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Culpables virtuales

logotipo de Pulso Pulso 26-07-2016

Desde que se supiera que Alí Sonboly actuó en solitario el pasado viernes y que no fue el yihadismo el motivo que lo llevó a disparar contra una multitud en un local de comida rápida, se han multiplicado las declaraciones y artículos de prensa criticando el rol de las redes sociales en esta clase de tragedias.

Thomas de Maizière, ministro del Interior germano, junto al jefe de policía Hubertus Andrä, se quejaron abiertamente de los rumores y falsas alarmas que se generaron en las redes sociales al tiempo que Alí apretaba el gatillo, a una velocidad que confunde y dificulta el trabajo policial. Además, inmediatamente se relacionó el ataque con un nuevo episodio de terrorismo islámico, cuando se trataba de un solitario tirador con graves problemas siquiátricos.

Impresiona la aparente pobreza de este tipo de lectura que se hace de los actos de violencia que azotan aleatoriamente a cualquier país y el impacto que tienen en ellos las redes sociales, al menos por tres razones.

La primera, es que precisamente gracias a las redes sociales es que se ha podido denunciar en vivo este tipo de sucesos y advertir a la ciudadanía a una velocidad insuperable por cualquier medio oficial. Además, esas alarmas y registros compartidos por testigos directos han permitido en atentados como el de Boston en 2013 o el de Niza hace ya un par de semanas facilitar las pesquisas policiales.

En segundo lugar, culpar a las redes sociales e insinuar que el escenario ideal sería controlarlas de algún modo, es desconocer absolutamente la naturaleza misma de estas y, frente a actos extremistas, es ignorar el mayor éxito que ha tenido el terrorismo moderno, cual es descubrir en el escenario digital una plataforma única de expansión de “marca”, al punto que, de ahora en más, cada tiroteo, cada explosión, cada crimen cercano al género gore será inmediatamente vinculado al yihadismo, aunque luego se demuestre lo contrario. Por mucho que se pudieran controlar las redes, el Estado Islámico ya ha logrado penetrar en nuestras mentes como el enemigo omnipresente que golpea nuestra puerta. Más que fiscalizar, las autoridades deberían volcarse a leer, visualizar e interpretar el escenario 2.0, tal como ya lo hacen algunas marcas comerciales.

En tercer y último lugar, en las mismas redes sociales Alí Sonboly había advertido a sus amigos y familiares que más temprano que tarde cometería un acto de violencia. Tras soportar años de acoso escolar, ni la familia, ni los amigos y conocidos fueron capaces de escuchar el pedido de ayuda del joven de 18 años.

Urge culpar menos a las redes de los males del mundo y comenzar a usarlas para aprender a observar, comprender y, en muchos casos, prevenir.

*El autor es académico Universidad de los Andes (@albertopedro).

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