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A propósito de Josh Conway

logotipo de Pulso Pulso 04-11-2016

La desagradable presencia de Donald Trump en la prensa estas últimas semanas, exacerbada cada vez que insulta a alguien -mexicanos, mujeres, minusválidos o liberales- es un constante recordatorio de los aspectos más negativos de la naturaleza humana. Es por esto que la noticia de Josh Conway me llamó tanto la atención -precisamente por ser un caso tan opuesto a la odiosidad practicada por Trump.

Josh Conway es un niño de cuatro años a quien le interesa la ciencia. Unos días atrás, antes de dormirse le preguntó a su papá por qué Saturno era el único planeta con anillos. Gavin, el padre de Josh, incapaz de responder buscó desesperadamente una respuesta con Google y no encontró ninguna. En un último intento por no desilusionar a Josh, y tener una explicación al día siguiente, envió un e-mail al Jet Propulsion Laboratory (JPL), el centro de investigación espacial administrado por Caltech, en California (JPL ha estado a cargo de la exploración de Marte y Venus, y su último y más ambicioso proyecto, el Cassini-Huygens, está centrado precisamente en la exploración de Saturno). En menos de diez minutos, Gavin recibió un e-mail de Preston Dyches, un astrónomo de JPL, especialista en divulgar conceptos científicos complejos al público no especializado.

En este, Preston le pide a Gavin que felicite a su hijo por su pregunta tan inteligente. Después le explica que en realidad Saturno no es el único planeta que tiene anillos; Júpiter, Urano y Neptuno también los tienen, pero lo que sucede es que los de Saturno son más brillantes y masivos y, por lo tanto, más fáciles de ver. Enseguida, Preston agrega que en realidad no se sabe con certeza cómo ni cuándo se formaron los anillos, y que hay varias teorías posibles.

Por último, Preston termina con un mensaje especial para Josh: le asegura que una vez que crezca habrá muchos misterios de la naturaleza esperando a que alguien los resuelva.

El e-mail de Preston es conmovedor en muchos niveles: trata a Josh como un adulto; le da una respuesta honesta y no condescendiente; le deja en claro que hay enigmas que la ciencia todavía no ha resuelto; y lo invita a seguir soñando con los secretos del universo. Confieso ahora -a riesgo de parecer autorreferente- que hubo algo especial en la respuesta de Preston que me tocó directamente.

Hace unos 40 años le mandé una carta a George Housner -el padre de la ingeniería sísmica y uno de los profesores más eminentes de Caltech- diciéndole quien era: un ingeniero chileno, que se acababa de recibir, y pretendía ir a EEUU a hacer un doctorado. Mi carta, escrita a mano en un papel amarillento y ordinario, fue enviada por correo regular y sin mucha esperanza de recibir una respuesta. Y terminaba con una pregunta que hoy día describiría como una mezcla inusitada de arrogancia e ignorancia: “¿Qué probabilidad le asigna usted a que me pudieran aceptar en Caltech?”

Siete semanas después recibí una carta de Housner, escrita a máquina, y en un papel con el membrete de Caltech. La carta empezaba con un “Dear Arturo”, me respondía todas mis preguntas, y terminaba alentándome para que postulara pues estimaba que tenía buenas posibilidades de ser aceptado. De más está decir que esa carta -que todavía guardo con gran cariño en una caja de “recuerdos”- me cambió la vida. Caltech me aceptó y cuatro años después me doctoré. Sin la respuesta de Housner, jamás me habría atrevido a dar ese paso. Si bien habrá que esperar unos 20 años para saber si Josh decidirá convertirse en astrónomo, de una cosa estoy seguro: que jamás olvidará la respuesta de Preston.

Actitudes como la de Housner y Preston, gestos pequeños que demuestran grandeza y generosidad, son los que a uno lo hacen olvidar a monstruos como Trump y creer un poco en la parte buena de los seres humanos.

Curiosamente, a poco de haber leído la noticia de Preston y Josh, salí de mi oficina con un ánimo optimista, y tomé un taxi manejado por un colocolino fanático, a juzgar por la decoración del auto.

“¿Qué le parece señor lo que está pasando en Santiago?”, me preguntó el taxista. “Se está llenando de negros y peruanos, el centro está lleno de peruanos”.

Este comentario xenofóbico me molestó, y más aun viniendo de un colocolino me sorprendió. Le recordé el especial vínculo que une a Colo Colo y Alianza Lima, un club peruano. El año 1987, los aliancistas perdieron en un accidente aéreo a todos sus jugadores y al cuerpo técnico. Colo Colo, en un gesto noble y solidario, prestó cuatro jugadores sin ningún costo, para que el club pudiera afrontar el resto del campeonato.

Es tentador pensar que Trump representa un fenómeno que sólo se puede dar en las personas menos educadas de EEUU. Pero no es así. El odio “al otro” es un fenómeno global.

Afortunadamente, por cada Trump (y por cada colocolino racista) existe un Housner, un Preston y muchos colocolinos bien nacidos (algo que admito sin problema, a pesar de ser de la U). Es decir, algo que nos permite ser un poco más optimistas con respecto a la naturaleza humana.

*El autor es profesor adjunto, División de Finanzas y Economía, Columbia University (aocusa@gmail.com).

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