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No menos AFP

logotipo de Pulso Pulso 08-09-2016

La calidad de las pensiones ha movilizado a una cantidad importante de personas, con una demanda legítima y comprensible: la posibilidad de tener una vida digna en la vejez; que sea una etapa de paz y no como es para muchos compatriotas, que sufren el agobio de la falta de recursos.

La percepción de los efectos del problema es bastante compartida, no así cuáles son sus causas y soluciones. Esto no es extraño, porque es muy complejo; tanto, que ningún país lo ha podido resolver verdaderamente, de una forma satisfactoria para los pensionados, sostenible en el tiempo y sin que sea una carga fiscal que impida atender otras necesidades importantes.

¿Las AFP son parte del problema o de la solución? Quienes aparecen como dirigentes de las marchas sostienen que ellas son el problema, por eso su llamado es a terminar con las administradoras y con la capitalización individual. Plantean volver al régimen de reparto, en que los trabajadores aporten a un fondo común, del cual se paguen las pensiones.

¿Por qué el sistema fracasó? Porque -nos dicen- no se hace cargo de la realidad, cual es que las personas tienen muchos períodos de inactividad y si el resultado es objetivamente insatisfactorio hay que cambiarlo. La capitalización individual no sería compatible con nuestro mercado laboral; además, la administración de los fondos es cara.

Un dato compartido por todos es que el ahorro previsional es insuficiente, punto de partida común importante, porque de él se desprenden dos opciones claras: ahorrar más o repartir de otra manera. Nuestra experiencia pasada y la internacional es reiterada y consistente en demostrar que el reparto desde un fondo común es muy mala opción. Así también, cualquier comparación demuestra que el costo de administración que cobran las AFP es razonable, bastante menor al promedio de los países OCDE.

Cuando todos aportan a un pozo común se pierde la titularidad del ahorro y los trabajadores carecen de un real incentivo a contribuir, porque los beneficios están definidos; el cambio demográfico -cada vez hay más pensionados en relación con los trabajadores activos- es una bomba de tiempo que hace colapsar el sistema, provocando las crisis fiscales que tantas veces hemos visto.

Por último, entrega a la autoridad política la capacidad de definir en qué condiciones se pensionan los trabajadores, en función de criterios distintos a su contribución de ahorro, lo que activa todo tipo de grupos de presión. A primera vista la lógica del reparto parece solidaria y justa, pero en la práctica termina siendo una lucha de poder, generalmente resuelta de forma arbitraria e injusta.

Lo anterior no contradice que el sistema de pensiones debe tener un componente de solidaridad, pero esa solidaridad tiene que enfocarse en los que más la necesitan, para que sea justa, y debe organizarse de una manera que sea eficiente en la asignación de los recursos, para que sea sostenible.

Se ha planteado que esta solidaridad legitimaría el modelo de AFP y podría hacerse con la creación de un pilar en que se redistribuya, total o parcialmente, una nueva cotización que sería de cargo del empleador. Compartimos que es necesario aumentar el componente solidario de nuestro sistema, no tenemos duda, pero es legítimo preguntarse si redistribuir cotizaciones es la más justa y mejor manera de hacerlo. Sin dogmatismo, ni prejuicios, creemos que no.

No es la manera más justa, porque el apoyo a los más necesitados es una obligación de la sociedad en su conjunto y no de un grupo particular, al que se haría cargar con una parte desproporcionada del esfuerzo. Para los más ricos la cotización es un monto relativamente irrelevante o derechamente no cotizan; para el gran segmento de trabajadores clase media, en cambio, es una parte muy importante y sensible de su remuneración que, aunque se estime que no sale de su patrimonio, dejará de incrementar su pensión. Tampoco está claro cómo se aplicaría, bajo una lógica de equidad, en el caso de los independientes, que no tienen empleador.

Enfrentar el problema de las bajas pensiones, en un mercado laboral relativamente inestable y con el aumento en la esperanza de vida, requiere orientar todos los esfuerzos hacia el objetivo de incrementar el ahorro, obtener la mejor rentabilidad y acudir en apoyo de los más desfavorecidos, de una manera solidaria y justa con el conjunto de la sociedad.

Nuestros adultos mayores y trabajadores nos piden mejores pensiones, con más solidaridad y justicia. No menos AFP.

*El autor es presidente de laAsociación de AFP.

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