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Inestabilidad y caos en Libia, a cinco a�os de la muerte de Muamar Gadafi

logotipo de Pulso Pulso 21-10-2016 Catalina G�pel

Desafortunadamente Libia cambió para salir de un mal y entrar en otro peor” dijo el coronel retirado del ejército colombiano, Luis Alberto Villamarín, autor del libro ISIS-Estado Islámico, Yihadismo, terrorismo y barbarie. 

Para Villamarín, después de la caída del dictador las armas quedaron en las calles y el país se balcanizó, “salieron a la luz los odios políticos y ambiciones de poder de diversas vertientes” agregó.

Hoy pareciera que la muerte de Muamar Gadafi hace cinco años en Libia marcó solo la caída de otro de los dictadores nacionalistas, como la de Ben Alí en Túnez, y la de Hosni Mubarak en Egipto. Pero en la actualidad resulta realmente difícil hablar de liberación en ese país. En 2011, como signo de lo sucedido, se retomó el uso de la bandera que se había mantenido como oficial hasta la llegada de Gadafi al poder. Pero se evidenciaron los 42 años de autoritarismo, porque no existían cuerpos profesionales capacitados para poner en pie una nueva administración y se hicieron evidentes las diferencias entre las dos grandes regiones del país: Tripolitania y Cirenaica. 

“En estas condiciones el país fue presa fácil de las milicias armadas que contaban con el poder real” señaló Ricardo Marzuca, académico del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile. 

En julio de 2012, Libia celebró elecciones legislativas, lo que para algunos era el mejor indicador de que la situación política del país se enderezaba. Calificadas como transparentes y limpias, fueron insuficientes porque no lograron frenar las fracciones profundas en términos de política e intereses. 

En los meses que siguieron a la constitución de un Congreso Nacional emergieron los problemas latentes. Quedó patente la falta de un consenso para los temas constitucionales, por ejemplo entre islamistas y secularistas, lo que impidió una legitima carta magna. “Todo esto facilitó el encumbramiento de las milicias armadas que se han repartido el país en áreas de influencia, manteniendo un poder central débil y desarticulado, y conduciendo incluso a la fragmentación del cuerpo legislativo” agregó Marzuca.

Tres gobiernos se disputan el poder: uno con base en Trípoli, el Congreso Nacional General (CNG), formado por un grupo de mayoría islamita. Otro en la ciudad de Trobuk, la Cámara de Representantes, que cuenta con el reconocimiento de la comunidad internacional, y el tercero de la ONU, Unidad Nacional, que no cuenta con el apoyo de los dos anteriores. 

Ni democracia, ni derechos

La crudeza en la muerte de Gadafi cuando intentaba burlar el asedio a Sirte en manos de las milicias de Misrata fue fuertemente cuestionada en la época. Y es que el descontento tampoco era universal en esos tiempos, pero lo que más tuvo visibilidad fueron los combatientes arrastrando su cuerpo sin vida e incluso pateándolo.

En Libia hoy el panorama es desolador, la economía sufre y año a año son miles quienes están dispuestos a traficar personas para obtener algo de dinero y escapar del conflicto. 

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en 2015 más del 77% de las muertes de inmigrantes ocurrieron en la ruta central del Mediterráneo, que es usada por los traficantes de personas que operan en la costa de Libia.  

El petróleo sigue siendo la principal fuente de ingresos para el país y al mismo tiempo motor de conflictos producto de intereses propios.

Una de las principales críticas a la intervención de Occidente desde el brote de manifestaciones que comenzaron en 2010 en Túnez como clamor de democracia y derechos sociales, más conocidas como 

Primavera Árabe, fueron las decisiones a corto plazo. 

En Libia desde 2011 “en función de los intereses geoestratégicos y la explotación de los recursos petrolíferos, quedó en evidencia la cercanía de las elites libias con los gobiernos y las compañías petroleras europeas y norteamericanas, lo que ha sido un factor adicional de poca legitimidad frente a la población”, destacó Marzuca. 

Desde entonces la producción ha caído de manera importante, y los libios se enfrentan a un índice de precios sin precedentes. La economía del país se desploma al tiempo que el poder adquisitivo se desvanece -según el FMI se contraerá 3,3% este año- y los alimentos enfrentan un alza superior al 30%. Los campos petroleros logran producir la quinta parte de su capacidad, en promedio 335 mil barriles por día en el primer semestre. Todos estos factores han provocado “una economía atrapada en la recesión desde 2013”, según el Banco Mundial. Las pérdidas acumuladas en términos de ingresos están estimadas en más de US$100.000 millones y se cree que no se recuperarán de aquí a 2020. 

El conflicto que no desaparece

Hace unos días Washington confirmó la presencia de tropas estadounidenses en territorio libio, según el Pentágono una de las principales motivaciones era ayudar a las fuerzas del Consejo Nacional de Transición (CNT), por su parte el parlamento libio criticó la intervención de EEUU. 

“La mayor parte de los acontecimientos de la Primavera Árabe fueron el resultado de las acciones de las personas en los países respectivos” indicó John Feffer, director de política exterior del Institute for Policy Studies de Washington DC.

Feffer reconoce que Occidente ha estado presente militarmente en Libia desde esos años, pero dijo que “si no hubiera intervenido, Libia se vería como Siria con una guerra civil importante y una presencia más significativa de ISIS”. Y por estos días ese conflicto se ha agudizado, ya que mientras Libia vive las penumbras del fracaso sin Gadafi, el ejército de Siria busca derribar a todo avión de combate que viole a su espacio aéreo, lo que demuestra que la actualidad ofensiva tanto en ese país como en Irak no va a destruir a ISIS tan pronto como se soñó en algún minuto.

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