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"No+AFP" y realismo mágico

logotipo de Pulso Pulso 01-09-2016

Recuerda cuando se discutía la Reforma Tributaria y algunos economistas -no entiendo por qué no todos- decían que tendría efectos negativos en crecimiento y que estos no los pagarían los ricos de siempre, sino el país en general? Fueron ridiculizados y tratados de agoreros. La evidencia muestra que tenían razón y por no hacerles caso, estamos pagando con menor crecimiento, menor inversión y menor empleo (e irónicamente con un mayor impacto en los “pobres de siempre”). Hasta la Presidenta está pagando con menor apoyo ciudadano.

Lamentablemente con el tema de las AFP estamos ante una situación similar. Eliminar el sistema tendrá efectos negativos que quienes marcharon en recientes domingos no se imaginan y que si pudiesen prever, probablemente los alejaría de consignas como las de “No+AFP”. El nivel de ignorancia es preocupante: un entrevistado llegó a decir que marchaba para que la plata que cotiza en su AFP sea suya… ¡sí ya lo es!

No podemos permitir que algunos se aprovechen de esta ignorancia para promover políticas públicas que, al eliminar el sistema, destruyen infinitamente más que lo que construyen, con costos reales para todo el país.

Lo anterior no es lo mismo que despreciar el descontento de un porcentaje relevante de la población. Este existe y es rol de la política canalizarlo dando una respuesta técnica y eficiente que aborde el problema de fondo (no las consignas).

Para muchos, las pensiones son objetivamente bajas porque han aportado muy poco. Los que aportaron de manera regular sin subcotizar tienen pensiones acordes-incluso altas- respecto de sus sueldos. Esto nos lleva a otro problema de expectativas, todos esperan tener una gran pensión -derechos- pero olvidan la parte del esfuerzo -deberes.

¿Quién no quisiera, después de una vida pagando impuestos a la seguridad social o ahorrando en la AFP por sueldos de entre uno y dos millones -o mejor aun sin trabajar ni aportar-, pensionarse con un “jubilazo” de más de cinco? Eso es realismo mágico, no hay sistema que lo resista.

Este es un problema global y países desarrollados están haciendo cambios de sus -prácticamente quebrados- sistemas. Y ellos van en la dirección del sistema chileno que hoy algunos quieren desmantelar, pues identifican en él una solución al efecto de cambios en la pirámide poblacional y una estructura de incentivos más razonable. Es así como se intentan eliminar sistemas de “beneficio definido” (la pensión depende de los últimos sueldos independiente de cuánto aportamos), implementando sistemas de cuentas individuales y “contribución definida” (sabemos cuánto aportamos y la pensión depende del aporte acumulado y los años de vida proyectados). Estos cambios son casi imposibles políticamente y por ello la discusión mundial es cómo hacer viable la transición.

PERO COMO no todos lograrán una pensión digna, también se requiere una red de seguridad mínima para los que no fueron capaces de ahorrar por mala suerte o incapacidad (que no por flojera, ¡esos deberían pagar su fiesta!). Si queremos enfrentar seriamente el debate en Chile debemos focalizarnos en este punto, que no es responsabilidad de las AFP, sino que de las condiciones del mercado laboral, la regulación y el Estado. Se requiere coordinar políticas de seguridad social, salud, financieras y del mercado laboral; ojalá con un foco en evitar que más personas caigan en la necesidad de hacer uso de esta red de seguridad. Aquí estamos al debe. Necesitamos flexibilidad y oportunidades para extender la vida laboral más allá de los 65 años para quienes pueden trabajar, fomentar la formalidad y disminuir lagunas… pero nada de esto estuvo presente en la discusión de la Reforma Laboral. ¿Y qué pasó cuando se postergó el inicio de la obligación de cotizar de independientes? Acuerdo unánime.

Ahora sucede algo parecido con la contribución “solidaria” de hasta 5% del sueldo imponible con cargo “al empleador”. ¿Hay algún estudio técnico que determine que este número es lo que necesitamos y que mida las consecuencias? Esta contribución es un impuesto al trabajo con uso específico, que sólo pagan empleados formales y que además es regresivo (pues un gerente tiene el mismo tope imponible que un buen profesional, aunque gane diez veces más).

Los incentivos son perversos: será mejor ser independiente para el trabajador y las empresas, mejor aun si se es informal o se subdeclaran ingresos; y quienes más ganan -no precisamente empleados- no aportarán nada. Para más remate existe amplia evidencia empírica de que el impuesto al trabajo es distorsionador, aumenta el desempleo e incentiva el reemplazo de personas por máquinas. Es decir, si bien ayudaremos a los viejos actuales, las otras consecuencias exacerbarán el problema para los viejos del futuro al afectar a los trabajadores de hoy.

Con todo, discutir la conveniencia de la solución no es lo mismo que ignorar el problema. Se requieren recursos para financiar pensiones hoy, sólo que parece más razonable usar impuestos generales o al menos impuestos “personales” (global complementario para incluir rentas del capital).

Si por motivos económicos el costo de aumentar impuestos es prohibitivo (me atrevo a apostar que es el caso), debemos pensar en la focalización del gasto y en la reasignación de recursos reservados para otras medidas de discutible efectividad, tales como la gratuidad universal. P

*El autor es director ejecutivo del Centro Estudios Financieros del ESE, Universidad de los Andes.


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