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Qué malas certezas

logotipo de Pulso Pulso 16-09-2016

Es posible escuchar en algunas voces locales por estos días los satisfechos comentarios por el término de la incertidumbre causada a partir de las inacabadas reformas implementadas. Es cierto que la incertidumbre es cero cuando el hecho es ya efectivo y sus efectos y consecuencias son evidentes. En el caso local los efectos han respondido a un tradicional patrón in crescendo, del que sólo aparecen cubiertos quienes anticiparon los grandes efectos a partir de las pequeñas señales.

De tal modo algunos grupos de personas relativamente organizadas tienden a reaccionar hoy con expresiones de desconcierto, temor y dinamismo expresivo, propias de estos períodos en que incluso la mayoría logra leer los tiempos de altos niveles de incertidumbre (cuando la minoría ya tomó sus coberturas y previsiones, es decir, un año antes). Es en este tipo de escenarios donde las condiciones que para algunos son fuente de incertidumbre, para otros son constitutivas de innegables hechos que por fuerza de la recurrencia y las decisiones cristalizan en estados concretos, instalados y en operación. La sociedad en general y el mercado en particular dan lectura a estas condiciones en tiempos y densidades distintas, no sólo porque los actores viven sus días atentos a detonantes y efectos de modo distintos, sino porque la información que son capaces de construir y analizar los lleva a tomar decisiones similares a las que ocurren entre los conductores y sus pasajeros.

Si bien la naturaleza humana nos impulsa a realizar continuamente inferencias sobre el futuro (los neurocientíficos han demostrado como la naturaleza de la inteligencia es anticipar el futuro), el sujeto promedio reduce los niveles de atención sobre las variables de tendencia para la toma de sus decisiones (quizá la inmediatez no sea sólo una característica de los grupos socioeconómicos menos favorecidos), y es porque en su vida diaria la información de coyuntura o episódica es la que comanda sus decisiones: cuál es el trabajo que tiene, cuántos sus ingresos, cuáles sus compromisos y cuál su capacidad de ahorro (según estudio Nielsen 2016), todo en el momento presente y de acuerdo con las señales a las que dedique su atención.

Si bien en el panorama local las autoridades no han dejado de entregar algunas señales de austeridad y “dirección” sobre un terreno empantanado, sus orientaciones contienen el natural despojo de credibilidad que las evaluaciones muestran hacia el apoyo que concita el Gobierno.

Dicho de otra forma: poco importa si ponemos una horda de señales positivas en los medios, si en la lanzadera contamos con una mediocre plataforma de contenidos y propuestas, sostenida por un equipo de trabajo desordenado y sin real conducción.

El fluir de la paradoja de este mundo inundado de abundantes fuentes de datos e información es que deja continuamente a innumerables personas y empresas de diversos sectores como víctimas de la incertidumbre, ante la falta de habilidades de oportuna decodificación, análisis y síntesis de los hechos relevantes de los escenarios actuales y futuros (cuestiones que son anticipadas con bastante acierto por las industrias bancarias y de servicios).

Los datos muestran que si bien en el mercado local se encendieron oportunas alertas sobre la fragilidad del mercado laboral (aun cuando en la cartera de Trabajo prime el surrealismo), bajas en la construcción, aumento de restricciones financieras y debilidad de la demanda, los equipos humanos con poca densidad que pueblan las instalaciones del poder siguieron trabajando con una especie de agenda paralela (o más bien propia de un mundo paralelo).

Si bien en este panorama los directivos difícilmente se pueden quejar de falta de información, evidencian un problema común y continuo que hemos podido observar en distintos puntos del globo: de una parte les complica la captura de datos de valor y la transformación de ellos en información de calidad, y de otra la confianza para el desarrollo de la estrategia empresarial (ya hemos comentado como el crecimiento estimado se mantendrá por debajo de las expectativas al menos por un par de años).

Por cierto que las empresas siempre se conducen con una dosis de incertidumbre en sus planes y actividades cotidianas, lo que hace la diferencia es saber de qué tipo se trata: una incertidumbre cotidiana asociada a la dinámica de la inversión o del negocio (comportamiento del mercado, funcionamiento de los acuerdos comerciales) que suele enfrentarse a través de los procesos decisionales regulares de la empresa; o una incertidumbre que surge desde el entorno y que puede llegar a ser aguda si está relacionada con la eventualidad de factores de amenaza, como las cuestiones vinculadas con cambios bruscos en las reglas del juego, discrecionalidad institucional, escenarios recesivos o climas de hostigamiento empresarial. En todos estos casos es malo que la incertidumbre se convierta en hechos, pues ya no quedan espacios para la esperanza, anhelos y expectativas: tan sólo certezas y de las malas. P

*El autor es socio director EBS Consulting Group y académico y autor internacional (fj.garrido@ebscg.com).

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