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Europa y Merkel en crisis por el mal manejo de la llegada de los refugiados

logotipo de Pulso Pulso 04-10-2016 Marcela Vélez-Plickert, desde Fráncfort

Los cálculos son abrumadores. En el último año, 65,3 millones de personas migraron a otros países, huyendo de guerras civiles y precarias condiciones económicas. El fenómeno no hará más que crecer en los próximos años. A pesar de estas cifras, los líderes políticos no han sido capaces de coordinar una respuesta al fenómeno. La última Asamblea General de la ONU postergó hasta 2018 cualquier posibilidad de un acuerdo. Hasta entonces, unas 20.000 personas podrán haber muerto viajando de manera ilegal en busca de mejores condiciones, según proyecciones de la Organización Internacional para las Migraciones (IOM).

El retraso en la toma de decisiones ya está provocando altos costos políticos a jefes de gobierno, partidos tradicionales, e incluso ha puesto en vilo el futuro del mayor proyecto de integración regional conocido hasta ahora: la Unión Europea. 

Es precisamente Alemania, su principal economía, la que se ha convertido en epicentro político de la crisis. En este país el escenario ha cambiado dramáticamente. Hace un año, decenas, sino centenares, de personas se agolpaban a diario en la estación de trenes de Fráncfort para repartir alimentos, cobijas o simplemente saludar a los refugiados. No importaba de dónde venían, ni sus historias, ni por qué habían decidido llegar a Alemania. Todos eran bienvenidos. Los alemanes obedecieron así al llamado de su popular canciller, Angela Merkel. Bajo el lema “Wir schaffen das” (“Nosotros podemos”), la canciller puso en juego su capital político, desafió a los miembros de su coalición y a sus socios europeos, y ordenó abrir las fronteras sin distinción. 

De la euforia al temor

La euforia inicial dio paso primero a la desconfianza y luego al enojo. El entusiasmo se diluyó cuando los centros de acogida se vieron prontamente rebozados, y el ritmo de llegada de nuevos migrantes superaba por lejos la capacidad de construcción de nuevos albergues. No había presupuesto para nuevos profesores de alemán, en un país donde ya hay ciudades con déficit de maestros. Incluso los servicios públicos, especialmente vinculados al Registro Civil, comenzaron a demorarse más de la cuenta, haciendo aún más tediosa la ya famosa burocracia alemana.

Los atentados yihadistas en París y Bruselas acabaron por diluir el entusiasmo y convertirlo en temor. Actualmente, la policía alemana investiga a 60 refugiados por presuntas conexiones terroristas, y ha recibido indicios de otros 410 casos de falsos refugiados con vínculos con el autodenominado Estado Islámico. “Deuda, ola de refugiados, terrorismo y, más recientemente, el Brexit. Todas estas crisis están conectadas y han contribuido al desencanto de la población con el proyecto europeo y el aumento del populismo a lo largo del continente”, afirma Camilo Morena-Martínez, del think tank Center for European Reform. 

Una de esas personas desencantadas es Claudia Schneider, una ejecutiva bancaria de Fráncfort. Schneider primero aplaudió la política de fronteras abiertas. “Era un tema humanitario”, reconoce. Pero hoy está enojada con el resultado. “Siempre he sido de izquierda, o más bien anti derecha. Pero ya no me importa lo que piense la gente. No voy a seguir votando por el CDU (partido de Merkel), si con eso puedo volver a correr en shorts en mi barrio, sin que haya hombres gritándome cosas”, dice. Schneider vive en Rebstock, un barrio al noroeste de Fráncfort, donde hay un nuevo asentamiento de emergencia para refugiados, todos musulmanes. Al igual que otros cinco millones de alemanes, si las elecciones generales fueran hoy, Schneider votaría por el partido de derecha Alternativa para Alemania (AfD, Alternative für Deutschland). El partido, creado en 2013 bajo la consigna de desafiar los mandatos de Bruselas en los rescates financieros a Grecia y otros países, también ha hecho de la migración, o más bien del rechazo a la política de puertas abiertas de Merkel, una de sus banderas. En las elecciones de 2013, el AfD obtuvo apenas 4,7% de los votos, quedando apenas por debajo del 5% necesario para ingresar al Bundestag. Las últimas encuestas le dan hoy entre el 13% y el 16%, convirtiéndolo en el tercer partido en Alemania. Su ascenso tiene un efecto simbólico. Es la primera vez en 60 años que un partido más allá del centro (ocupado por la CDU) ha ganado tanto terreno.

El mundo entero ve con admiración como Merkel, hasta hace poco una política intocable, ha perdido rápidamente apoyo entre los electores. Los últimos sondeos incluso hacen poner en duda su candidatura para un cuarto período. Su coalición democratacristiana CDU/CSU obtuvo en la última encuesta un 32% de apoyo, su menor nivel desde junio de 2012. El nivel es considerado crítico. Según Tilman Mayer, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Bonn, si el apoyo a su partido cae bajo 30%, podría darse una revuelta interna contra Merkel. “Su prestigio, de ser capaz de dirigir al país en tiempos difíciles, se ha perdido, debido a su improvisada política migratoria”, sentencia Mayer. Las consecuencias de que Merkel decidiera no optar por la reelección afectarían no solo Alemania. Analistas consideran que su salida generaría un vacío de poder, que traería inestabilidad a la región. 

Por lo pronto, Merkel es acusada por otros países europeos de haber impulsado la ola migratoria, al ofrecer tácitamente asilo indiscriminado. 

La manifestación más dramática de este rechazo está en la próxima salida de Reino Unido de la Unión Europea. Si bien también se mezcló con temas como el libre comercio y la soberanía, lo cierto es que la migración disparó el proceso. Los ingleses temían recibir una ola ilimitada de refugiados, por ser miembros del Tratado de Schengen, que los obligaba a mantener libertad de movimiento y trabajo con sus pares europeos. El temor era de seguridad, por la amenaza del terrorismo, y económico, por el costo fiscal de los beneficios sociales. El voto por el “sí” sacudió a la Unión Europea, y la primera ministra británica, Theresa May, se prepara para formalizar el pedido de salida. 

Otros países también decidieron plantarse contra la política alemana. Polonia, Eslovaquia y República Checa se oponen tajantemente a tener que recibir refugiados, especialmente musulmanes, en su territorio.

“El tema migratorio es sin duda el mayor factor de riesgo político”, sentencia Erik Jones, director de Estudios Europeos de la Johns Hopkins University en Boloña. Para Jones, hay un riesgo de que el Brexit no sea el último caso de renuncia a la UE. “Italia ha recibido unos 150.000 migrantes cada año desde 2014, y este año no será la excepción. Los centros de acogida temporal están prácticamente llenos. La situación es peligrosa porque está debilitando el apoyo de los italianos al proyecto europeo y está creando tensiones entre Italia y sus vecinos”, dice.

Eso explica que, en orden de ganar el próximo referéndum, a celebrarse el 4 de diciembre, el primer ministro italiano, Matteo Renzi, haya escogido criticar las políticas migratoria y fiscal de Bruselas como principal bandera de campaña a su favor. 

Analistas alrededor del bloque europeo están advirtiendo del aumento del populismo, ya sea a través de nuevos movimientos políticos, o en la transformación de los discursos de los partidos tradicionales, desesperados por no perder el apoyo de sus electores.

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