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Reforma tributaria y dogmatismo

logotipo de Pulso Pulso 05-05-2014 Pulso

Se han dado buenos y malos argumentos para justificar la reforma tributaria. La reforma a la educación se puede ubicar en ambas categorías: por una parte, no se sabe cuál (es) será (n) las reformas a los distintos aspectos y niveles educacionales y, por lo tanto, cuánto costará. Desde esta perspectiva es un mal argumento para justificar la tributaria. Por otro lado, es cierto que el gasto del Estado es relativamente bajo e insuficiente para asegurar educación de buena calidad, en especial en los niveles pre escolar y escolar, aunque es también evidente que más dinero no garantiza mejor calidad ni mejores resultados. Hay una justificación, en consecuencia, para subir los impuestos aunque mal planteada. Si agregamos las deficiencias en la provisión de servicios de salud, no obstante los buenos indicadores generales, se duplica la justificación para subir los impuestos aun si se considera que hay espacios para mejorar la eficiencia del gasto público.

Es cierto, por otro lado, que subir la recaudación tributaria (como porcentaje del PIB) no significa necesariamente que el crecimiento baje. Ello dependerá de la eficiencia con que se gasten los recursos y de si las distorsiones que generan los impuestos en el margen aumentan o disminuyen con los ajustes tributarios realizados. Simplificar el sistema tributario, ampliar la base de los impuestos eliminando exenciones y tratamientos especiales, en general, puede ser pro crecimiento, aun con tasas marginalmente más altas, si se reduce el costo de administración y de asignación de recursos.

No es cierto, sin embargo, que sea inexorable que la carga tributaria deba aumentar en la medida que el ingreso per cápita aumenta. Una revisión de la carga tributaria de países similares (desarrollados o no desarrollados) revela grandes diferencias en la proporción del PIB que recoge el Fisco a través de los impuestos y, entre aquellos que recaudan una proporción relativamente alta hay, ciertamente, algunos que no constituyen un ejemplo a seguir, como ocurre con el caso de Brasil. Desde esta perspectiva, el ocultamiento de información realizado por el ministro de Hacienda en el ahora famoso gráfico con información de la OCDE es completamente irrelevante, ya que su argumento es débil en el mejor de los casos.

Más allá de la recaudación de impuestos que se pretende obtener con la reforma, es cada vez más claro que su objetivo principal es redistributivo. Sin duda hay mérito en la propuesta de aumentar la progresividad del sistema tributario bajo el argumento de que quienes obtienen más, contribuyan más, por más legítima que sea la obtención de los ingresos a ser gravados, lo mismo que en la de equidad horizontal que se traduce en gravar de igual manera a quienes obtienen rentas similares, por mucho que ello implique tratar de igual manera el consumo y el ahorro (lo que es, sin duda, discutible desde una perspectiva de su impacto sobre el crecimiento). Sin embargo, deducir de una mayor progresividad del sistema tributario que la distribución del ingreso mejora en algún sentido relevante es completamente absurdo.

Es trivial que la desigualdad después de impuestos será menor si los más ricos deben pagar más tributos, pero de ninguna manera ello justifica argumentar que los más pobres estarán mejor ni que esta sea una situación preferible, ya que esto depende exclusivamente de cómo se gasten los recursos adicionales recaudados. Si estos se les devuelven a los más ricos, por ejemplo, vía educación superior gratuita, el impacto será menor o irrelevante.

Visto así, cuesta no interpretar la reforma tributaria como justificada más por el objetivo de hacer crecer el tamaño del Estado, el resentimiento y el dogmatismo que en la eficiencia y la búsqueda de fuentes permanentes de financiamiento para un gasto público más elevado. Con el paso de las semanas parece cada vez más evidente que la eliminación del FUT no tiene mucha justificación y la aplicación de impuestos “verdes” o “saludables” se debe más a objetivos de recaudación que de eliminación de distorsiones. No hay duda que existen mecanismos de elusión asociados al FUT y otras instancias del sistema tributario cuya eliminación debería ser vista como un avance y una mejoría al sistema actual, y que la mera existencia de elusión y/o evasión de un impuesto no justifica automáticamente su reemplazo, ya que todos los impuestos, incluyendo el IVA, que explica la mayor parte de la recaudación tributaria, son evadidos o eludidos en alguna medida y no por ello se plantea la inconveniencia de su existencia.

Así, la eliminación del FUT y su reemplazo por otros fondos, la retención adicional de 10% sobre las utilidades, el gravamen sobre la compra venta de bienes raíces dependiendo de si es primera vivienda o no, lo mismo que otros preceptos contenidos en la propuesta del gobierno, más allá de las modificaciones marginales planteadas para satisfacer a la clientela de diversos parlamentarios, terminará generando un sistema tributario más ineficiente, distorsionador y complicado.

La violenta desaceleración en el crecimiento desde el cuarto trimestre del año pasado y el colapso de la inversión, plenamente atribuibles a este proyecto, que sigue presente en la primera parte de este año, no solo están haciendo evidente los costos de una reforma ideológicamente inducida, sino que puede, por primera vez en muchos años, acortar la permanencia del ministro de Hacienda en su cargo por equivocar su papel, eminentemente técnico y de contrapeso, y reemplazarlo por uno político que, por su propia naturaleza, abundan en el gabinete. 

*El autor es gerente de estudios de Gemines S.A.

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