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Lo que la economía de EEUU necesita de Trump

logotipo de Pulso Pulso 15-11-2016

La impresionante victoria de Donald Trump en la elección presidencial de Estados Unidos ha dejado una cosa bastante clara: demasiados estadounidenses -particularmente hombres blancos- se sienten dejados de lado. No es sólo una sensación; muchos estadounidenses realmente se han quedado atrás. Puede verse en las cifras y en su ira. Y, como he argumentado repetidas veces, un sistema económico que “no cumple” para amplias partes de la población es un sistema económico fallido. Entonces, ¿qué hará el Presidente electo Trump al respecto?

Durante el último tercio de siglo, las reglas del sistema económico estadounidense se han reescrito de manera que sirven a unos pocos en la cima, mientras perjudican a la economía como un todo, y especialmente al 80% de más abajo. La ironía de la victoria de Trump es que fue el Partido Republicano que ahora él lidera el que impulsó una extrema globalización y contra el marco político que habría mitigado el trauma asociado a esta. Pero la historia importa: China e India ahora están integradas en la economía global. Además, la tecnología ha avanzado tan rápido que el número de empleos a nivel global en la manufactura está cayendo.

La implicancia es que no hay manera de que Trump devuelva a EEUU una cantidad significativa de empleos manufactureros bien pagados. Él puede llevar de regreso a EEUU la manufactura, a través de manufactura avanzada, pero habrá pocos empleos. Y él puede llevar de vuelta los empleos, pero serán de bajos salarios, no los de altos salarios de los años 50.

Si las intenciones de Trump sobre combatir la desigualdad son serias, él debe reescribir las reglas, de manera que sirvan a toda la sociedad, no sólo a la gente como él. El primer orden de negocios es impulsar la inversión, restaurando un crecimiento robusto de largo plazo. Específicamente, Trump debería enfatizar el gasto en infraestructura e investigación. De manera chocante, para un país cuyo éxito económico se basa en la innovación tecnológica, la parte del PIB dedicada a inversión en investigación básica es hoy menor que hace medio siglo.

La mejor infraestructura permitiría mejorar los retornos de la inversión privada, que también ha quedado atrás. Asegurar un mayor acceso financiero para las pequeñas y medianas empresas, incluyendo aquellas encabezadas por mujeres, también estimularía la inversión privada. Un impuesto al carbono proveería un triple bienestar: mayor crecimiento a medida que las empresas buscan reflejar el mayor costo de las emisiones de dióxido de carbono; un ambiente más limpio; e ingresos que podrían usarse para financiar infraestructura y esfuerzos directos para reducir la brecha económica en EEUU. Pero, dada la posición de Trump, quien reniega del cambio climático, es poco probable que tome ventaja de esto, lo cual podría también inducir al mundo a empezar a imponer aranceles contra productos fabricados en EEUU de formas que violen las reglas del cambio climático global.

Un enfoque integral también es necesario para mejorar la distribución de ingresos de EEUU, que es una de las peores entre las economías avanzadas. Si bien Trump ha prometido elevar el salario mínimo, es poco probable que realice otros cambios críticos, como fortalecer los derechos de negociación colectiva y poder de negociación, y restringir la compensación de los gerentes generales.

La reforma regulatoria debe moverse más allá de limitar el daño que el sector financiero puede hacer, y asegurar que este sector genuinamente sirva a la sociedad.

En abril, el consejo de asesores económicos del Presidente Barack Obama publicó un informe mostrando la creciente concentración de mercado en muchos sectores. Eso significa menos competencia y precios más altos, así como una manera de reducir los ingresos reales directamente reduciendo los salarios. EEUU necesita hacer frente a estas concentraciones de poder de mercado, incluyendo las nuevas manifestaciones de la llamada economía compartida.

El sistema tributario regresivo de EEUU, que alimenta la desigualdad ayudando a los ricos a hacerse más ricos, también debe reformarse. Un objetivo lógico debería ser eliminar el tratamiento especial a las ganancias de capital y dividendos. Otro es asegurar que las empresas paguen impuestos, quizá reduciendo la tasa de impuesto a las empresas que inviertan y creen trabajos en EEUU, y elevándola para aquellas que no lo hagan. Como un gran beneficiario de este sistema, sin embargo, los compromisos de Trump de realizar reformas que beneficien a los estadounidenses comunes y corrientes no son creíbles; como siempre pasa con los republicanos, los cambios en los impuestos beneficiarán ampliamente a los ricos.

Trump probablemente también fracasará en mejorar la igualdad de oportunidades. Asegurar la educación preescolar para todos e invertir más en escuelas públicas es esencial si EEUU busca evitar transformarse en un país neo-feudal, donde las ventajas y desventajas pasen de generación en generación. Pero Trump ha estado prácticamente silencioso sobre este tema.

Restaurar la prosperidad compartida requerirá de políticas que expandan el acceso a la vivienda y salud accesibles, que aseguren la jubilación con un mínimo de dignidad y permitan a todos los estadounidenses, sin importar su riqueza familiar, recibir una educación post secundaria de acuerdo con sus capacidades e intereses. Pero si bien puedo ver a Trump, un magnate inmobiliario, apoyando un gran programa de vivienda (con la mayor parte de los beneficios para la industria inmobiliaria, de la cual él es parte), su promesa de revertir la Ley de Salud Accesible (Obamacare) dejaría a millones de estadounidenses sin seguro de salud. Justo después de la elección, sugirió que se movería de manera cautelosa en esta materia.

Los problemas que representan los estadounidenses marginados –resultado de décadas de negligencia- no se resolverán rápidamente o con herramientas convencionales. Una estrategia eficaz deberá considerar más soluciones no convencionales, que los empresarios republicanos probablemente no favorecerán. Por ejemplo, podría permitirse a las personas incrementar su seguro de jubilación poniendo más dinero en sus cuentas de Seguro Social, con incrementos en los beneficios de pensiones. Y la familia y políticas de licencias por enfermedad ayudarían a los estadounidenses a alcanzar un equilibrio de vida/trabajo menos estresante.

Asimismo, una opción pública para el financiamiento inmobiliario podría permitir a todos quienes hayan pagado sus impuestos de manera regular con un pie de 20% en su crédito hipotecario, pagar proporcionalmente con su capacidad de pagar la deuda, a una tasa de interés un poco superior a la que el Gobierno puede endeudarse y pagar su propia deuda. Los pagos serían canalizados a través del sistema de impuesto a los ingresos.

Mucho ha cambiado desde que el Presidente Ronald Reagan empezó a vaciar los bolsillos de la clase media y distorsionar los beneficios del crecimiento a aquellos en la cima, y las políticas e instituciones estadounidenses no han mantenido el ritmo. Desde el rol de la mujer en la fuerza laboral al auge de internet para incrementar la diversidad cultural, EEUU del siglo XXI es fundamentalmente diferente del EEUU de los 80.

Si Trump realmente quiere ayudar a aquellos que han quedado atrás, debe ir más allá de las batallas ideológicas del pasado. La agenda que he descrito no es sólo acerca de la economía: se trata de nutrir una sociedad dinámica, abierta y justa que cumpla la promesa de los valores más preciados de los estadounidenses. Si bien es, de cierta forma, consistente con las promesas de campaña de Trump, en muchas otras formas es la antítesis.

Mi bola de cristal bastante borrosa muestra que las reglas se reescribirán, pero no para corregir graves errores de la revolución de Reagan, un hito que dejó a muchos atrás. En cambio, las nuevas reglas empeorarán la situación, excluyendo incluso a más gente del sueño americano.

*El autor es Premio Nobel de Economía, profesor Universidad de Columbia y economista jefe Roosevelt Institute. Copyright: Project Syndicate, 2016.

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