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Marichiweu

logotipo de Pulso Pulso 10-01-2017

La tarea encomendada por el director del periódico era desafiante: compartir, sin más registro que el de mis sentidos, con las familias y comunidades de mapuches que ese verano hacían noticia por sus ataques a empresas forestales y fundos en la comuna de Victoria.

Fueron dos semanas que no olvidaré. Al llegar a la frontera de la primera comunidad -debidamente vigilada con palos y armas de fuego- se me negó el acceso por ser huinca; un extraño. Hubo un disparo al aire en señal indudable de despedida.

En la segunda comunidad, tuve más suerte. Llegué en el momento en que los hombres se reunían en un derruido galpón mientras las mujeres preparaban la comida y los niños eran adiestrados a lanzar piedras con sus hondas. Domingo tenía no más diez años y era capaz de lanzar una roca -que yo, sin poco esfuerzo, podía sostener con una mano- y romper la corteza de un árbol plantado a buena distancia.

Cuando los hombres adultos se percataron de mi presencia actuaron con violencia. Me maniataron, vendaron los ojos y me llevaron frente al lonko, que estaba rodeado de los suyos en lo que alguna vez habría sido un granero.

Hubo un interrogatorio que rozó lo absurdo. Bastó que llamara desde el celular a mi madre y dijera un par de chilenismos para que literalmente se me descartara como “agente de la inteligencia americana” que por esos días, decían, buscaban etarras infiltrados que estuvieran dando formación paramilitar.

“Dejado en libertad”, entablé una larga conversación con el lonko a quien caí en gracia, probablemente por lo pálido y tembloroso que me tenía la situación pese a la cantidad ingente de chicha que compartimos. Finalmente fui invitado a pasar la noche pues al día siguiente habría una “incursión”.

A primera hora de la mañana vi cómo el lonko y un colaborador suyo con quien nunca hablé pero que no parecía ser natural del lugar, iban dando instrucciones para atacar los camiones forestales… Primero había que romper los espejos retrovisores, luego el parabrisas, a continuación bajar al camionero y prender fuego al vehículo utilizando su propia gasolina. Si el caso lo ameritaba, debía golpearse al camionero con la instrucción explícita de no llegar al límite de que perdiera la conciencia. Fueron órdenes, junto a otras, debidamente meditadas. La escena fue para mí señal inequívoca de que se recibía ayuda “profesional” para las escaramuzas.

Ese día fue un “mal día para la causa”: se quemaron dos camiones y por la tarde hubo un tibio enfrentamiento a balazos con los carabineros de uno de los retenes de Malleco, con quienes luego pasaría tres días.

Conviviendo con los uniformados pude ver chilenos orgullosos de sus raíces mapuches, desconcertados con el día a día y con una permanente sensación de estar con las manos atadas…

Todo lo anterior ocurrió hace exactamente 16 años. Cuatro gobiernos de diversos colores han pasado por La Moneda y, en diverso grado, cada uno de ellos ha preferido mirar para otro lado.

*El autor es académico Universidad de los Andes (@albertopedro).

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