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El chivo expiatorio chino de Trump

logotipo de Pulso Pulso 20-12-2016

El Presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, una vez más se las ingenió para tergiversar los hechos. Como parte de un esfuerzo más amplio por reprender a China por supuestamente “violar” la economía de EEUU a través de una política comercial injusta, ahora ha renovado su acusación de que el país manipula su moneda para favorecer sus exportaciones. Estas declaraciones son tan peligrosas como alejadas están de la realidad.

A no equivocarse: la acusación de Trump sobre la manipulación de la moneda china no está respaldada por los hechos. Por el contrario, durante los últimos dos años y medio, el Banco Popular de China (PBOC, por su sigla en inglés) ha estado interviniendo en los mercados de divisas con el objetivo contrario: impedir que el valor del renminbi cayera de manera demasiado brusca frente al dólar.

China últimamente ha enfrentado un aumento de la salida de capital, lo que ha creado una presión bajista sustancial sobre el tipo de cambio del renminbi. Estas salidas de capital son, en parte, el resultado de un alivio de las restricciones sobre las cuentas de capital por parte del Gobierno, un esfuerzo que debería permitirles a los hogares, corporaciones e inversores institucionales diversificar sus carteras aumentando sus tenencias extranjeras. Las salidas también reflejan temores sobre las perspectivas económicas de China, incluidos los crecientes riesgos financieros, así como el miedo entre algunos chinos adinerados de que puedan volverse blanco de la campaña anticorrupción del Presidente Xi Jinping.

En lugar de permitir que el valor del renminbi cayera tan vertiginosamente como dictan los mercados, el PBOC ha intervenido para limitar las salidas de capital y compensar la presión a favor de una depreciación. Y China ha incurrido en costos sustanciales: los esfuerzos del PBOC para mantener el valor del renminbi relativamente estable frente al dólar han contribuido a una caída de casi US$900.000 millones de las reservas de moneda extranjera de China comparado con el pico de junio de 2014 de unos US$4 billones (el valor menguante de monedas como el euro y el yen -que representan un porcentaje de las reservas de China- en comparación con el dólar estadounidense también ha contribuido a la caída).

EEUU se beneficia con la estrategia de China. Por cierto, si Trump exigiera, como lo hicieron sus antecesores, que China dejara que los mercados dictaran el valor de su moneda, el renminbi se depreciaría aún más rápido, impulsando la competitividad comercial de China frente a EEUU. Sin embargo, al exigir que China frene la depreciación del renminbi impulsada por el mercado, Trump en efecto le está exigiendo al país que haga exactamente aquello que EEUU siempre condenó: intervenir directamente en los mercados de divisas.

Esos son los hechos. Pero Trump no lidia con hechos. Y ahora que ya no es un simple candidato presidencial, sus acusaciones ya no se pueden desestimar como una bravuconería. Con Trump en la Casa Blanca, algo que en algún momento era visto en EEUU como la opción “nuclear” -acusar oficialmente a China de manipulación monetaria e imponer aranceles altos a las importaciones chinas a nivel general- se ha convertido en una posibilidad contundente.

Trump sabe que cumplir con su promesa de revivir la industria estadounidense con cambios de políticas domésticas que impulsen la competitividad internacional de las empresas norteamericanas sería difícil de implementar y llevaría demasiado tiempo antes de que rindiera frutos. Para él, “ponerse duro” con China -a través de las palabras y de la acción- probablemente parezca un método conveniente.

Pero, lejos de promover los objetivos de Trump, estas medidas tal vez generen un contraataque chino inmediato y agresivo. El resultado factible sería una espiral descendente de restricciones contraofensivas al comercio bilateral y los flujos de inversiones, lo que perjudicaría a ambas economías.

Una interpretación caritativa es que, en su calidad de empresario duro y pragmático, Trump simplemente esté apelando a amenazas para conseguir una posición de negociación fuerte y que, en definitiva, prevalecerán el sentido común y la razón. Pero cuanto más tiempo continúe la retórica incendiaria de Trump, mayor el riesgo de que genere consecuencias en el mundo real.

Hasta la perspectiva de una guerra comercial con China podría bastar para dañar la economía estadounidense. Los pronunciamientos sobre políticas postelectorales de Trump -y la incertidumbre que han suscitado- ya han hecho subir el valor del dólar; después de todo, EEUU ha sido durante mucho tiempo un refugio relativamente seguro en tiempos de incertidumbre (incluso cuando es la causa de esa incertidumbre).

Si bien la amenaza de una guerra comercial con China y la noción de que EEUU derogue acuerdos comerciales existentes afecta más las perspectivas de crecimiento de corto plazo de otros países que las de EEUU, un dólar en alza es una mala noticia para Trump. Sus promesas de aumentar las exportaciones estadounidenses y repatriar empleos industriales de países con mano de obra más barata serían difíciles de cumplir en las condiciones más propicias. Con un dólar más fuerte que mina la competitividad internacional de la industria norteamericana, resultaría aún más difícil, al menos en el corto plazo.

Trump puede querer darles una mirada positiva a estos inconvenientes, especialmente porque los ingresos de capital que están ayudando a impulsar el valor del dólar reducen los costos de financiamiento del gobierno federal, dándole así más espacio a Trump para implementar sus objetivos de políticas fiscales. Pero la realidad es que, si la retórica proteccionista acalorada de Trump continúa, EEUU enfrentará un dólar fuerte, exportadores seriamente debilitados y un déficit comercial mucho mayor -para no mencionar tensiones agudizadas con una China formidable.

Hablar con un lenguaje rudo puede dar frutos en las movilizaciones posteriores a la victoria, pero no cambia los hechos. Si Trump sigue en su camino actual, la economía de EEUU sufrirá -al igual que su imagen entre los votantes norteamericanos que, por la razón que sea, todavía creen en él.

*El autor es profesor de política comercial en la Escuela Dyson de Economía Aplicada y Gestión, Universidad Cornell, y miembro senior Brookings Institution. Es autor de “Gaining currency: the rise of the renminbi”. Copyright: Project Syndicate, 2016.

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