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Anti natura

logotipo de Pulso Pulso 08-11-2016

Los signos de que Chile va camino al despeñadero son cada vez más evidentes. No únicamente por la mala calidad de su Gobierno, ni las pésimas y mal implantadas reformas estructurales en marcha, ni por el débil comportamiento de su economía. Siendo todo ello una lamentable realidad, hay más y peor.

Además, no conformes con querer legislar contra la vida, hay quienes se empeñan en hacerlo derechamente contra la naturaleza misma de las personas. Es el caso del proyecto de ley que reconoce y protege el derecho a la identidad de género. El artículo 1° del mencionado proyecto, hoy en el Senado, resulta esclarecedor de lo que hay en juego en el mismo, cuando señala que: “Se entenderá por identidad de género la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente respecto de sí misma, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento”.

Según el artículo en comento, el sexo sería una cualidad asignada al momento del nacimiento, no una realidad existente constatada en ese instante. De entrada se pone así en entredicho la radicalidad implícita en la condición eminentemente sexuada de la persona humana, la que se manifiesta tanto en sus dimensiones corpóreas como síquicas, siendo un constitutivo esencial de la misma.

Para minar la profunda raigambre natural de la sexualidad que hace que las personas sean varones o mujeres, se introduce la noción de género. Al hablar de género se está remitiendo a una categoría relacional y no a una distinción de identidad natural. De hecho, según la Organización Mundial de la Salud, este se refiere a “los roles socialmente construidos, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres”. Se trataría entonces de una construcción social y no de una distinción natural e intrínseca de la persona humana. Por eso es que, sin desmedro del sexo que un individuo posea -o del sexo que sea-, lo relevante ahora sería su vivencia interna e individual del género tal como aquel lo sienta respecto de sí mismo -es decir, de forma puramente subjetiva, sensorial y sentimental- aquello que pasa a ser relevante para la identidad de una persona. De tal manera, el género no es una realidad de la naturaleza, sino una cualidad disponible en la sociedad para ser elegida libremente y en el momento de la vida que ese sentir interior parezca cobrar fuerza en cada persona individual. Una vez aceptada e introducida en el ordenamiento jurídico del país una ley con las características del proyecto en trámite legislativo se generarán al menos dos consecuencias graves.

La primera de orden antropológico: la idea de ser humano recogida en él habrá sido modificada en sus fundamentos, desconociendo la existencia de una naturaleza propiamente humana, dejando entregada a la construcción social-con todas las arbitrarias mutaciones imaginables e inimaginables que ello pueda significar en el tiempo- la comprensión sobre la constitución del ser personal. La segunda de carácter práctico. Se abrirá la puerta para un sinnúmero de situaciones equívocas o erróneas. Desde luego, ya no tendrá mayor sentido defender que el matrimonio es un contrato entre un hombre y una mujer. Ello no será relevante cuando lo definitorio en la identidad personal sea el género y no el sexo.

De paso, tampoco la determinación de qué es una familia, institución ya tan vapuleada y desfigurada. ¿Cuántos tipos de género llegarán a ser reconocidos? En la actualidad existen listas que incluyen más de 30 diferentes, superando cualquier ficción al respecto. Como se trata de una cuestión de índole absolutamente subjetiva, en principio pueden darse tantos géneros como sujetos individuales existan. De allí que desde que la ideología de género comenzó a tener influencia real en la humanidad, las enumeraciones tipológicas han crecido constantemente llegando al absurdo. Por otra parte, ¿cuántas veces una misma persona podrá alegar que cambió de género? Al final de cuenta se tratará de sus sentires interiores, tan volubles como inescrutables para los demás miembros de la comunidad. ¿Y qué decir sobre la educación de los hijos?, ¿es esperable que los padres puedan formarlos teniendo en consideración su natural condición sexuada o, pensando en sus derechos individuales, tendrán que esforzarse en que sus vástagos experimenten diversos géneros para que después puedan optar por el que sus sentimientos le indiquen? ¿O será la educación escolar la que se hará cargo de mostrar a los infantes y adolescentes la amplia gama de géneros entre los que ellos podrán elegir, dejando a los padres de “manos atadas”, con poco o nada que enseñar de primera fuente en la materia?

Como se puede apreciar, la legislación sobre identidad de género con toda seguridad puede resultar ser extraordinariamente determinante para la patria, pues en ella se juegan parte importante de los pilares que configuran el orden social: la propia identidad personal, el matrimonio, la familia y la educación de los hijos, por mencionar algunos de la máxima relevancia. Su impacto destructor superará con creces cualquier pretendido intento por dar solución a situaciones particulares excepcionales. Es esta una prueba más de que “no sólo de pan vive el hombre” y que ocuparse por defender los principios que emanan de la naturaleza humana puede ser largamente más importante para el futuro de Chile que, por ejemplo, la legítima preocupación por la conducción de la política económica, aun reconociendo la enorme relevancia de esta última.

*El autor es profesor titular cátedra de Ética y Responsabilidad Empresarial ESE Business School de la Universidad de los Andes (apezoa.ese@uandes.cl).

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