de enseñanza. Rescatar la “verdad pura” de un mensaje violento y populista, ayudando desde el ámbito privado y público a separar lo falaz de lo fehaciente.

Tercero, exigir más de aquellos que están capacitados y llamados a entregar información fidedigna. Donde la sociedad comienza a quebrajarse de manera preocupante es en peldaños que esperamos sean los más sólidos. Cuando un político, empresario o líder de opinión hace promesas o afirmaciones basadas en diagnósticos ausentes de veracidad, se abre un enorme espacio para la descomposición social. Se genera un ambiente de tensión entre técnicos y políticos, donde aquellos menos informados se polarizan.

Cuarto, tomar con seriedad nuestros ámbitos de acción, aunque estos sean pequeños. Discernir a quienes se está informando, tabulando adecuadamente la profundidad del mensaje sin minimizar que aquello se haga en círculos sociales pequeños. Las sociedades se transmiten información a través de uniones de alta complejidad pero altamente entrelazadas. Círculos de personas tienen lazos con otros a través de algunos miembros y ellos pueden ser claves transmitiendo o simplemente repitiendo post-verdades.

Quinto, reaccionar con calma en las redes sociales y ámbito público ante afirmaciones que apelen a creencias o emociones. Culpar rápidamente a otros por la ausencia de oportunidades laborales (por ejemplo, a los inmigrantes), de toda la desaceleración económica (por ejemplo, a las reformas), de la desigualdad (por ejemplo, a los impuestos), de las bajas pensiones (por ejemplo, a las AFP), entre otros, son prácticas que pueden entrar rápidamente en el inconsciente colectivo por su fácil asociación, pero que requieren análisis de su mérito si se trata de realizar políticas públicas.

Sexto, dejar el ego de lado y admitir cuando se ha cometido un error. Cuando una afirmación rápida se entrega por un medio social existe una probabilidad no despreciable de equivocación. Aquellos que consideran que admitir un error es síntoma de debilidad, deben también reconocer que los costos de realizar acciones basadas en un error pueden tener consecuencias aún peores en el mediano plazo. Contribuir a la exactitud para aquellos con cierta formación científica es un deber y no una opción.

Séptimo, no pensar que el consenso es sinónimo de conocimiento. Que muchos en las redes, medios de información masiva e incluso en el hemiciclo estén en completo acuerdo no significa que la afirmación sobre la que se tiene consenso sea una verdad. “Democracia no es sinónimo de conocimiento”, sino que muchas veces una excusa para un posterior error basado en una post-verdad.

Formar, armar y construir un análisis lo más científico posible de fenómenos sociales es labor de la sociedad en su conjunto y no de grupos mayoritarios. No porque todos lo piensen deberías tomarlo como una verdad; más aún, cuestionarla para que en una próxima oportunidad se perfeccionen el diagnóstico y la política pública.

*El autor es economista jefe BBVA Chile (@jselaive).

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