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Ni capital humano ni colaboradores: personas

logotipo de Pulso Pulso 28-11-2016

Elegir la palabra adecuada es una decisión crítica en disciplinas como comunicación, marketing y política. Cada palabra, más allá de su significado literal, posee un contenido emocional asociado a su contexto, que resulta determinante para transmitir apropiadamente un mensaje. En este sentido, al analizar reestructuraciones, una discusión creciente que vemos en las compañías en Chile hoy es cómo denominar a las áreas de “recursos humanos” y, por extensión, a su fuerza de trabajo. Y si bien esta puede parecer una discusión trivial, la elección posee por detrás una lógica de pensamiento sobre lo que representan las personas en cada organización.

Una de las acepciones más comúnmente utilizadas hoy día es la de “colaborador”. A las compañías les encanta hablar de los “cientos o miles de colaboradores” que poseen. Sin embargo, no conozco ninguna compañía donde las personas estén allí para colaborar. Están allí para trabajar y contribuir a la compañía.

Tampoco son todos “empleados”. Dada la dinámica de las relaciones laborales de hoy, muchas de las personas que trabajan en una empresa no son empleados a tiempo completo, ni mantienen las mismas condiciones laborales. Así, esta denominación tampoco funciona.

Una forma más moderna es hablar del “capital humano”, la cual tiene dos problemas importantes. Por un lado, hablar de “capital” posee una connotación de activo transable, el cual se compra y se vende -nada más lejos de la realidad-. Por otro lado, esta definición aglutina al conjunto de personas en una unidad fija y estancada; muy lejos de la visión moderna del management organizacional, donde el reconocimiento individual de las personas es crítico.

A falta de mejores sustantivos, muchas veces las compañías hablan de sus “funcionarios”. Y si bien técnicamente esta es una visión correcta (“cada uno tiene aquí su función”), esta denominación se enfoca en la tarea específica que cada persona realiza, reforzando muchas veces la visión “en silos” de las funciones que cada uno utiliza. Además, a nivel global esta denominación está crecientemente siendo utilizada para diferenciar a empleados de organismos públicos.

Finalmente, una última moda es hablar en forma genérica de los “talentos”. Referirse a toda la organización como talento puede, de alguna forma, mejorar la autoestima de las personas. Pero, al mismo tiempo, dificulta la visión de que cada persona posee un desempeño diferente y, potencialmente, talentos específicos que no necesariamente son comunes en la organización.

¿Entonces cómo llamar a este conjunto de personas que destinan un gran esfuerzo y una parte importante de su tiempo a trabajar en nuestras compañías?

Todas las denominaciones que discutimos hasta aquí, y muchas otras que surgen en el mercado día a día, no hacen más que crear escudos, sustantivos asépticos o políticamente correctos que nos distancian de lo que realmente estamos hablando: personas. Personas con habilidades, emociones, valores, actitudes y expectativas individuales. Personas que de alguna forma escogen todos los días invertir su futuro en las organizaciones que eligen.

No hay duda que en el mundo de hoy, más que nunca, las personas son las que hacen la diferencia en el éxito de una organización. Nunca en la historia existió mayor facilidad para conseguir capital, tecnología, acceso a información o know-how. Así, la invitación es que al pensar en la estrategia corporativa, en una transformación organizacional o simplemente en la comunicación, no nos escudemos frente a frases hechas y reflexionemos sobre lo que realmente estamos hablando. No es capital humano, no son colaboradores, no son funcionarios y mucho menos son todos talentos. Son personas, con todas las letras y con todo lo que esto significa.

*El autor es director de Strategy& (ex Booz & Company), una firma de la red PwC.

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