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El paraíso prometido

logotipo de Pulso Pulso 12-08-2016

Esta semana fue histórica para la Presidenta Bachelet. Y no por su propuesta para reformar las pensiones. Por primera vez en nuestra historia un primer mandatario cayó por debajo del 20% en sus niveles de aprobación. Si bien esto no es algo inédito a nivel internacional, en Perú Humala y en Brasil Dilma sufrieron peores rigores, para nuestros estándares locales es  inusitado. En Palacio sin duda alguna deben estar preguntándose, apesadumbrados, cómo llegaron a esto. Probablemente, los inquilinos de la casa presidencial barajen varias hipótesis: el caso Caval, los escándalos de financiamiento irregular de la política, el mal momento de la economía, las continuas disputas entre la DC y el PC, entre otras vanas explicaciones que les deben estar quebrando la cabeza.

Es posible que todas esas razones tengan algo que ver. Pero quizás haya otra explicación más simple, pero más profunda, que valga la pena explorar. El problema puede estar radicado en el violento choque que ha sufrido la ciudadanía entre las expectativas y la realidad. La Nueva Mayoría (NM), como proyecto político, tuvo como principal justificación impulsar una profunda, sino radical, transformación igualitarista. Tal como lo plantearon en su programa, un proyecto transformador de largo plazo para “hacer los cambios necesarios al modelo de desarrollo que ha tenido nuestro país.”

Y ahí comenzaron los problemas. Porque las reformas impulsadas no sólo han estado mal inspiradas y pesimamente ejecutadas. Sus resultados han puesto en riesgo una serie de bienes que son muy valorados por las personas, especialmente los sectores medios. Un país que acostumbraba a crecer con fuerza, hoy está estancado. La cesantía, algo que creíamos desterrado del diccionario, se ha empinado a su peor nivel en casi cinco años. Los colegios particulares subvencionados, por lejos la opción preferente de la clase media, enfrentan serios riesgos de continuidad. En salud y delincuencia, los problemas arrecian. Es cierto que las campañas se hacen en verso. Pero los gobiernos se hacen en prosa, con rigurosidad y resultados. Como lo aconsejaba Popper, combatiendo males concretos más que estableciendo bienes ideales. Todo lo contrario de lo que han sido hasta ahora la Presidenta y la NM. 


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