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Buenas personas

logotipo de Pulso Pulso 03-01-2017

Uno de los grandes problemas con que se pueden encontrar los ejecutivos a cargo de responsabilidad social empresarial (RSE) o sostenibilidad en las empresas, es que los únicos que creen que lo que hacen es realmente importante (tanto para la compañía como para su entorno) son ellos y su equipo. Cuentan algunos que el resto de la plana directiva lo ve como algo que hay que hacer, pero que felices no harían. Algo a lo cual no le ven valor, por lo que, en muchos casos, deben regatear cada peso. Pesos que, además, son considerados gasto, jamás inversión. Sus amigos los consideran buenas personas: “Eres tan social”, “qué lindo lo que haces”.

Y aunque no es bueno generalizar -porque las excepciones existen-, los ya no excepcionales casos de colusión del último tiempo demuestran que, en muchos casos, no hay un discurso unitario respecto a lo que implican la responsabilidad social empresarial y el desarrollo sostenible.

¿Cómo alguien puede preocuparse de “la comunidad”, hacerse cargo de sus anhelos y de sus necesidades si, al mismo tiempo, está inflando precios para aumentar su riqueza a costa de sus consumidores? ¿Es posible semejante contradicción? Sabemos que son personas jurídicas, sus unidades actúan separadamente, a veces de forma autónoma. Pero a menor escala, sería lo mismo que un dueño de restaurante dé almuerzos gratis a los más pobres, pero para ello robase de los bolsillos de sus comensales (que también almuerzan “gratis”). No tiene sentido.

Entonces, cuando nos preguntamos también acerca de cómo hemos llegado a que a Andrónico Luksic le llegue un piedrazo, no tenemos más que reprochar el acto violento, pero al mismo tiempo cuesta no admitir que se han dado razones suficientes para que la ciudadanía no esté contenta con su clase empresarial. ¿No deberíamos todos ser “buenas personas”?

Desde hace un tiempo que en Chile y el mundo han surgido y proliferado lo que se ha llamado “empresas B”, es decir, aquellas empresas que redefinen el sentido del éxito empresarial usando la fuerza del mercado para dar solución a problemas sociales y ambientales. La idea es que estas empresas se enfoquen en hacer el bien y no sólo en maximizar su rentabilidad. Es decir, nacen desde el mercado y con fines de lucro, pero con un propósito prioritario de bien común.

La pregunta es: ¿en qué minuto -y por qué motivo- dejamos de lado ese propósito prioritario de bien común? Porque no es un fenómeno exclusivo de las empresas. Son también la política, la economía, en algunos casos incluso la familia, y otros tantos micro-ámbitos de nuestra sociedad.

Que no se malentienda: no esperamos que todas las empresas de Chile sean el Hogar de Cristo. Pero no nos quedemos tampoco. ¿Es demasiado pedir que todas las empresas y las personas tengan conciencia de su rol social? ¿Que se hagan cargo de la importancia que tienen para sus colaboradores, sus familias, la comunidad en que se desenvuelven? ¿Es irrisorio? ¿Muy difícil? Cuando el objetivo último (y único) de la empresa y de sus ejecutivos es “forrarse”, es una señal clarísima de que estamos haciendo las cosas mal. De que los valores, aquellos que se dictan por el más puro sentido común, están brutalmente tergiversados. El éxito empresarial no puede estar dado sólo por la última línea.

Lo mismo con los políticos: cuando el objetivo fundamental es ganar elecciones, ganar cuotas de poder y conservar ese poder a toda costa, perdemos el norte, transamos intransables, bailamos con el populismo. Dirigentes gremiales, lo mismo. Cuando sólo defienden sus intereses, aunque estos perjudiquen al resto, quién les cree. Pierden valoración social, igual que todos los demás. Y de pasada, pierden humanidad.

Entonces, cuando políticos y empresarios, comentaristas y columnistas, hablamos de cómo recuperamos la confianza, habría que comenzar por acordarnos de que el mínimo de responsabilidad que se les puede pedir a las elites es actuar pensando en el bien común y no sólo en sus intereses particulares. ¿Estamos a tiempo de volver a ser buenas personas?

*La autora es directora de Asuntos Públicos de Burson-Marsteller y ex subsecretaria de Carabineros (@CarolCBown).

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