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Los modelos que nos modelan

logotipo de Pulso Pulso 09-08-2016

SI ES CIERTO que “los seres humanos vemos lo que esperamos ver” (Kurtzweil, 2012), entonces el proceso de convencernos sobre una idea que funciona o sobre las garantías de un probado modelo de éxito, pasa a ser el equivalente a un virus informático: un programa que busca alterar el funcionamiento de un sistema sin el conocimiento o conciencia del usuario. Es decir, los seres humanos estamos preparados para ver solo aquello que tenemos incorporado en nuestra mente consciente o hard wired en nuestro inconsciente, como comentamos con Hannaford (2010) en encuentros recientes.

En su trabajo “How to create a mind”, Kurtzweil demuestra (basado en sus estudios) que los seres humanos “comienzan implementando sus decisiones incluso antes de ser conscientes de haberlas tomado”, lo que se refuerza en los trabajos de Arieli (2012), quien informa que “la conciencia llega siempre tarde a la fiesta de las decisiones”. Esto manifiesta un sistema de relación de pensamientos y pre-conceptos que modelan (o implementa en forma potencial) nuestras decisiones sobre el mundo que nos rodea y que -parafraseando a Einstein- nos esforzamos por expresar en ideas, pensamientos, palabras y hechos concretos.

Pero esto no implica que seamos víctimas de nuestros modelos mentales, tan solo es un alerta para ser más conscientes (trabajar desde el Awareness como propone Melnick) de las decisiones que tomamos, a partir de las creencias que están en la arquitectura de los supuestos y modelos mentales que tenemos cableados, o que por pereza hemos dejado que otros cableen por nosotros (muy importante fenómeno en estos momentos en que la síntesis distractiva y adictiva de los medios electrónicos personales se roba la ya disminuida atención de las masas).

Consideremos en primer término el modo en que según la neurociencia se organizan en general nuestros recuerdos y pensamientos: ordenamos en forma secuencial y en regla (se accede a ellos en el mismo orden en que se recuerda), almacenamos en forma de secuencias de patrones (no hay imágenes, videos o sonidos almacenados como tales en el cerebro, sino secuencias de patrones que interconectamos y llamamos en forma generalmente consciente), reconocemos patrones (incluso si no están completos, exactamente representados o claramente percibidos), nuestra experiencia de percepción es alterada por nuestras interpretaciones y constantemente predecimos el futuro y hacemos hipótesis sobre lo que vamos a experimentar (expectativas que influyen lo que en efecto percibimos).

UN MODELO se entiende como una representación de fenómenos, sistemas o procesos, con el fin de analizarlos, describirlos o explicarlos, aun cuando podemos agregar a esta definición clásica, el elemento de condicionamiento de la visión de quienes han asumido dicha idea modelada del mundo, es decir, que en la esencia del modelo también se puede filtrar una posibilidad de distorsión o explicación interesada de la realidad. El modelo en general busca explorar, controlar y predecir los fenómenos o procesos. Lo que buscamos es determinar un resultado (output) a partir de los datos de entrada (input).

En cuanto a las distorsiones que los modelos suponen en las tomas de decisiones, están aquellas relacionadas por ejemplo con las falacias ad pupulum o estructuras de razonamientos engañosos que escuchamos en forma reiterada en el desagradable reverberar del eco político sobre “las ventajas que el modelo ha supuesto para la mayoría de los países desarrollados”, o como “todo el mundo conoce la experiencia de países modelo de éxito, tales como…”.

Sobran los casos donde se reiteran argumentos sobre modelos que realmente no han sido acabadamente estudiados para las condiciones de contextos locales, y de cuya implementación se suponen derivadas de bienestar social que no solo pueden ser lejanas, sino incluso imposibles para las generaciones contemporáneas de las naciones (por ejemplo, como ocurre en el caso del modelo educativo de gratuidad planteado por el Gobierno chileno).

En ocasiones el modelo no es el problema en sí mismo, sino la falta de conocimiento de la realidad y contexto en que será aplicado (¿a alguien le cabe alguna duda que quien diseñó el Transantiago no era usuario de locomoción colectiva?), o bien la desmesura se orienta al logro de la meta y el objetivo, al margen del resultado en la realidad en que será aplicado (algo así como esperar a que “la realidad sea la que se adapte al modelo”).

Situaciones similares ocurren con los llamados “modelos de moda” en el ámbito de los negocios (Johannsen, 2000), pues ha sido recurrente que los modelos de gestión que se han puesto de moda en Occidente arrasan no solo en librerías (para beneficio editorial y de los autores), sino también en el ámbito de la consultoría (para beneficio de la facturación de los consultores y, eventualmente, para beneficio de sus clientes).

Estas ideas basadas en que la “popularidad” de un modelo es condición suficiente para su éxito o buen desempeño, no solo inician mal ya desde el supuesto éxito de tal modelo basado en su quizá inexistente validez colectiva, sino además nos violentan con el argumento de “tanta gente no puede estar equivocada”, lo que acompañado de un cóctel de encuestas y estadísticas bien escogidas, intentan embriagar a los auditorios de turno (que de tanto en tanto, bien esperan merecidamente con la boca bien abierta sus dosis de índices, anulares y pulgares danzando en sus entrañas).

*El autor es socio director, EBS Consulting Group, y autor y consultor internacional (fj.garrido@ebscg.com).

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