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Productividad e innovación en minería

logotipo de Pulso Pulso 31-08-2016

El gran motor de desarrollo económico chileno, y nuestra carta de presentación mundial, es la industria minera. Chile es pequeño en todo, menos en minería y, por lo tanto, cualquier estrategia de desarrollo que le dé la espalda a la minería tiene la difícil tarea de explicar cómo podríamos sostener nuestro crecimiento futuro y la competitividad de nuestra economía sin esta importante pieza de nuestra economía y sociedad.

En otras palabras, la escala, sofisticación tecnológica y la conexión internacional de la minería representan la mejor oportunidad para la plena inserción de nuestro país en la sociedad del conocimiento, requisito fundamental para el desarrollo en el siglo XXI.

Es sabido que este sector está pasando por un complejo escenario y que los yacimientos chilenos enfrentan hoy importantes desafíos: las leyes del mineral explotado en Chile han caído más de un 30% en los últimos quince años, mientras en el resto del mundo lo han hecho a tasas menores. Los rajos tienen mayor profundidad, las minas subterráneas cada vez más estrés geomecánico, el mineral es más duro y con más impurezas, todo lo cual hace que la explotación de cobre resulte hoy más difícil y más costosa. A esto se suman una menor productividad laboral, mayores costos de energía y agua, comunidades cada vez más sensibles, vigilantes y que demandan una mayor participación, y estándares medioambientales cada vez más exigentes.

Sin embargo, este escenario desafiante también representa una oportunidad única de desarrollo. La demanda mundial de metales sigue en aumento, y especialmente la de cobre goza de buena salud y seguirá atrayendo inversiones a nivel global para atender esta demanda asociada al desarrollo, urbanización, electrificación y conexión de la población mundial, particularmente de los países emergentes.

Chile sigue teniendo importantes yacimientos, que pueden atender parte sustantiva de esta demanda si somos capaces de mejorar de manera sostenida la productividad, lo que nos permitirá hacer frente al conjunto de desafíos productivos y socio-ambientales antes planteados y nos puede llevar a desarrollar nuevas capacidades productivas y tecnológicas, junto con capital humano avanzado, lo que permitiría diversificar nuestra matriz exportadora con productos y servicios intensivos en conocimiento. Hay ejemplos concretos y muy destacables ya en Chile de empresas que han decidido basar su crecimiento en innovación y atender estas tendencias mundiales, exportando sus soluciones a diversos mercados, no sólo mineros.

Chile tiene entonces la oportunidad única de tomar un rol de liderazgo minero más allá de la producción de minerales, y en esto hay mucho en juego. No sólo podemos perder participación de mercado en nuestras exportaciones mineras, sino también seguir aumentando costos, deteriorando la competitividad y sustentabilidad de la industria y permitir que nuestra carta de presentación global continúe destiñéndose. Y en definitiva desaprovechar la oportunidad de que nuestro liderazgo en lo productivo sea acompañado por un liderazgo tecnológico.

En lo inmediato, urge consolidar una agenda de productividad, como un esfuerzo de largo plazo y bajo una alianza público privada. Debemos apoyar de manera decidida el trabajo que está desarrollando el Consejo Nacional de Productividad y buscar mecanismos para institucionalizar este esfuerzo para garantizar su continuidad en el tiempo. En paralelo, debemos activar y agitar la innovación, las tecnologías y las capacidades humanas que nos permitan seguir incrementando la productividad y, al mismo tiempo, diversificar nuestra matriz productiva.

Con este desafío y con la participación de más de 70 actores de la industria minera -compañías mineras, proveedores, academia y el Estado- en el Programa Nacional de Minería Alta Ley desarrollamos la hoja de ruta tecnológica a 2035, un esfuerzo para definir y consensuar una agenda de largo plazo para la minería.

La propuesta de este Roadmap Tecnológico se basa en que el cobre puede desempeñar un rol estratégico vinculado no exclusivamente a su capacidad de proveer los recursos necesarios para el presupuesto fiscal y la balanza de pagos, sino también para gatillar procesos virtuosos de innovación abierta que nos permitan desarrollar las capacidades indispensables para transformar a la minería en su productividad y competitividad, y también a nuestra economía en una diversificada, basada en conocimientos e innovación.

Generar una potente base de empresas locales proveedoras de servicios, tecnologías y equipamientos mineros, con un mayor nivel de sofisticación y con vocación exportadora, es clave en este esfuerzo país. Así, Chile no sólo podrá contar con una minería productiva, pujante y ejemplo mundial, sino también con un nuevo sector exportador de relevancia, con al menos 250 proveedores de clase mundial a 2035 y con exportaciones de servicios y bienes asociados a la minería por US$4.000 millones.

*El autor es presidente Programa Nacional de Minería Alta Ley.


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