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Creatividad regulatoria

logotipo de Pulso Pulso 02-11-2016

Nadie podría argumentar que el hecho que un Gobierno decida luchar contra el consumo excesivo de alcohol, o contra la obesidad, el estrés infantil o cualquier otra enfermedad o trastorno, sea una mala idea. Todas ellos son de gran sufrimiento personal para los afectados, sus familias y además tienen muchas veces asociado un importante costo público, ya que es habitual que el Estado asuma el pago de los cuidados posteriores. Pero desagraciadamente que el objetivo sea consensuado no garantiza en ninguna medida que las políticas públicas que se propongan, primero sean efectivas para las metas propuestas y, segundo, que no choquen con las libertades de los ciudadanos que también hemos definido como sociedad.

Ya llevamos varios años en Chile con un ritmo de creatividad regulatoria que francamente a ratos da risa y en otras, una buena dosis de recelo. ¿Autoridades metiéndose con el consumo de los Superocho y las promociones de los happy hour o atribuyéndose la autoridad para decidir si nuestros hijos hacen o no tareas escolares?

Lo cierto es que finalmente, la mayoría de estos excesos terminan en disposiciones más razonables una vez que entran a los debates legislativos, pero van dejando una huella, que va corriendo el límite de hasta dónde dejamos entrar las leyes y los organismos reguladores en nuestras decisiones de vida. Un ejemplo periodístico: las portadas hace quince años estaban pendientes de las intervenciones económicas importantes -cómo se regulaban los precios de los servicios básicos, por ejemplo-, pero hoy estamos abocados a la oferta de 2x1 de tragos.

Son cosas menores, dirán algunos. Puede ser, pero la fuerza de la habitualidad de estas irrupciones puede lesionar la capacidad de resistirnos a ceder libertades. Y no es algo abstracto. Si se aprobara lo propuesto por el Senda, finalmente un señor sentado en una oficina en un ministerio estaría decidiendo sobre la política de precios de un bar a cientos de kilómetros de distancia. O un fiscalizador tendría que instalarse en la sala de clases de nuestros niños a revisar la libreta de comunicaciones para detectar si alguna profesora les mandó una tarea a la casa. Como mucho, ¿no?

*La autora es decana Periodismo UAI (@marilyluders).


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