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Conducta de mercado y confianzas

logotipo de Pulso Pulso 18-10-2016

En los últimos años hemos sido testigos del aumento de escándalos en el mercado financiero. Hemos visto a grandes empresas en la lupa de los reguladores y de los tribunales; directores, ejecutivos y empleados de empresas en el sillón de los acusados; personas que perdieron sus ahorros y otras que creen que los perderán antes de su jubilación, etcétera. Todo lo anterior nos ha traído una gran consecuencia: la pérdida de confianza en el mercado financiero.

Si partimos de la premisa de que el mercado financiero es necesario en cualquier país para intermediar los recursos de aquellos con excedentes de ahorros y los que necesitan financiamiento, vemos que la pérdida de confianza redunda en un perjuicio para el país. De acuerdo con la OCDE, la confianza en el mercado promueve la estabilidad, el crecimiento y la eficiencia del mercado en el largo plazo.

Cómo recuperamos la confianza del mercado: con conducta de mercado. Algunos países abordan la conducta de mercado desde el punto de vista de protección del consumidor financiero y códigos de conducta para las empresas (Dood-Frank). Otros, como el Reino Unido, incorporan conceptos de gobierno corporativo, sistemas de incentivos, libre competencia y exigencias de profesionalismo. La Unión Europea lo considera bajo una regulación enfocada en el abuso de mercado, tales como el uso de información privilegiada y manipulación de mercado. Por su parte, organizaciones internacionales relacionan la conducta de mercado con la educación financiera de oferentes y demandantes de productos financieros.

De acuerdo con la OCDE, la educación financiera fue determinante en la crisis de 2007-2008. Si bien la falta de educación financiera no puede considerarse como la principal causa de la crisis, sí habría jugado un papel importante agravando los efectos de esta. Estudios realizados por el mismo organismo internacional muestran que los consumidores tienen bajos niveles de conocimientos financieros, lo que les impide tomar decisiones de inversión informadas y que, adicionalmente, sobreestiman sus conocimientos y habilidades. En los últimos meses hemos visto cientos de inversionistas que aparentemente calzan en este perfil y que perdieron sus ahorros en inversiones que hasta ahora no entienden, pero que les prometían altísimas rentabilidades.

La educación financiera tiene que ser abordada desde las dos caras de la moneda: educación de quien ofrece un producto financiero y de quienes los adquieren. Si tuviésemos que educar sólo a uno de estos, las personas que trabajan en la industria financiera deberían ser los elegidos. Son ellos los que hacen, o deben hacer, el link entre lo que se está vendiendo y la capacidad o necesidad de los clientes (suitability). No podemos esperar que un cliente tome una decisión informada, y adecuada para su perfil financiero, si los ejecutivos no tienen o no cuentan con la información y/o conocimientos para explicárselos.

Pero no todo es educación financiera. Quizá el activo más importante que tiene una persona son sus valores, que se traducen en un comportamiento ético. Deberíamos esperar que los valores sean inculcados por la familia, el colegio, la universidad y por los líderes de las empresas, pero lamentablemente vemos que no necesariamente ocurre.

Dado que los valores intrínsecos de las personas no son observables al momento que estas postulan a una empresa, cobra especial relevancia el proceso de selección, de capacitación y de formación continua que se debería impartir en relación con estas materias. Quiénes son los llamados a liderar este cambio: los directorios de las empresas.

*El autor es director Deloitte Chile.

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