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Reconversión

logotipo de Pulso Pulso 14-10-2016

La llegada de las máquinas en reemplazo del trabajador no es una idea nueva. Ya en el siglo IV AC Aristóteles mencionaba la posibilidad de autómatas que reemplazaran la labor humana. Esta idea, sin embargo, pudo realmente palparse con la Revolución Industrial del siglo XVIII, cuando la humanidad presenció por primera vez el reemplazo de la fuerza bruta por máquinas sofisticadas capaces de realizar la actividad de muchos obreros, pero con más efectividad.

Sin embargo, la historia mostró que el reemplazo no fue total, sino que significó más bien un cambio en el mundo del trabajo. El diseño, fabricación y mantención de máquinas industriales requirió una nueva mano de obra que, más especializada, logró ser cada vez más imprescindible. En esa oportunidad, la llegada de las máquinas no significó un deterioro del mundo laboral, sino una oportunidad para mejorarlo.

El escenario futuro para el mundo del trabajo es hoy algo distinto. En la actualidad, y por primera vez en la historia, la humanidad tiene una capacidad de desarrollo tecnológico que desborda la conveniencia económica. Así, por ejemplo, hay conocimiento y tecnología suficiente como para automatizar toda la labor doméstica, pero todavía no vale la pena fabricarla en gran escala y ponerla en el mercado, pues en muchos países del mundo suele ser más barata la mano de obra que se ocupa de labores de trabajo doméstico. Lo mismo ocurre con la industria. Es probable que una parte importante de la industria asiática pueda ser sustituida por nuevos procesos automatizados muy complejos, basados en principios tecnológicos provenientes de los avances de la inteligencia artificial o la nanotecnología. Sin embargo, esto todavía es relativamente muy costoso, pues el trabajador asiático sigue siendo comparativamente más barato. La industria agrícola, en cambio, ha vivido un proceso algo distinto. La escasez de trabajadores, por la partida de la población rural a la ciudad, ha traído consigo la necesidad imperiosa de utilizar máquinas. Así, el trabajador agrícola, el temporero, se va haciendo cada vez menos necesario.

En este escenario, el gran enemigo de la clase trabajadora poco calificada es el encarecimiento del costo de la mano de obra, además de una progresiva y menos conciliadora política de derechos laborales. En otras palabras, no es difícil pensar que con el tiempo será más conveniente invertir en tecnología de automatización -que ya está disponible- pues significará abaratar costos y, como todos sabemos, las máquinas no van a huelga. La pregunta es si ahora, como ocurrió con la primera Revolución Industrial, los trabajadores podrán reconvertirse. Esta pregunta es relevante a la hora de reformular el sistema de educación técnico-profesional y de pensar en una nueva legislación laboral para nuestro país.

*El autor es profesor de ética empresarial Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales Universidad de los Andes.

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