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El desafío de la planificación urbana

logotipo de Pulso Pulso 17-08-2016

La Región Metropolitana está constituida por 52 comunas, cada una con una visión de ciudad, de ocupación del territorio, de manera de asentarse y comunicarse entre sí, distinta a las otras. Esta multiplicidad de maneras de ver el problema urbano trae consigo el mismo número de “soluciones”, que se traducen en los planes reguladores comunales -algunos recientes, otros antiguos-, pero lo que es común entre ellos es su falta de concordancia de unos con otros, dando como resultado una ciudad poco unitaria, disgregada, segregada y contradictoria, sin espacios públicos de calidad que le den continuidad, salvo contadas excepciones. Si a esto agregamos que la autoridad actúa en forma reactiva ante las aspiraciones de la gente, los medios o grupos de interés, tenemos un resultado poco alentador.

Resulta que todos queremos desarrollo, “¡pero no en mi barrio o en mi cuadra!”. Entonces, se produce un conflicto entre la comunidad y el desarrollo inmobiliario. Este da respuesta a las necesidades reales del público, pero como vecino quiero un modelo de desarrollo que a menudo no se ajusta a la realidad. La autoridad comunal, por su parte, para “proteger” a los vecinos, reacciona y congela la comuna en espera de generar un nuevo plan regulador. Es precisamente ahí donde se detienen el desarrollo, el crecimiento y, lo que es peor, las soluciones adecuadas a la realidad.

Como la planificación urbana se hace a nivel comunal, tenemos que esta trata de satisfacer las aspiraciones de las autoridades y que no siempre conversa con la realidad ni con sus comunas vecinas.

No cabe duda que a todos les gustaría generar instrumentos de planificación que produzcan edificios bajos con departamentos grandes, o casas de gran tamaño en lotes aún más grandes. Esta aspiración en sí no es censurable en lo más mínimo, pero desconoce la realidad económica, social y demográfica de los vecinos de la comuna y del país.

La conformación de la familia ha cambiado sustancialmente, reduciéndose de tamaño, eso sin contar la creciente cantidad de personas que viven solas por múltiples motivos, los adultos mayores con expectativas de vida más larga, etcétera.

Ante este panorama debemos reaccionar, no a través de la búsqueda de culpables, sino que pensando: ¿qué ciudad queremos?, ¿el desarrollo debe ser por extensión, densificación, un sistema mixto?, ¿un sistema centralizado o una ciudad multifuncional?

Todas estas preguntas deben ser pensadas por todos los actores, públicos y privados, de modo de las respuestas creen un marco de referencia perdurable en el tiempo, que tenga la capacidad de adecuarse a los cambios, producto de una planificación meditada y consensuada entre los expertos, por lo tanto, creando certeza para todos.

Para esto, será necesaria la existencia de un órgano público-privado que tenga la visión macro de conjunto de la ciudad. De otro modo, seguiremos conviviendo 52 mini ciudades que no conversan entre sí.

*El autor es arquitecto y socio de ISA Inmobiliaria.

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