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Muerte líquida

logotipo de Pulso Pulso 29-11-2016

Un problema actual, aunque poco masticado, es cuando mueren hombres de la talla de Fidel Castro en esta “modernidad líquida”, tal como la llama certeramente Sygmunt Bauman. Y es que más allá del relativo pero socialmente dogmático “no hay muerto malo”, que deje de existir un protagonista de la historia universal en tiempos en que lo que más importa es el estado de Facebook y la última foto en Instagram es un inconveniente que puede traer más entuertos que alivios.

Hoy, la aproximación más común hacia los sucesos de la actualidad es el consumo de episodios que poco interesa si están conectados unos con otros. Vivimos -más bien, transitamos- en un timeline de Twitter, abandonando una narrativa lineal que hilvane todo suceso, para que este tenga sentido biográfico y/o histórico.

Por lo mismo, nada más peligroso que abordar el legado de Fidel Castro desde la perspectiva de quienes en su vida sólo han visto que los villanos son curiosos agentes de Hydra o criaturas que provienen de otras dimensiones. Esos, son los mismos que tras la muerte de Hugo Chávez aseguraban un futuro prometedor para Venezuela y hoy dicen que se abre una rendija de libertad en la isla caribeña.

Esto no se trata de que sólo los “ancianos” puedan opinar. No hace falta haber vivido el último golpe militar en nuestro país, haber visto al mundo dividido en dos por un muro físico y cientos de muros ideológicos o haber presenciado en vivo el desplome de las Torres Gemelas. Pero sí es condición que cada suceso importante sepamos leerlo con perspectiva, madurez y responsabilidad.

El dictador cubano puede levantar trending topics de afecto en una sociedad en la que predomina una orfandad de liderazgos especialmente políticos, pero no puede confundir a nuestros adolescentes -biológicos e intelectuales- creando un ícono tan atractivo pero irreal como el del Che Guevara. Son las caricaturizaciones que permite una cultura líquida, sin orientación.

Fidel Castro jugó un rol clave en la historia mundial, instauró una dictadura comunista en Occidente que -no hay que confundir- ha perdurado en el tiempo, pero está lejos de ser exitosa. De hecho, todo lo contrario. Fue desde temprano un megalómano que creía venir a dar respuesta a una necesidad mesiánica de su pueblo y eso lo llevó a cristalizar su poder mientras el resto del planeta seguía girando.

Coincidencia digna de tragedia griega, Castro murió el mismo día del natalicio de Augusto Pinochet, otra figura icónica que como país hemos fallado en colocar en su lugar; y es que con demasiada facilidad subimos a los difuntos en un altar o los enviamos sin miramientos al infierno, cuando antes que todo deberíamos mantenerlos vivos en nuestra mente colectiva para no repetir las circunstancias nefastas que pudieron haber hecho necesaria y urgente su aparición.

La muerte de cualquier sujeto exige un análisis sólido, difícil -¿imposible?- de alcanzar entre tanta liquidez.

*El autor es académico Universidad de los Andes (@albertopedro).

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