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Eligiendo lo menos malo

logotipo de Pulso Pulso 08-11-2016

A horas de saber el resultado de las elecciones en Estados Unidos, una de las carreras presidenciales más duras y mediáticas del último tiempo parece no ceder ante la tentación de romper los esquemas, de confundirnos hasta decir cómo es posible, no entiendo nada, qué viene ahora. Y, como ha sido la tónica del duelo Clinton/Trump, los motivos no necesariamente responden a lo que uno esperaría de dos candidatos presidenciales.

Como si la carrera apelara a un déficit atencional generalizado de la opinión pública, el debate ha propuesto un mosaico de aristas y ha abierto polémicas de todo tipo: desde el racismo, sexismo y todos los ismos de Trump a los emails de Clinton; desde el Twitter de Trump al caso Mónica Lewinsky; desde los muros de Trump al estado de salud de Clinton; desde “el cambio climático es un invento de China” de Trump a volvamos sobre los emails de Clinton. Y así.

El mismísimo FBI cobró un protagonismo inusual al recordarnos -una vez más- el escándalo de los emails de la otrora secretaria de Estado, para posteriormente descartar mérito suficiente para seguir con la investigación. Obama, símbolo de lo políticamente correcto, asomó críticas al organismo cuestionando la forma, mientras ve cómo su legado, blanco de críticas en múltiples pasajes de su Gobierno, se enaltece frente al espectáculo cinematográfico de los candidatos actuales.

Y si bien el anuncio del FBI sólo habló de una reapertura de la investigación, el trago fue amargo para el comando demócrata y las encuestas sugieren, pese a todos los peros, que las sorpresas estilo Brexit son verosímiles.

Cuando la balanza parecía inclinarse definitivamente al lado azul, el relato quiso retomar el clímax. Más que nunca la tensión parece no encontrar techo, el esfuerzo analítico racional parece no ser suficiente para poner paños fríos, los expertos no logran consensos en torno al desenlace, la especulación del miedo es palpable, y nadie logra aún explicarse cómo un hombre autoritario, populista y nacionalista, que va en contra de todo lo que dicta el sentido común, puede estar dando pelea para hacerse cargo de una potencia mundial.

La locura de Trump se encargó de convencernos de que, independiente del color y de la ideología, preferir a Clinton no era sólo un voto por un demócrata sobre un republicano, sino un voto por la sensatez sobre el delirio, la cordura sobre el descontrol, la continuidad sobre la imprevisibilidad absoluta. Con todo, esa premisa se fue desdibujando y, en la antesala de la votación, la incertidumbre es tal que incluso algunos medios de comunicación, insignias de independencia y objetividad, se cuadran manifiestamente con Hillary Clinton.

Lo evidente es que, más allá del resultado y de las consecuencias que cualquiera de las dos administraciones pueda tener en el futuro de EEUU y del resto del mundo, la fiebre eleccionaria ya ha roto paradigmas y promete cultivar efectos aún incalculables.

Probablemente una de las particularidades más llamativas -y angustiantes-, es que esta elección nunca tuvo que ver con escoger al mejor representante, sino al menos malo. El terror de la campaña de Trump hizo de esta una carrera de terror, en que la idea de escoger a un candidato tan dolorosamente vulgar se volvió real, porque para muchos, estemos o no de acuerdo, puede no ser peor que elegir a alguien que estaría, supuestamente, ligada a corrupción, a mentiras y a ejercicios fraudulentos.

La sensación que queda es de desconcierto, porque mientras Trump habla de “Make America great again”, Clinton y sus cercanos refutan afirmando que EEUU es el país más grande del planeta. Todo está mal y todo está muy bien. Cambio y continuidad. Temor y tranquilidad.

Lo que no deja de llamar la atención es que una tajada importante de la población de EEUU teme y la campaña de Trump jugó con ese temor. Y ese temor, gane quien gane, es un hecho instalado, una manifestación visceral de la incertidumbre de un país aparentemente confundido y polarizado.

*La autora es directora de Asuntos Públicos de Burson-Marsteller y ex subsecretaria de Carabineros (@CarolCBown).

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