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La salida para Brasil

logotipo de Pulso Pulso 08-09-2016

Con la ex Presidenta brasileña Dilma Rousseff ya destituida, el nuevo Gobierno del Presidente Michel Temer debe solucionar el desorden macroeconómico. ¿Puede el Gobierno de Temer salvar a una economía brasileña que se desmorona? La situación es ciertamente desesperada. De hecho, Brasil ha estado experimentando últimamente la contracción económica más poderosa de su historia reciente. Su PIB per cápita será más del 10% menor este año que en 2013 y el desempleo se ha disparado a más del 11%, cuatro puntos más que en enero de 2015.

Brasil carece de una vía fácil de recuperación por un motivo sencillo: el problema deriva de la intensificación en los últimos años de vulnerabilidades económicas de larga data, en especial, el derroche fiscal y el anémico crecimiento de la productividad.

Consideremos la posición fiscal brasileña, que se ha deteriorado rápidamente desde 2011: un superávit primario de 3,1% del PIB dio lugar a un déficit de más del 2,7%; eso llevó a un déficit presupuestario general cercano a 10% del PIB. De hecho, las causas de ese deterioro fueron creadas hace mucho tiempo. La participación del gasto primario del Gobierno en el PIB pasó de 22% en 1991 a 36% en 2014. Gran parte de ese gasto puede ser explicado por el compromiso para atacar la pobreza endémica -un esfuerzo que incluyó, entre otras cosas, al mayor programa de transferencias condicionadas de efectivo del mundo- sin reducir los privilegios que disfrutan los ciudadanos en mejor situación.

Durante algún tiempo, el Gobierno fue capaz de financiar el aumento del gasto con la recaudación fiscal, que también subió gracias a los impuestos sobre el mayor consumo y la formalización del mercado de trabajo. Los elevados precios de las materias primas ayudaron a sostener un crecimiento cercano a 4,5% anual entre 2003 y 2010, que también reforzó los ingresos gubernamentales.

Pero, por supuesto, la fuerza de trabajo formal no puede ampliarse indefinidamente y los precios de las materias primas siempre caen en algún momento. Desafortunadamente, Brasil no logró aprovechar esa buena época para aumentar su productividad. De hecho, sólo 10% del crecimiento del PIB entre 2002 y 2014 puede atribuirse a aumentos de la productividad total de los factores, mientras que dos tercios fueron resultado del ingreso a la fuerza laboral de trabajadores ligeramente más capacitados. Cuando finalmente colapsó el impulso a los ingresos fiscales brasileños, los aumentos del gasto público aprobados por ley rápidamente llevaron a Brasil a un precipicio fiscal.

Hoy las políticas anticíclicas no son una opción, ya que sencillamente no se cuenta con suficiente margen fiscal ni monetario. Esto deja al Gobierno con una única opción real para devolver la confianza a los negocios y estimular el crecimiento económico: abordar las debilidades estructurales.

La buena noticia es que el Gobierno de Temer parece reconocer este imperativo y ya ha propuesto al Congreso una enmienda constitucional que prohíbe durante los próximos 20 años los aumentos anuales nominales en el gasto público, incluido el nivel subnacional, que superen la tasa inflacionaria del año anterior.

Siempre que la inflación se estabilice en algún nivel inferior, ese límite llevaría a que la participación del gasto público en el PIB se reduzca en cuanto la economía comience a crecer de nuevo. Si los aumentos en los ingresos fiscales acompañan el crecimiento del PIB, se atenderá automáticamente a los desequilibrios fiscales y la acumulación de la deuda pública. En un momento en que Brasil cuenta con poca flexibilidad presupuestaria, una norma de ese tipo podría revolucionar el juego fiscal.

Por supuesto, un límite a la subida del gasto no elimina por sí solo la necesidad de atender a las rigideces presupuestarias existentes. El Gobierno declaró su intención de presentar al Congreso un plan de reforma jubilatoria exactamente por este motivo.

En cuanto a la productividad, el Gobierno se está centrando en reducir las pérdidas causadas por la insuficiente construcción de infraestructura en las últimas décadas. Aumentar la escala de la inversión en infraestructura también promete impulsar al sector privado en otros sectores. La clave será la sintonía fina en la división de responsabilidades entre el sector privado y el público -incluidas las agencias regulatorias independientes- en los distintos segmentos de los servicios de infraestructura.

El Gobierno también espera aprovechar la inversión en capital humano para aumentar la productividad. Al momento, las empresas privadas invierten menos en la capacitación de personal que las de otros países con ingresos per cápita similares; esto se debe en gran medida a los desincentivos incorporados en las leyes fiscales y laborales (que el Gobierno ha propuesto modificar).

Para maximizar el impacto de estos esfuerzos, el Gobierno también debe centrarse en reducir las pérdidas del sector privado causadas por otros problemas dentro del entorno empresarial. El uso más eficiente de los recursos humanos y materiales haría que las empresas sean más competitivas e impulsaría la productividad total de los factores, especialmente si se amplía el capital humano. Si a esos esfuerzos sumamos actividades para facilitar el comercio exterior, el “espíritu animal” del emprendimiento podría desatarse y permitir que Brasil escape de la crisis y avance hacia un futuro más próspero.

*El autor es ex secretario de Estado de Asuntos Internacionales del Ministerio de Finanzas de Brasil y miembro de la junta del Banco Mundial para Brasil, Colombia, República Dominicana, et al. Copyright: Project Syndicate, 2016.

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