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Los por qué del fracaso del oficialismo y la democracia chilena

logotipo de Pulso Pulso 24-10-2016

La elección municipal deja algunas conclusiones bastante claras, no muy alentadoras para nuestra democracia y que expresan la desconexión entre votantes y representantes políticos:

1. El porcentaje de participación (muy por debajo del umbral del 40% proyectado, y muy inferior a elecciones de 1960 y 2012 ambas con voto voluntario), es proporcional a valoración que hacen los chilenos de las instituciones políticas vinculadas a este proceso electoral. Esto es, el sistema de partidos y coaliciones políticas directamente involucrados en esta elección. Una concurrencia más que alarmante considerando que si bien las municipales tienden a concitar una participación más baja que las parlamentarias y presidenciales (simultáneas), son el espacio al que una población cada vez más desideologizada, pragmática y transaccional, debiera otorgar especial relevancia de cara a satisfacer sus aspiraciones materiales inmediatas, locales, del día a día. Un nivel de desafección como el evidenciado, actúa además como auto-reflejo de una opinión pública vaciada de expectativas, incrédula y eventualmente indiferente a la aparición o consolidación de liderazgos añejos o impredecibles. Esto es, caudillos del orden, nostálgicos, cuyo único gran mérito sería el reinstaurar un marco de certeza, o bien un set liderazgos populistas, a la larga nocivos para sus intereses particulares y colectivos.

2. Más allá del triunfo de los candidatos a fines a Chile Vamos en comunas emblemáticas, lo cierto es que el porcentaje de votos totales obtenidos por los partidos de las dos principales coaliciones, también es preocupante. No sólo a nivel porcentual sobre el total de votos posibles dado el padrón actual. Pero también porque más allá del triunfo de opciones frescas y revitalizantes como Sharp en Valparaíso, su pérdida frente a opciones independientes carismáticas cuyo discurso se distancia claramente del sistema representativo vigente, no necesariamente implica una ganancia para nuestra democracia.

3. Un porcentaje importante del precario voto conseguido por los principales partidos es, en la mayoría de casos, un voto sustentado en un personalismo político y no en afinidades ideológicas o endosos partidistas (si bien algunos triunfos clave estén radicados en Chile Vamos). Tal como lo pudieron comprobar diversas cartas emblemáticas como Tohá en Santiago, Molina en Ñuñoa o Castro en Valparaíso, esta elección mide fundamentalmente gestión o características personales y habilidades percibidas en los candidatos para enfrentar la gestión municipal (incluida, en el caso de los alcaldes a reelección, su capacidad para dar a conocer su obra antes que descalificar innecesariamente al contrincante o centrarse en polémicas ajenas a la mera gestión).

4. Es sintomático que en algunas de las comunas con peores índices educativos y de pobreza en zonas urbanas (como Cerro Navia o Conchalí) o en rurales y/o regionales (como Victoria, Traiguén, Palena, Coelemu, Saavedra, María Elena, La Unión, o Río Claro), un alto porcentaje de votación en alcaldes o concejales vaya a candidatos independientes. Aquí se puede concluir tres cosas: la demanda por necesidades materiales acuciantes como una educación o salud de calidad cobra centralidad a la hora de elegir a la máxima autoridad municipal; dicha demanda no ha sido satisfecha por parte del sistema de partidos tradicional en las comunas de GSE medio y bajo; esto obliga a los votantes a buscar opciones fuera del eje Oficialismo-Chile Vamos o excluirse de participar en un proceso monopolizado por partidos que carecen de propuestas para mejorar la educación municipal (u otros problemas igual de importantes como la calidad de los servicios de atención primaria en salud, seguridad, microtráfico, entre otros).

5. La desconexión o falta de compromiso con las ideas, temas y distritos donde se juega la desigualdad, también alcanza a dirigentes tan emblemáticos como el ex Presidente Lagos, quienes antes de atender a esta realidad, ponen el foco en una reposición o vuelta del voto obligatorio, y de paso profundizan el problema evidenciado. Esta mirada supone tergiversar el concepto de responsabilidad cívica, validar los paternalismos y menospreciar el valor de la libertad. Es decir, endosar una responsabilidad en la debacle participativa a la ciudadanía, antes que en la responsabilidad que le compete al sistema político a la hora de repensar un ideario, estrategias, discursos y acciones para reencantar a una base de votantes insatisfechos. 

Por todas estas razones, las elecciones Municipales 2016 no sólo evidencian la derrota de la Nueva Mayoría. Sobre todo, constituyen el escenario de la derrota de la democracia chilena y su soberano, una ciudadanía que sigue esperando con ansiedad una mejora sustancial y permanente de sus condiciones de vida. 

*Director master en Comunicación Estratégica. Universidad Adolfo Ibáñez.

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