Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Eyzaguirre anuncia su salida de la política tras este Gobierno

logotipo de Pulso Pulso 04-12-2016

10 años como ministro es suficiente y que la idea de su candidatura presidencial “se pasmó”. Su reflexión en este tiempo: el sistema presidencial que tiene Chile ya no da estabilidad.

Sería prematuro anunciar que Nicolás Eyzaguirre (PPD) se despide de la vida política, porque todavía le queda más de un año en La Moneda. Pero, atendiendo al realismo sin renuncia, se puede decir que son sus primeras palabras de cierre. El ministro secretario general de la Presidencia, ex de Educación y ex de Hacienda durante el gobierno de Lagos, termina su período con Michelle Bachelet y quiere recluirse en la academia. “Estoy siendo completamente honesto. Creo que entrando al décimo año como ministro, it’s time to go”, señaló Eyzaguirre en entrevista con La Tercera. Y quiero decir lo que pienso de verdad, no estoy haciendo ningún cálculo de ninguna especie… No me veo en la política después de este gobierno”. 

Atrás quedan las ideas de una candidatura presidencial, de ser el tapado del PPD o el continuador de una obra laguista-bacheletista. Eyzaguirre ya tomó su decisión.

En la reunión que tuvo el jueves el comité político con la Nueva Mayoría ya se empezó a hablar de la importancia del clima de unidad para la prolongación de las reformas de Bachelet en un próximo período presidencial.

¿Usted piensa participar en esa prolongación? ¿Seguir en la vida política?

—Sin duda alguna, voy a estar desde mi casa mirándolo por la televisión.

Ah, se va. ¿O sea… “chabela”?

—Sí, “chabela”. Quiero escribir y dar clases, eso es lo que quiero hacer.

¿Escribir sobre economía, sobre política o una novela?

—No, no tengo talento para escribir una novela. Tampoco, posiblemente, para escribir sobre economía o sobre política, pero ya pronto voy a comenzar mi décimo año como ministro, entonces ya es suficiente. Enough is enough, dicen. Me retiro a la academia. 

¿Se acaba la vida política activa?

—El otro día le pregunté a mi hijo chico, que acaba de dar la PSU, qué se imaginaba para el futuro. Me contestó: “En cualquier lugar, salvo en el gobierno”. ¡Qué horror!, pensé. Esto es muy desgastador. Siempre estuve por un llamado emocional desde muy pequeño, en que sentía que la injusticia me era intolerable a la piel, pero no tengo un apego a esto como forma de escalar en la vida. Todo lo contrario.

¿Y la ilusión de ser candidato presidencial?

—La otra vez con el ministro Fernández conversamos que para ser candidato presidencial tienes que tener dos características. Un liderazgo muy fuerte, claridad de ideas, y segundo, hambre de poder, porque aquí al que se descuida lo matan. Y yo no lo tengo. Pero era una carta hasta hace no mucho…Pero me pasmé poh, arrugué -se ríe-.

¿Y parlamentario?

—Tampoco.

El gobierno ha tenido una relación difícil con los parlamentarios de la Nueva Mayoría y el jueves 1 tuvieron una reunión para definir la agenda legislativa. ¿Cómo estuvo?

—Fue una reunión muy franca, nos dijimos las cosas por su nombre. Obviamente, esto es un proceso, porque convenir qué vamos a hacer con más de 140 proyectos de ley que hay es complejo. Fuimos acotando criterios, estableciendo prioridades y fue una reunión bastante fructífera.

¿A qué se refiere con que dijeron las cosas por su nombre? ¿Una catarsis? ¿Se retaron mutuamente?

—Obviamente, consensuar proyectos en una coalición amplia, algunos que son sumamente complejos, porque significan transformaciones estructurales, genera tensión. En ese sentido es que digo que nos dijimos las cosas por su nombre. Por ejemplo, frente al tema de la interrupción del embarazo en tres causales, muchos expresaron que era impostergable y otros, con mucha honestidad, dijeron que en esto iban a decretar libertad de conciencia.

¿Y no tiene que ver también con la idea de generar un ambiente de paz para terminar este año?

—El ministro del Interior, incluso, pidió a los partidos acelerar su definición presidencial para no seguir contaminando el ambiente. Digamos que fue una fortuita coincidencia. Durante los dos últimos años se produjo mucha tensión con la coalición, porque el gobierno aprovechó ese cierre de período legislativo para tratar de sacar proyectos que eran muy complicados

Usted estuvo en el gobierno cuando existía la Concertación y era más fácil entenderse con ellos que con la Nueva Mayoría. ¿Por qué esa diferencia?

—Hoy día es muchísimo más difícil que antes. Hay múltiples causas. La más simple: esta es una coalición de mayor diversidad, lo que no es casual, porque es el armado político que se requería para intentar reformas de un mayor calado. Entonces, de una parte tienes que poner de acuerdo a gente más diferente que el pasado y, de otra parte, la resistencia que despiertan las reformas que harás, como son de mayor calado, son mayores también.

¿Lo ha pasado mal en eso?

—Uno al final es un ser humano, pero tiene que tratar de distanciarse un poco, porque esto es política. Es un poquito absurdo esta división entre lo que es personal y es político, porque la vida es una sola y uno también se lo toma… Diría que el gran tranquilizante que nosotros tenemos es que al interior del Ejecutivo y del comité político tenemos mucha amistad y buena onda, entonces de alguna forma, cuando nos pegan afuera, nos contenemos unos con otros.

© PULSO

Marcelo Díaz, cuando salió del gabinete, dijo que había poca lealtad de la Nueva Mayoría hacia al gobierno. ¿Lo ha sentido usted también?

—Eso tiene que ver con la tercera causal, que es lo que muchos denominan parlamentarización de la política. El poder relativo que ha ido adquiriendo cada parlamentario por separado es mucho mayor que el que había antes y eso exige una reflexión respecto de nuestro sistema político. Se están sintiendo ciertas grietas en un sistema muy presidencialista, con parlamentarios que son individuales y muy autónomos, entonces lograr ponerse de acuerdo es realmente muy difícil.

Mirado en retrospectiva, ¿no fue muy ambiciosa la agenda de reformas que se puso el gobierno?

—La Presidenta lo ha señalado con claridad, y yo ahondé en que efectivamente nosotros subestimamos la complejidad técnica y de gestión para hacer tantas reformas simultáneas. Primero tienes que diseñar las reformas, después tienes que ser capaz de gestionarlas políticamente, y al final del día, como decimos con el ministro Valdés, somos más menos los mismos que estamos en todas las cosas, entonces hay una insuficiente capacidad del Estado para hacer muchas cosas a la vez. Subestimamos estas complejidades posiblemente porque la Presidenta tenía tal nivel de aprobación que solo el cielo era el límite.

¿Y cómo ha sido vivir por dentro la caída de la adhesión presidencial, a partir del caso Caval?

—Ha sido muy difícil. El caso Caval implicó una pérdida de popularidad para la Presidenta muy fuerte, y para mi gusto, muy injusta, porque ella no tiene absolutamente nada que ver. Mucha gente la percibió como parte de este sistema en que las reglas son distintas entre las bases y las elites. Yo pongo las manos al fuego por su total probidad, pero ocurrió porque así es la política. Y ¿por qué eso hizo todo más difícil? Porque los regímenes presidenciales funcionan cuando la figura del Presidente es muy popular.

Pero si cae en popularidad, se desarticula el centro de poder.

—Por mi formación economista no puedo sino rendirme a la teoría de los incentivos. Y cuando los incentivos están mal puestos, los comportamientos van a ser disfuncionales. Es una realidad de la política que cuando el Presidente tiene alta popularidad, el costo de desalinearse es alto, y cuando tiene baja popularidad, el costo es cero. O por el contrario. No tengo nada contra los parlamentarios, porque así es el sistema, y al que no lo hace, se lo va a comer el competidor. Es un problema de sobrevivencia.

¿Y no le dieron ganas de irse en el último cambio de gabinete?

— Es que esto no es culpa de nadie. Es culpa de todos que no hemos sido capaces de ir al fondo del asunto. No es tema de deslealtad, es de incentivos, es que el que se porta demasiado bien termina perdiendo la elección.

Y en ese contexto, ¿a qué obedece que aparezcan candidaturas como la de Guillier?

—No voy a hablar sobre candidatos presidenciales. Pero quiero decir que lo que pasa acá no es aislado: el progresismo moderno está viviendo una crisis y eso también le pasa a la Nueva Mayoría. Pasa en Estados Unidos con Hillary Clinton, en UK con el Brexit, o en España con el triunfo de Podemos: los costos de la globalización, que son muy fuertes, no han sido bien absorbidos.

El otro día, Ricardo Lagos dijo que estaba arrepentido de haber creado el CAE y que fue un “error de cálculo garrafal”. ¿Cómo le cayó eso a usted, que era su ministro de Hacienda? 

—Sería de una hipocresía sin nombre que yo deslindara responsabilidad, porque yo estaba en el diseño del sistema. Antes del CAE las familias pedían crédito de consumo al 18% de interés para pagar estudios, una situación dramática, en que te podían rematar hasta el perro. Entonces diseñamos el crédito en que podían pedir plata a una tasa más razonable y contingente al ingreso. 

¿Dónde pudieron estar los errores?

 —En que la tasa era excesiva, segundo, era completamente evitable haber metido a la banca -pero la experiencia de meter al Estado en los créditos era muy mala- y, tercero, que la ley de acreditación se hizo mal y, al final, terminaron endeudados, con los bancos de por medio y con carreras que no le permitían buen acceso al mercado laboral. ¿Se podría haber hecho mejor? Sí. ¿Era mejor que lo que había? También. Mira, después de la batalla son todos generales.

Y ahora que se empieza a despedir de su vida política, ¿qué cosas ha hecho mal en estos años?

—O sea, una cantidad enorme de declaraciones inadecuadas. Tengo una colección.

Más de Pulso

image beaconimage beaconimage beacon