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Ideas para el futuro

logotipo de Pulso Pulso 30-09-2016

El candidato tomó su lápiz a mina, con la punta bien afilada. En un papel comenzó a anotar sus ideas para el discurso de esa noche. El más importante. Por unos segundos puso toda su atención en el ruido que hacía el lápiz mientras escribía. Retrocedió muchos años. Se vio sentado en el colegio, pensando que algún día él sería el hombre del futuro. Su hora había llegado. Subrayó el título y le gustó: Ideas para el País que queremos

“El país que queremos mira al futuro porque sabe que el futuro lo alcanzará. Lo espera y quiere abrazarlo: optimista y confiado, aquí, en  la última esquina del sur del mundo.” Tuvo la duda de incluir la palabra tecnología, que era demasiado importante, pero la pareció muy fría y muy impersonal. Decidió seguir adelante.

“En este país las personas tienen cara, tienen nombre y apellido. No son una masa ni un concepto. Cada uno de ustedes es la suma de una historia y de un sueño. Cada uno de ustedes quiere avanzar, junto a sus familias, en busca de ese sueño. Un sueño que es suyo y de nadie más”. La idea de las personas v/s las masas o los pueblos era importante. Era admirador de Margaret Tatcher, que dijo que al final lo único que queda son los individuos y las familias. Le encontraba razón y quería enfatizarlo.

“Buscaremos que los chilenos desplieguen sus talentos y destapen su creatividad. Que alcancen su potencial y se realicen. Que trabajen en equipo y brinden abrazados por los pequeños y grandes éxitos. Que disfruten de la amistad inquebrantable que se forja en el esfuerzo conjunto. Que lleguen a sus casas con la satisfacción de haber hecho bien las cosas”. El candidato sentía que había que devolver a las personas el orgullo del trabajo bien hecho. Los éxitos, sin importar el tamaño, son importantes y los hacen dignos de reconocimiento. Dejar mil flores aparecer era el camino al desarrollo, a la prosperidad. Y era un camino bonito, que valía la pena recorrer.

“El país que queremos se cansó del rencor y la rabia. Del grito y la piedra. De la envidia. De la mentira de los que repiten frases sin sentido”. Eso lo sentía muy profundamente. En Chile no llora nadie, porque hay puros corazones, decía una cueca que escuchó el último 18. La frase parecía tan poco cierta ahora que se veía rabia por todos lados. Había que rescatar nuestro ADN. La gran mayoría de los chilenos era como decía la canción: Buena leche. Trabajador. Aperrado.

“En el país que queremos los recursos se utilizarán bien. No en compadrazgos ni en pitutos. Chile debe ser generoso con el que ha caído. Lo acoge y lo acompaña. Lo ayuda. Lo levanta. Para eso siempre habrán recursos. Para las frescuras, no”. El candidato ya había vivido bastante y sabía que la vida era dura y casi siempre injusta. Había accidentes, problemas de plata, enfermedades. Ahí debía estar el Estado. Ayudando y ayudando bien, al que lo necesitara. Se acordó de cuando a sus hijos les había dicho que no necesariamente iba a haber igualdad a la hora repartir. Pero que siempre estaría ahí para apoyar al que lo necesitara. Esa era la real igualdad de oportunidades. Esa plata, siempre escasa, no podía malgastarse en burocracia inútil o sobrepagada.

“El Chile que vamos a construir no parte esta noche, es heredero de su historia. No vamos a solucionarlo todo, porque 4 años es poco. Pero les prometo que voy a entregarme por entero, día a día, a la tarea conjunta de avanzar hacia un futuro mejor. Buenas noches. Viva Chile, viva cada uno de ustedes”. Jefferson había puesto en la Constitución norteamericana el derecho a “la búsqueda de la felicidad”. Eso quería decir porque sabía que no estaba garantizada. Él estaba dispuesto a dar cuatro años de su vida para ayudar, ojalá, a algunos a encontrarla. Se acordó entonces de la primera vez que quiso ser Presidente, cuando era muy chico. El candidato dejó el lápiz. Suspiró y miró al cielo por la ventana. Y se sintió bien.

*El autor es panelista del programa Información Privilegiada de Radio Duna.

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